Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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La Junta y el juey bizco

“Más perdío que un juey bizco”. Así medimos los boricuas la magnitud del despiste. Pero los jueyes no se pierden. Tienen dos ojos y dos sensores, o sea, cuatro buenos macos para fijar el rumbo. Qué envidia. Real o inventado, el simpático crústaceo estrábico se ha convertido en símbolo por excelencia de la desorientación. Se me antoja que, en estos días, no somos pocos los que estamos como jueyes bizcos ante los recientes desarrollos de nuestro interminable drama nacional.

Ironías de la historia: tras décadas de haberse dedicado a hipnotizarnos con sus simulacros pseudodemocráticos y sus chantajes a billetazo limpio, los americanos ahora nos tiran a vulgar mondongo colonial. Imposible negar que, en mayor o menor grado, siempre lo hemos sido. Pero este embeleco leguleyo que, bajo la cínica sigla de PROMESA, está por endilgarnos el Congreso nos ha descargado un contundente marronazo de realidad.

Tal parecería que, hastiados de la diplomacia de mano monga, nuestros benefactores quieren hacernos entender a la cañona las sutilezas de la cláusula territorial. Tan brutal es su método pedagógico que no se han molestado en atemperar el proyecto a las juiciosas (y pronto inoperantes) disposiciones de nuestra Constitución. En la Junta de Supervisión Fiscal que amenazan con ajocicarnos, ni pito ni flauta tocarán los representantes del pueblo puertorriqueño.

Esta súbita terapia de “shock” ideológico se presta a la teoría conspirativa. ¿Existirá un plan secreto de la CIA para zapatearse la papa caliente del status dándoles muerte simultánea al ELA y a la estadidad? ¿Esperarán los cocorocos washingtonianos que, ante esa encerrona, las masas indignadas clamen por una independencia que ellos mismos se esmeraron en desacreditar?

La verdadera razón es prosaica y previsible: asegurarles lo suyo a bonistas y buitres a costa del bolsillo ciudadano. Lo que se pretende es meternos en cintura a fuerza de mollero imperial. Con tamaño “flashback” a la era de Montgomery Reily, Blanton Winship y demás trogloditas gringos que nos desgobernaron durante medio siglo, resucitan también las facultades omnímodas de los Meléndez Bruna y los Miguel de la Torre, especialistas en aquellos disuasivos “compontes” de tiempos de España.

Los tiros mal dirigidos a veces rebotan. Bendito, esos pobres congresistas no sospechan la tremenda macacoa que les caería como consecuencia directa de sus afanes disciplinarios. El tsunami incontenible de los despedidos arroparía a la Florida y estados aledaños. Para evitar el éxodo forzoso de la población en fuga, la Junta tendría que mandar a cerrar todos los puertos y aeropuertos de la isla. Aparte de los mosquitos del zika, sólo quedarían aquí los viejos, privados de asistencia médica y reducidos a la caridad del vaso plástico por el bajón abismal de sus pensiones. Y entonces, ¿quién rayos pagaría la deuda?

A juzgar por las últimas encuestas, este pronóstico sombrío no parece perturbar el ánimo festivo del país. La inmensa mayoría de los encuestados celebraría con champán y pirotecnia el desembarco de la Junta mesiánica. La causa principal de ese extraño entusiasmo colectivo resulta evidente. Hasta las teleras nos tienen la ineptitud, la corrupción, el abuso y el descaro de la casta política criolla.

Desde ese punto de vista, la Junta sería algo así como el juicio final que vendría a meterle caña brava al partido único del guiso y del tumbe. No dudo que algunos compatriotas inclusive estarían dispuestos a entregar la escritura de su casa a cambio del gozo impúdico de ver a los gerentes de la crisis morder el polvo de la humillación.

La expectativa de una solución externa a nuestros problemas apesta a dependencia crónica. Lo mismo ocurre con la idea de que la intervención golpista de los americanos no es sino el justo castigo impuesto al hijo botarate por el padre protector. Se nos olvida que Estados Unidos tiene una astronómica deuda exterior engordada por los gastos militares, el desperdicio de recursos, la politiquería y la corruptela. Y sin siquiera la excusa de unas rígidas restricciones coloniales.

Finalmente, el peor error consiste en pensar que las medidas de austeridad decretadas por la Junta sólo afectarían a los empleados del gobierno. Aquí no se salvan ni las cotorras del Yunque. A mayores recortes, despidos y emigrantes, menos contribuyentes y menos fondos para las arcas de Hacienda. Los tijeretazos a los servicios públicos, la supresión de contratos a suplidores, el alza en el costo de vida y la revocación de derechos adquiridos en convenios colectivos terminarían por perjudicar a todo el mundo.

Estamos entre la espada y el paredón. Con Junta o sin Junta, esto se viene abajo. Y con los habituales protagonistas del relevo partidista sería suicida contar. Digo, si es que a nuestros supervisores no les da con suspender las elecciones en aras del rigor fiscal.

Los jueyes bizcos deben estar considerando coger pon urgente con los tinglares y las ballenas en el viaje de regreso al norte. Suerte que, mientras tanto, sus diez patas les permiten caminar de lado para escurrirse entre las rocas y esquivar los peligros.

Pausa para la pregunta hamletiana: Y nosotros, ¿nos resignamos o nos movilizamos?

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