Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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La involución de Puerto Rico

En el nuevo año, ante las usuales peticiones de bienestar para el país, hagamos, previamente, consciencia de cómo “llegamos a donde llegamos”.

Se ha dicho que la única oportunidad para Puerto Rico lograr su independencia fue al instante de la invasión en 1898. Las tropas estadounidenses estaban en terreno desconocido y, aunque con fuerza militar considerable, operaban lejos de sus fuentes de abasto. Además, no tenían control efectivo de la isla.

No se dio. Pero la puertorriqueñidad, fuente del separatismo potencial, se extendió, con variadas fuerzas, desde esa invasión hasta el triunfo del Partido Popular Democrático, que lo absorbió y lo desnaturalizó

Washington estaba consciente de que enfrentaba aquí dos situaciones básicas: orgullo patrio y pobreza. Combinación perfecta para consolidarse, pues satisfaciendo la segunda atemperaba la primera. A lo largo de ese periodo, desde la invasión al surgimiento del popularismo, Puerto Rico experimentó una etapa de “estancamiento”, manejado mayormente por Washington para lograr sus propósitos de afianzar autoridad: controlando la economía, estabilizando la población, acaparando el poder político y transculturizando. 

Entonces ocurre la Segunda Guerra. Marcador vital para un nuevo periodo, el de la “evolución”. Puerto Rico se benefició de la defensa militar. Además, ya Estados Unidos había logrado los propósitos de control social. Contaba con gobierno y economía, garantizó su permanencia legislando la ciudadanía y aunque la estrategia de desculturizar falló (educación en inglés, admiración a signos patrios estadounidenses, etc.), logró “americanizar” a un considerable sector.

El popularismo, consciente del estado de situación, aprovechó la nueva faceta washingtoniana para evolucionar al país. Desarrollar a Puerto Rico no ocurría meramente por el estado de guerra. La otra guerra posterior, la fría, nos situó en posición privilegiada al convertirnos en ficha importante en el pulseo internacional entre comunismo, tercermundismo y occidente. La inversión estadounidense rendía frutos.

Ese “evolucionismo” desgastó al separatismo y al autonomismo, favoreciendo al estadoismo.

Ahora bien, a partir de la gobernación de Pedro Rosselló González, comenzó  la actual etapa de “involución”, o “retroceso de un proceso evolutivo”.  Se agotaron los parámetros con la institucionalización de la corrupción gubernamental, los megaproyectos que la estimulaban y gravaban peligrosamente la riqueza del país, la oficialización del inversionismo político y la reformulación de nuestros esquemas sociopolíticos para conformarlos a los del estadoísmo (ej. rechazo a la 936), unido a un esquema electoralista (ej. tarjeta de salud). 

También los principios de gobernanza influyeron, tanto para la evolución como la involución. Desde Tugwell, pasando por Luis Muñoz Marín, Roberto Sánchez Vilella, Luis A. Ferré, Carlos Romero Barceló y Rafael Hernández Colón, independiente de sus errores y debilidades, compartían de un esquema filosófico de gobierno basado en prioridades calibradas, transparencia y una administración pública respetada. Quienes les sucedieron, con todas sus bondades y luces, obraron con otras visiones y parámetros posiblemente afectados por un enraizado rossellismo.

¿Y, ahora, hacia dónde? Pues, entendamos que para solucionar no se comienza por lo que el corazón impone, sino planteándonos, seriamente: quiénes somos, qué necesitamos y por qué. Hagamos mano de la geopolítica. O si esa es muy complicada para el mármol capitalino y las murallas de Santa Catalina, pues, entonces, la otra alternativa, un “Padre Nuestro…”     

¡Ah! Es imprescindible, además, admitir que hemos confundido el “pienso, luego soy” de Descartes con “soy, luego pienso”. ¡De lo que hay que escapar! O seguiremos condenados eternamente a escoger entre espejismos y no entre gente con buenas ideas.

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