Juan Lara

Tribuna Invitada

Por Juan Lara
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La importancia de las instituciones solidarias

En los días siguientes al huracán, uno de los lugares más concurridos en Hato Rey era el edificio central de AEELA, la Asociación de Empleados del ELA, o, más bien, del gobierno de Puerto Rico. La razón es muy sencilla; miles de empleados gubernamentales acudieron allí a tomar préstamos de emergencia, acogiéndose a uno de los beneficios que le ofrece la entidad a sus miembros.

Según me documentó la gerencia de la Asociación, a preguntas mías, en menos de tres semanas se emitieron miles de préstamos por más de $40 millones.

Para los asociados, esta es una ayuda vital en medio de la crisis que dejó el huracán.  Para la economía es una inyección rápida de poder adquisitivo en  un momento de fragilidad aguda en la estructura productiva y comercial de la isla.

Hemos visto muchos ejemplos de solidaridad desde el pasado 20 de septiembre.  Desde los vecinos que despejaron las carreteras del barrio, hasta los que fueron a prepararles comida a los residentes de las égidas, y los que llevaron agua y alimentos a lugares remotos e incomunicados.  Esa es la solidaridad espontánea que nace de la humanidad de cada cual y se moviliza sin esperar por el gobierno, o por FEMA, o por cualquier otra instancia “superior”. 

Lo que se vio en AEELA es un ejemplo de la solidaridad institucionalizada; el apoyo mutuo en momentos de debilidad gestionado a través de organizaciones formales.  Este es el caso también, por ejemplo, del movimiento cooperativista.

Una de las tendencias lamentables en el mundo actual es el menosprecio de las organizaciones basadas en el principio de la solidaridad y la admiración exagerada por la actividad competitiva e individualista.  Es común mirar “por encima del hombro” a los sistemas de retiro que acumulan los ahorros de muchos para proveerle un retiro decoroso a todos.  En su lugar, se valora que cada individuo “engorde su propia vaquita” para el retiro.

Esta actitud no es el producto de la buena teoría económica ni de la sabiduría histórica, sino de sesgos ideológicos que predominan en un mundo que no conoció la inseguridad de dos guerras mundiales con una gran depresión entre medio.  Aun en las sociedades más identificadas con la solidaridad como pilar del sistema económico, como los países escadinavos, se cuestiona cada vez más la viabilidad de mantener el llamado “estado benefactor”.

Ante el crecimiento de estas corrientes ideológicas, es importante que la sociedad civil pueda gestionar y sostener instituciones solidarias, independientes de subsidios estatales y libres de interferencia política.  Como dice el refrán: no se puede discutir con el éxito.  El que salió de AEELA, o de una cooperativa, con un cheque de emergencia en la mano, sabe que la solidaridad funciona.

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