Benjamín Morales

El Catalejo

Por Benjamín Morales
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La ineficiencia de la desigualdad

“La desigualdad es ineficiente”, asegura la Comisión Económica para América Latina (Celap), que en su reunión bienal, celebrada esta semana en La Habana, asumió ese estribillo como su mensaje central a los países de la región.

¿Es cierta esa aseveración? ¿Qué opina usted?

Desde mi perspectiva, creo que es muy cierto el señalamiento de que la mayor ineficiencia del sistema del capital es la generación de inequidad, que más que un tema puro de clases sociales, se trata de cómo la riqueza y las oportunidades se distribuyen entre los diversos niveles de la cadena de producción.

Durante el cónclave, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres, sustentó esa premisa con un dato que es pasmoso. Sostuvo el veterano político portugués que los ingresos del 1% más rico del mundo han crecido a un ritmo dos veces mayor que los del 50% más pobre en la última década.

“Las personas se preguntan, con razón, qué mundo es este en el que un puñado de hombres, porque los más ricos del mundo son hombres, acumula la misma cantidad de riqueza que la mitad más pobre de la humanidad”, planteó Guterres. “La desigualdad es el rostro inequívico de la globalización”, dijo al referirse a un tema tan espinoso.

Esta argumentación podría caerle muy mal a los defensores del capitalismo voraz, pero lo cierto es que su mensaje, lejos de lo que aquellos faltos de capacidad de análisis puedan decir, no se postula en contra de la economía de mercado, todo lo contrario, lo que busca es perfeccionarla.

Vivimos en un mundo en el que la concentración de la riqueza provocada por la globalización ha abierto mayores fosas diferenciadoras entre las clases sociales. Hoy los ricos son más ricos, los pobres más pobres y la clase media está más presionada que nunca, consecuencia directa de una reducción en ingresos que no va a la par con los aumentos en los precios de los productos y servicios.

De esa desigualdad entre una clase social y la otra es lo que estamos hablando aquí. Como está diseñado el mundo desde siempre, lo cierto es que las distinciones sociales son imposibles de eliminar, pues vienen en la memoria genética del reino animal, al cual pertenecemos.

Sea por criterios de fuerza, adaptación, instinto, inteligencia, antigüedad, conocimiento, agresividad, astucia, poder adquisitivo, entre muchas otras capacidades, los animales tenedemos, con algunas excepciones de por medio, a generar diferencias y estratas sociales entre nosotros, por lo que ése no es el problema.

Como dicen en Cuba, “el pollo del arroz con pollo” está en cuán profundas o distantes hacemos esas desigualdades en la sociedad en la que vivimos. Y por ahí es que la globalización ha cometido sus mayores injusticias.

Son demasiados los que se han quedado atrás en el proceso, mientras unos pocos siguen concentrado una riqueza que, si se repartiera de manera más justa, los dejaría a ellos siendo ricos y poderosos, pero logrando que la mayoría pueda aspirar a una vida un poco más digna y menos marcada por la diferencia.

¿Cómo logramos que esas brechas se cierren? La salida pasa por sistemas contributivos más justos, con mecanismos de captación eficiente, una fiscalización implacable a la corrupción y una distribución justa de los recursos. Por desgracia, conjugar esos cuatro factores es casi imposible para el ser humano, el cual guiado por la ambición se convierte en un animal difícil de disciplinarse y entender que el bienestar común es el mayor propulsor de la paz.

Es por eso que yo también me pregunto qué mundo es este, un mundo que no acaba de ver que si cerramos la brecha de la desigualdad tendremos a seres humanos más productivos y preparados, y una humanidad más productiva y preparada, es una humanidad que tomará conciencia de que la equidad es altamente eficiente.

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