Heidee Rolón Cintrón

Tribuna Invitada

Por Heidee Rolón Cintrón
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La Isla hecha cantos

Hace varios días regresé a Puerto Rico luego de compartir una semana con un excelente grupo de estadounidenses y canadienses. Entre ellos, los puertorriqueños éramos minoría. De casi 50 personas, solo éramos cinco jíbaros y jíbaras, y no es mentira cuando dicen que el boricua la monta hasta en la luna, o en nuestro caso, hasta en Pensilvania.                          

Dentro de cada conversación surgía la oportunidad de explicar la situación del país; nuestras interminables disputas por el status político, nuestra enmarañada relación con los Estados Unidos y la crisis económica que anda en boca de todos, incluso de los que ni recuerdan dónde se ubica la isla en el mapa. Mucho me impactó de esa semana. Compartir con personas que tienen como prioridad ser mejores líderes para lograr, aunque sea una pequeña diferencia, inspira y llena de energía. De repente sientes que puedes correr con el mundo sobre tus hombros.

Sin embargo, por razones totalmente distintas, el regreso a Puerto Rico me impactó mucho más. Fue como un balde de agua fría inmerecido, como si hubiera la necesidad de enfatizar que llegué a mi tierra y esta era mi realidad. 

Luego de hacer escala y casi trotar de una esquina a otra por el aeropuerto de Miami, aterrizamos en San Juan minutos después de la medianoche. Ya solo faltaban las maletas, así que mi colega y yo arrastramos nuestro cansancio hasta el área designada.

Después de unos buenos 10 minutos esperando, era momento de agarrar el equipaje. De pronto, lo que parecía un garabato rojo captó mi atención. Por ahí venía mi maleta y con ella un mensaje que a esas altas horas de la noche solo invitaba a una carcajada porque el pensamiento no daba para mucho más. La frase “La isla hecha cantos” estaba incluida en el boleto que identificaba el destino de mi equipaje.

La isla hecha cantos…

¿Quién habrá tenido la idea de plasmar su triste percepción de Puerto Rico en mi maleta? ¿En cuántas más habrá escrito lo mismo? ¿Y si la maleta era de algún extranjero? ¿Cuántos turistas habrán llegado a la isla con ese mensaje como nuestra tarjeta de presentación? No tengo idea de quién lo escribió ni me quiero imaginar las circunstancias que lo han llevado a pensar así.

Lo triste es que en solo cuatro palabras logró plasmar el verdadero sentir de muchos puertorriqueños. De los cansados de “más de los mismo”, los Magna Cum Laude que trabajan en un “fast food”, los que ven cómo la isla se vacía y engavetan sus ideas por culpa de unos pocos que están a merced de los vaivenes políticos, los que miran con recelo la migración, pero al final sucumben a esa última opción. Lo cierto es que yo me he puesto en sus zapatos; también he pensado que la isla está hecha cantos, rota, maltratada e insultada.

Pero tampoco puedo aplaudir su acción. El desánimo y el coraje no deben opacar la otra cara dela moneda. Tenemos mucho para dar como país como para negarnos a levantarnos del suelo. La mentalidad derrotada no tiene parte ni suerte contra los que destrozan nuestro presente.

La isla hecha cantos… Leo esas cuatro palabras y recuerdo otras de José De Diego:

¡Ah desgraciado si el dolor te abate, 

si el cansancio tus miembros entumece! 

Haz como el árbol seco: reverdece 

y como el germen enterrado: late.

A quién escribió en mi equipaje, te digo que te entiendo y respeto tu opinión, pero ahórrate el desánimo para otros escenarios. Esta vez fui yo, el mensaje me tocó a mí. A una puertorriqueña que sabe de dónde nace tu enojo, pero no le restes más a la isla. Tu breve frase no aporta nada, más bien perpetúa la mentalidad que nos mantiene estancados. Deja que cada turista que llegue a Puerto Rico tenga la oportunidad de formar su propia opinión y no comiencen o terminen su viaje con un mal sabor. Después de todo, lo poco que conocen de nuestro pedazo de tierra es que le llaman “La Isla del Encanto”.

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