Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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La inmoralidad de Trump

La semana pasada, descifrando comunicados y acciones de la administración Trumpiana, la prensa norteamericana analizaba meticulosamente significados y diferencias entre lo moral y legal. Lo “moral” es el conjunto de normas, tradiciones, costumbres y comportamientos que la sociedad acepta y juzga por buenas o malas. Lo “legal” es aquello formalmente prescrito por ley y conforme a ella, verídico, puntual, fiel y recto. La fina línea entre legalidad y moralidad se trabaja desde la ética, una sabia disciplina racional que acompaña la humanidad desde tiempos clásicos.

Esta y otras aclaraciones conceptuales, elementales en apariencia, surgen como un paso cada vez más necesario frente a las confusas comunicaciones “twiteadas” de un presidente que se dedica a distraer, inventar, contradecir, mentir y manipular la realidad promoviendo “información y hechos alternos”. Las gestiones del tildado “presidente-niño” parecen encuadradas en el territorio de lo legal (hasta ahora) pero muchas son percibidas como amorales, inmorales o anti-éticas; en palabras sencillas: indignantes, imprudentes o peligrosas.

Trump defiende sus disparatadas posturas con razonamientos cerrados resumidos en una oscura premisa: si el manejo de un asunto es legal debe ser aceptado sin otras consideraciones. Evoca la moralidad maquiavélica de ideólogos como Edward Bernays, “padre de las relaciones publicas” norteamericanas del 1930. Bernays transformó la exitosa estrategia de propaganda militar-política alemana en el ardid fundamental de la publicidad económica-social para el desarrollo del capitalismo norteamericano del siglo XX. Fue un importante estratega del “American way of life” manipulando astutamente la mente del pueblo para crear falsas necesidades a ciertos productos, industrias, imágenes y estilos de vida de consumo.

Similarmente, el anómalo gobierno de Trump transforma la moral tradicional política-social en la “necesidad” populista de una “nueva-moral” de aceptación valorativa a comportamientos previamente rechazados y sancionados. Trump, que no valora el “hombre de Estado” sino el estado del hombre, es el perfecto representante de un individualismo patológico que pronostica el colapso moral de la sociedad norteamericana.

Para poner la fresa sobre la crema, y para que no queden dudas, esta misma semana Trump indicó que Estados Unidos tiene que dejar de ser “políticamente correcto” invitando a otras naciones a hacer lo mismo. Ser inteligentes, entonces, requiere del abandono de la diplomacia. Son palabras políticamente peligrosas; una abierta invitación a implantar estilos unilaterales de confrontación violenta; a actuar sin preguntar, respetar ni negociar; a creer el infame engaño de la doctrina del “greatness” norteamericano.

Trump representa lo peor de la moral capitalista. Su mejor estrategia de empresario, la de “buller”, es la agresividad bruta que busca sometimiento por la fuerza, intimidación, chantaje y burla. No le está funcionando como presidente. Ofende paradigmas de la democracia culta y negociada, la elegancia estoica y justa belleza del humanismo y los baluartes de la libertad democrática que tantas vidas han costado. Su política presidencial privilegia la inmoralidad desfachatada del autoritarismo, caudillismo, prejuicio xenofóbico y el nepotismo. Pisotea alianzas. Desprecia la diversidad. El derrumbe de Estados Unidos como potencia líder democrática es inminente; Europa y Canadá ya verbalizan que no se puede contar con ellos.

A pesar de esto, Trump se resiste confirmando reiteradamente lo que es a través de sus “tweets”: un estratega del caos egocéntrico. Trump miente y ofende, sin censura, mesura ni cordura, omitiendo el efecto del medio y la forma en que se comunican las cosas, sobre todo, en el delicado mundo de la diplomacia y la convivencia política mundial. La mejor de las verdades se pierde, y hasta se contradice, cuando se dice de la forma equivocada y en el contexto inapropiado. 

La estrategia de mentir como estilo de gobernación siempre es indicativa de corrupción. Ningún gobierno corrupto puede elevar la democracia a sus altos potenciales y posibilidades. Ninguna sociedad puede aspirar a un buen futuro basada en la inmoralidad. Nadie progresa con la mentira, solo se enloda hasta podrirse. Los sobrevivientes estamos obligados a reconstruir un nuevo futuro a partir de las mortajas y bajas de la era de la inmoralidad trumpiana. Moralidad humanista contra inmoralidad fascista: es la consigna.

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