Mariam Ludim Rosa Vélez

Tribuna Invitada

Por Mariam Ludim Rosa Vélez
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La inteligencia emocional después del temporal

Nuestro día a día cambió drásticamente tras los vientos huracanados. Los cambios, por mínimos que sean, siempre provocan una modificación de nuestras emociones. En esta ocasión, los cambios que hemos enfrentado como país son alarmantes. De manera que la alteración emocional es a nivel colectivo. 

Permea a diestra y siniestra la angustia, la desesperanza, el estrés y la impaciencia, entre otros sentimientos de impotencia que emergen a flor de piel. Precisamente, en estos momentos de crisis es imperativo, más que nunca, entender, gestionar y controlar nuestras emociones para poder expresarlas de manera empática y productiva. Tras lo sucedido hay una serie de situaciones que no están en nuestro control. Si no trabajamos en las agencias relacionadas con las utilidades, no podemos reestablecer, por nuestros méritos, el agua, ni la luz. Si no tenemos licencia para manejar vehículos pesados no podemos aportar para que se movilicen con más celeridad los camiones de víveres y combustible. Eso no está en nuestro control. 

Lo que sí está en nuestro control es el manejo efectivo de nuestras emociones y transformar la frustración en energía productiva que pueda ayudarnos a nosotros mismos a lidiar con la situación. Esto, a su vez, nos dará la voluntad para colaborar con otros. ¡Eso es inteligencia emocional en función! Los padres del concepto, los psicólogos Salovey y Mayer lo definen como la “capacidad de monitorear y regular los sentimientos propios y los ajenos, y de utilizar esos sentimientos para guiar el pensamiento y la acción”. Van más allá al afirmar que “la inteligencia emocional es útil en tiempos de bonanza, pero imprescindible en tiempos de crisis”. 

¿Qué podemos hacer? Buscar un equilibrio emocional individual y evitar la incontinencia emocional que según la define la ejecutiva Birgitta Wistrund es “la filtración de emociones destructivas que reducen la energía de los otros haciendo que se sientan nerviosos, deprimidos o enojados”. Comencemos por nosotros mismos a ejercitar el autocontrol. Esto no significa reprimir las emociones, más bien gestionarlas desde una perspectiva más sosegada que nos permita el fluir, con más claridad, las propuestas, decisiones y acciones. 

Dentro del caos colectivo busca momentos de solaz para recargar el yo. Son unos instantes, tal vez cinco o diez minutos diarios, que puedas utilizar para la sintonía personal quizás con ejercicios de respiración, meditación y agradecimiento por todo lo hermoso que todavía tienes. Eso permitirá recargar la motivación y ejercitar el tan preciado don de la resiliencia, esa capacidad que está impregnada en el ADN del ser humano que nos brinda la capacidad para levantarnos, reinventarnos y renacer después del caos. 

Otro precioso legado de la inteligencia emocional es la empatía, que nos brinda la habilidad para entender los sentimientos, necesidades y problemas de los demás. Cada prueba trae grandes lecciones, y una de las que más atesoro de este huracán es que el efecto multiplicador de la empatía es palpable. Por ejemplo, el pasado sábado tuvimos una situación con la salud de mi esposo José Luis, quien en su propio ejercicio empático se enfermó por tratar, bajo la inclemencia del tiempo, de proveer la necesidad de agua a los vecinos. 

Somos residentes de Aguada así que fuimos campo y pueblo en la búsqueda de un médico. Luego nos indicaron que, en la Casa Parroquial Padres Agustinos, en el casco urbano, se habilitó un voluntariado de médicos, bajo el liderazgo del doctor Gustavo Laabes, quienes estaban ofreciendo sus servicios gratuitamente. Allí le atendieron los doctores Héctor Avilés y Mayra Santiago, con gran sensibilidad. Ellos nos confirmaron que más que las situaciones fisiológicas, los pacientes vienen en búsqueda de algún aliciente para su alma.  

La empatía de estos médicos, que incluyen además a los doctores Iris Velázquez, Noemí Varela, Héctor Villarrubia Ramírez así como las psicólogas Sandra Acevedo e Iliannette Ruiz y la psiquiatra Damaris Pietro, entre otros, me conmueve profundamente al igual que las cientos de historias de caridad que he escuchado por la radio. Prefiero pensar que son más las historias de empatía que las de egoísmo. Eso me brinda el aliento para aspirar a que, además de la frustración y angustia, podemos cultivar la inteligencia emocional que nos hará resurgir. ¡Con resiliencia nos levantaremos como pueblo!

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