José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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La Junta y la hidra

La hidra, según  la mitología griega, era un monstruo, especie de serpiente con siete o más  cabezas. Al confrontarla y enfrentarse a ella nadie lograba doblegarla, pues allí por donde parecían golpearla y tumbarle una de sus cabezas, salía otra. Sólo Hércules, con su fuerza sobrehumana logró vencerla.

Aquí, mientras volvían a transmitir  una y otra vez las últimas novedades  sobre la Promesa y la Junta de Control Fiscal,  anclado frente  a los medios noticiosos, como Prometeo atado a la roca,  me surgió casi entre sueños esa  imagen mitológica de la hidra.  

Escribo justo días después de  aprobarse la medida y  recesar el Congreso. Aún hoy, cumplida  ya la Promesa, no sabemos a ciencia cierta el efecto que tendrá en nuestro futuro económico y político. Pero si todo pinta como madura, la Promesa puede convertirse en una verdadera pesadilla. Algunos de esos siete miembros de la Junta, nombrados todos por el Congreso y el presidente, quizá podrán tener raíces boricuas. Pero no  responden necesariamente al interés de desarrollar nuestra economía,  sino al interés  de cobrar y saldar  deudas  contraídas con  acreedores en los mercados financieros.  Si recordamos que poco más de un cuatrienio atrás, para cumplir con las casas acreditadora y  acceder al mercado de bonos, se implantó la Ley 7, ahora podemos imaginar que en un futuro no muy lejano los cesanteados quizá superen por varios dígitos aquella cifra de 30,000.

Pero algo positivo ha surgido frente a ese marasmo de expectativas, rumores y temores. Por primera vez en nuestra historia reciente ha surgido un consenso sobre nuestra relación de insubordinación política, es decir, colonial, con la metrópolis. Las deliberaciones sobre el proyecto sirvieron  de prisma para acrisolar  en un solo nuestro arcoíris político. 

Sólo décadas atrás los partidos mayoritarios rehusaban llamar nuestra relación política con Estados Unidos por su nombre. “Déficit de democracia” lo llamaba  Hernández Colón. Hubo excepciones, claro  está,  como la del juez José Trías Monge, quien a pesar de haber sido uno de los redactores de  nuestra constitución, legó un importante estudio sobre el tema, Las penas de la colonia más antigua del mundo. Pero hoy no cabe duda, pues como sabemos,   las tres ramas del gobierno metropolitano han expresado en  blanco y negro que nuestra relación no ha cambiado un ápice desde aquella famosa decisión de los  “Casos insulares”  dictada por el Tribunal Supremo a principio de siglo pasado.

Y ante esa cruda realidad surge la pregunta: ¿qué hacer?  Muchos sectores de la sociedad civil han acudido a denunciar el caso en la  ONU; incluso por allí depusieron líderes de partidos políticos, quienes por primera vez se estrenaban en ese fogueo. Pero si la experiencia previa sirve de rasero, es muy poco lo que pueda ocurrir ahí para alterar el curso de los eventos.

Lamentablemente, por ahora, aún queda mucho terreno antes que las protestas y convocatorias  pueden convertirse en catalíticos del cambio.  Por ejemplo,  en la Asamblea de Pueblo, celebrada semanas atrás,  según reportaron los medios,  imperó el sectarismo y los abucheos. Una actitud contraria al esfuerzo que debe regir  para aglutinar  diversos sectores en torno a un objetivo común.

Y es justamente poder visualizar ese objetivo común el gran escollo con el cual  nos enfrentamos. A diferencia de aquella otra lucha por rescatar a Vieques  del ejército, ahora el objetivo parece difuso. Y así también parece difuminarse la acción a tomar por parte de algunos de nuestros líderes políticos. Al paso del tiempo, aquellas declaraciones contundentes, esgrimidas como florete enhiesto frente  la sombra de la Junta, hoy ante  su inminente presencia, ya comienzan  a doblarse la  punta de aquellas lanzas. Muchos de aquellos discursos fogosos,  languidecen ahora como pavesas apagadas, mientras tratan de  buscar algún   “acomodo razonable”.

Más allá de la falta de unidad, como ha señalado recientemente en un escrito Eduardo Lalo, faltaría  aún la visión del objetivo claro y concreto que se persigue. En un país donde todas las costas, los viajes, el comercio, las “ayudas” y en fin, desde el agua  hasta el aire, cae bajo control federal, surge la duda y una pregunta no siempre formulada:  ¿qué pasaría con todo eso de retirarse los federales?

Por ejemplo, en mi curso de historia discutíamos recientemente la lectura de Trías Monge sobre el colonialismo mientras el Congreso  debatía el proyecto PROMESA. Aunque muchos estudiantes coincidían con la apreciación teórica de los males del colonialismo, sin embargo parecían  incapaces de llevar  todo aquello a su vida cotidiana. Con la excepción de la propuesta reducción de salario mínimo a los jóvenes, con lo cual obviamente todos estaban en desacuerdo, muchos favorecían la llegada de una Junta. Es  la única forma de enderezar este país, decían  algunos. Y como para muestra un botón basta, no hay nada más que leer los  comentarios al pie de página de las noticias en los diarios digitales para ver por dónde anda la opinión de muchos lectores.

A las protestas, justificadas como puedan estar, harían falta propuestas concretas y específicas, no solo sobre las relaciones políticas,  sino sobre el futuro de nuestro realidad económica y social. La Junta  ha dejado al descubierto su poder omnipresente en nuestra historia por más de un siglo. Ahora  nos haría falta toda la capacidad de Hércules para enfrentarnos con abrojo e inteligencia  y salir victoriosos frente  a esas siete cabezas de la hidra. 

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lunes, 3 de septiembre de 2018

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