Anabelle Torres Colberg

Punto de vista

Por Anabelle Torres Colberg
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La impostergable realidad, estadidad ¿sí o no?

Por más de 12 décadas, hemos aceptado que sean otros quienes decidan nuestro presente y futuro. Las experiencias recientes, como el huracán María, la imposición de una Junta de Supervisión Fiscal y las acciones del presidente Donald Trump evidencian cuán equivocados están quienes consideran que el estatus no debe resolverse con premura. En la antesala del nuevo proyecto de la Comisionada Residente, más allá de sus defectos, es necesario reflexionar sobre la realidad de la relación de Puerto Rico con Estados Unidos.

La audiencia ante el Tribunal Supremo sobre la constitucionalidad de Promesa y la sesión congresional para considerar enmiendas a esa ley, llevaron nuevamente a la atención pública el tema de nuestra indefensión colectiva. La insatisfacción con ambos procesos causó indignaciones superficiales de todos los participantes, por la falta de interés del gobierno federal en acabar con el discrimen contra los puertorriqueños. Irónicamente, estos reclamaron autoridad sobre asuntos locales, asignaciones irrestrictas de fondos e igualdad en disfrute de los derechos como ciudadanos americanos. Son reclamos que, aunque se evadan y reniegue, solo pueden asegurarse con la estadidad.

Esta corriente discursiva poco honesta es la razón oculta de la parálisis decisional que imposibilita escapar del pantanal del colonialismo. Aunque no resulte armonioso con el canon romántico –pero artificial– de conducta que se nos ha impuesto, el ser puertorriqueño incluye formar parte del arreglo político y económico de Estados Unidos. Esa realidad trasciende los dólares y centavos. Estriba en un sistema de derechos, sobre todo de libertad, que el puertorriqueño no se visualiza perder.

Más allá del juego político sobre el estatus y del síndrome del colonizado, hay una realidad histórica que transformó al pueblo. Llevamos más de cien años expuestos al modelo constitucional estadounidense y a unas libertades civiles que redefinieron al puertorriqueño.

Sin embargo, quien manifieste su parecer a favor de la integración con EE.UU. se expone a una especie de ostracismo social que conlleva la degradación a una subcategoría de inferior capacidad y falta de sentimiento patriótico con Puerto Rico. Esta postura contra estadistas opera, como una especie de “bullying” ideológico, para obligarlos a silenciarse, so pena de humillación o exclusión de participación en la sociedad. Curiosamente, los que la promueven suelen quienes proclaman ser vindicadores de toda dignidad humana.

La mayoría de los puertorriqueños valora su ciudadanía americana. Esta representa un futuro de oportunidad para el desarrollo pleno del talento individual, junto a garantías constitucionales que, a modo de escudo, les protege contra las agresiones de mayorías intolerantes o de líderes despóticos que, ocupen ya sea, la alcaldía de la capital, la gobernación o la presidencia de la nación. La estadidad no es otra cosa que alcanzar la adultez como ciudadanos americanos, con el poder de ser socios propietarios de los otros cincuenta estados.

Si la culminación de la ciudadanía americana no fuera posible por desinterés de los Estados Unidos, como alega el PPD, o porque continuamos politiqueando con el tema, nos corresponde actuar como adultos. La dignidad no es un discurso vacío, sino el ejercicio valiente de la acción. Si los estadounidenses son realmente racistas que juegan con el dolor de los boricuas y no les interesa proveernos un estatus digno, hay que denunciarlos, abandonarlos y rechazar su dinero. Pero los directivos de los partidos principales no tienen esta verticalidad. Por tanto, al igual que en el Verano19, nos toca como pueblo rebelarnos y exponer la dignidad, así como la determinación de la que carecen ciertos políticos para tomar decisiones que urgen.

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