Juan Negrón Ocasio

Desde la diáspora

Por Juan Negrón Ocasio
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La jeringonza portorricensis

Nadie puede escribir sin la autorización del dominio del tema. Se requiere numerosas lecturas, estudios y análisis crítico sobre lo que ha de discutirse. En la mayoría de los casos, escritores toman como punto de referencia su propia experiencia para desarrollar un argumento. Pudiera ser una lectura, un pensamiento, una emoción. En lo ficticio hay que entender lo que es ficción, en lo científico, lógicamente, cimentar con hechos históricos. El que intente escribir sobre la naturaleza y la belleza de los campos sin tener una base propia escribirá disparates.

En cuanto al idioma en Puerto Rico la inmensa mayoría de los que escriben lo hacen a base de las lenguas que se han resaltado en nuestra historia: taíno, africano, español e inglés. Pero se olvidan de otros idiomas que han hechizado a la población.

El idioma más olvidado por los “redactores”Chi tu chi no chi sa chi bes chi na chi da”. No domino a plenitud este idioma, pero me arriesgo a contemplarlo aquí porque conozco su locución esquemática. Resulta curioso que los políticos puertorriqueños utilizan la jeringonza para exponer sus puntos ideológicos y llevan de una forma fenomenal, casi incomprensible, a la población para que crean sus tergiversaciones. Cuando lean la próxima columna de un político métale el “chi” antes de cada sintonización silábica y va a notar que hay un engaño detrás de lo que pretende expresar ése personaje gubernativo.

Otros han menospreciado la demagogia. Se abunda mucho, y lo mencionan, pero nadie lo explica en su jerga. Es un dialecto del diario vivir que retruena cada segundo de la vida del pueblo común, y se ha vuelto tan común, que ya casi no se puede vivir sin que salga impreso o en versificaciones orales en televisión o emisoras radiales. No hay forma de escaparse de ella. Es difícil identificarlo porque la mayoría de la población lo ha insertado en su desconsolado modus vivendi.

No cabe duda que la iliteraria es perteneciente a un pueblo sometido al desconocimiento de idiomas imperceptibles. Un número considerable de insularistas no entiende ni qué rayos legislan los cocorocos en el Senado, pero lo aceptan, y lo vociferan desde las ventanas de sus casas a los vecinos, o se lo textean. Saben leer, pero no analizan, ni construyen sus propios criterios. Es agónico como un espejo de un funeral porque siguen un acondicionamiento de rasgos hereditarios, no por fundamentos propios. Son décadas ancestrales que están ligadas a las fotos antañas guindando en las paredes apolilladas de sus hogares, mientras las oficinas de los ministeriales del partido “¡ese es!” están amuebladas con asientos de cuero, escritorios de madera de caoba, celulares, laptops, cinco asistentes comiendo donas y tomando café, o disfrutando del “happy hour” los viernes; los herederos viajan a pie o en un clásico del ochenta, mientras afuera de la oficina del Gobernador le espera una limosina con un Chauffeur sonriente engabanado de negro, corbata blanca y gafas oscuras.

El “idioma” de todos los que realmente más ha impactado en la Isla es la colonización. Pero habría que definirlo con mucho cuidado porque puede ser malinterpretado si se explica como los escritores lo hacen. El uso del colonialismo es un desuso filológico. Se utiliza como un idioma, pero en realidad no es lingüístico. Es en sí parte de una vivencia perpetua que se incluye dentro del vocabulario cotidiano. ¿Cuál es la diferencia de que sea o no lingüístico? Es que expresan los que se creen que saben que todos los problemas de la isla son por causa del colonialismo. En realidad “este idioma” lo usan para disfrazar con su jeringonza para engañar a los iliterarios. Cuando los políticos no tienen una explicación clara que la gente pueda entender culpan todo al colonialismo. El colonialismo es una condición, pero lo usan como una sentencia periférica. Los populares, los estadistas, y hasta los independentistas, culpan al miserable colonialismo. Han retorcido el idioma hasta destornillarle las fibras más sensibles a todos los demás idiomas.

Lástima que en una isla tan pequeña haya tantos idiomas. 

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