Jorge Schmidt Nieto

Tribuna Invitada

Por Jorge Schmidt Nieto
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La JSF y Rosselló tienen la llave de los portones universitarios

Vivimos tiempos difíciles. Varios sectores del País se han unido en su reclamo de que alguien, cualquiera, reabra la Universidad de Puerto Rico (UPR). Otros sectores han juntado fuerzas para respaldar el continuo cierre de los portones. La opinión pública de Puerto Rico se ha polarizado en este tema, como en tantos otros. Rápidamente se extinguen los puntos medios que permitan la negociación y la consecución de alternativas mutuamente aceptables, aunque no perfectas. Mientras más se alejen del centro las opiniones respecto al presente y futuro de nuestra universidad, más lejos estará una solución real al problema.

Algunos dicen que los estudiantes huelguistas están destruyendo a la Universidad. Rechazan los recortes presupuestarios, pero no apoyan que se paralicen las labores. Otros responden que quienes pretenden desmoronar la Universidad son aquellos que han decidido unilateralmente y sin discusión, quitarle más de la mitad de su ya menguado presupuesto anual.

Los muros y portones de la UPR no existen para conveniencia de los huelguistas, sino para evitar robos y otros delitos. También los tienen las universidades privadas. Se yerguen como símbolos de la realidad puertorriqueña. Igual que la UPR, los portones facilitan la entrada, pero también la bloquean. Sirven como recordatorios de que el mismo gobierno que los construyó, al igual que a la Universidad, los puede derrumbar.

El gobierno actual abandonó a la UPR a su suerte. Con la consigna del respeto a la autonomía universitaria, aceptó sin resistencia los brutales recortes impuestos por la Junta de Control Fiscal. Podría haberse negado. Ese día comenzó la crisis en la UPR. La huelga solamente la empeoró.

La Policía de Puerto Rico tiene el poder de abrir los portones por la fuerza y el respaldo de los tribunales, pero no lo hace por el alto costo político. Si sucediera, habría violencia, sin duda. Peor aún si lo hiciera la compañía privada de guardias. Eso no le convendría a nadie. Los administradores universitarios, que quedarían desprestigiados para la historia. El movimiento estudiantil contaría con nuevos mártires para su causa, pero quedaría maniatado. La sociedad en general atestiguaría un evento traumático que dividiría a toda una generación y abonaría a perpetuar la polarización política en Puerto Rico.

Forzar la entrada sólo agravaría la crisis. La UPR no funcionaría normalmente si se sometiera a los huelguistas; sólo produciría nuevos espacios de confrontación dentro de los recintos mismos. Por otro lado, mantenerla cerrada tampoco abona a la solución y puede servírsela en bandeja de plata a aquellos que quieren destruirla para luego rehacerla a su conveniencia. Porque la UPR sobrevivirá, lo que no sabemos es en qué estado.

Hay que querer a la UPR para defenderla. No lo harán aquellos que la vean como amenaza o que no entiendan su valor. Las llaves para abrir la UPR no las tienen los estudiantes en los portones ni los administradores, sino la Junta de Control Fiscal y el Gobernador de Puerto Rico. La historia dirá si quedarán como salvadores o sepultureros de nuestro mayor proyecto educativo. Están a tiempo.

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