Ana Teresa Toro

Punto de Vista

Por Ana Teresa Toro
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La inmensidad

¿Qué significa ser un prócer en el siglo XXI? ¿Qué puede significar esa palabra —tan cansada ya de tanto uso hueco— sino el acto mismo de encarnar los valores a los que aspiramos como sociedad? ¿Puede ser un prócer, otra cosa que no sea la definición misma de una historia de vida que, volviéndose hilo, nos conecta a todos? Creo que no. Para ser prócer en el pasado o en el presente, basta vivir con una voluntad transformadora y una capacidad de conectar los puntos invisibles que refuerzan nuestra identidad. Ser prócer, es sobre todo, recordarnos cómo es que nos hacíamos gente. 

Esta semana pasada falleció una de nuestras más queridas y admiradas maestras del teatro nacional, Victoria Espinosa, cuya vida ejemplifica la definición de la palabra prócer. Su trayectoria es vasta y ampliamente documentada, no solo dedicó décadas a la enseñanza, sino que procuró mantener abierto a Puerto Rico al teatro mundial y elevó la conversación acerca de la experiencia humana a través del teatro, dentro y fuera de las tablas. Pero más allá de su biografía, lo que verdaderamente, conmueve, son los hilos invisibles que conectó a lo largo de su vida. 

Han sido conmovedores los homenajes espontáneos de sus exalumnos, colegas, actores y actrices de todas las generaciones vivas, de directores y directoras, luminotécnicas, escenógrafos, regidoras, músicos y artistas de todas las disciplinas, que tenían una o más anécdotas —de esas que transformar vidas— para compartir. Pasó por la vida de todos, y todos sintieron el calor de haber pasado por la suya. ¿Podrá ser un prócer otra cosa que un nombre que, volviéndose conjuro, da cuerpo a la memoria colectiva?

Puerto Rico vive actualmente una crisis de narrativa. Hay quienes cuestionan si somos o no un país, no hay consensos en temas que oscilan desde el color de la bandera hasta los próceres que debemos exaltar. Pero se nos olvida en este debate que no es el estado —el que sea— el que decide al final la naturaleza de nuestra existencia. La decidimos nosotros, la gente, a través de esos hilos de memorias compartidas que nuestras mujeres y nuestros hombres grandes se han encargado de tejer en sólidas redes. Y esa red es inmensa, trasciende incluso, la palabra, el color de un triángulo y todos los espejos que las artes nos proveen para reflejarnos. Ahora bien, lo único que sostiene esa red es la fuerza de lo simbólico, aquello que es capaz de arropar multitudes. 

Estamos llamados en el presente y en todos los momentos a seguir elevando al honroso nivel de símbolo, las vidas de quienes han aportado con la suya a esa red que es la puertorriqueñidad. Sí, hace falta incorporar sus enseñanzas e historia en los currículos escolares, hacen falta más bustos, más estatuas, más monumentos y espacios de recordación donde podamos celebrar la inmensidad de los nuestros y, conscientes de que esa inmensidad es toda nuestra, emularla por fin. Y sobre todo, hace falta exaltarles en vida del modo más efectivo, apoyando su gesta. 

No será sencillo, su nombre fue preludio de que toda victoria carga sus espinas. Pero si al día de hoy quedan dudas de cómo luce un prócer en el siglo XXI, baste ver el rostro poderoso de nuestra Victoria Espinosa, una mujer negra, valiente, fuerte y llena de energía creadora, una prócer puertorriqueña.

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