Luis Vega Ramos

Tribuna invitada

Por Luis Vega Ramos
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La lección de Cory Booker

A mis 48 años, tras décadas en la política y el Derecho, pocas cosas me impresionan. Pocos gestos. Pocas personas. Algunos dirían que me he vuelto tan cínico como el Rick Blaine de Humphrey Bogart en “Casablanca”. Quien de verdad me conoce sabe que tomo esa aseveración como un halago. 

He visto mi cuota de aguajes, acomodos y actuaciones en la política. Supongo que veré algunos más antes de que cuelgue las tenis. He visto cuando se quiere exonerar o condenar sin reflexionar y solo por conveniencia. He resistido el canto de sirena de los extremos o los absolutos, como todo quien desea genuinamente servir debe. He seguido la norma de contestar en privado lo que en privado se pregunta y de responder en público lo que en público se dice. 

He descartado el camino fácil del culto a la intolerancia o de agarrarme a la “verdad absoluta” para la ganancia inmediata, el de la gritería entre sordos, el de la indignación prefabricada. Por eso me he metido en tantos líos. ¡A orgullo! Y, como diría el poeta Robert Frost, el haber tomado ese camino menos transitado, ha hecho toda la diferencia en mi vida.

Así las cosas, la decisión valiente, serena, sin atención a las consecuencias, pero sin dramatismos artificiales hecha por el senador estadounidense Cory Booker de “violentar” las reglas del Senado federal para cumplir con su conciencia y con el pueblo al que él le sirve, me ha conmovido y sacudido como muy pocos gestos o actos políticos han logrado en mucho tiempo.  Es, como hubiera escrito aquel ambicioso y joven senador Jack Kennedy, un verdadero “perfil de valentía”. 

Confrontado con un proceso amañado que busca esconder los sobrados defectos, intelectuales, éticos, morales y humanos, del más reciente nominado de Donald Trump al Tribunal Supremo, el senador Booker hizo lo correcto, violó en público, donde todo el mundo lo veía y sabía lo que hacía, la ley para obedecer a la verdad. Y subió las manos para “entregarse” a enfrentar las consecuencias de sus actos. 

Con dicho gesto desenmascaró el discrimen, el “ugly Americanism” y la mala humanidad en el corazón del nominado Brett Kavanaugh y del nominador Trump. 

Hablando en la jerga del béisbol, que vale la pena recordar frente a la coincidencia con otro aniversario del hit 3,000 de Roberto Clemente, hay que quitarse la gorra ante el gesto de Cory Booker. 

No sé si lo que hizo le ayudará o lo destruirá en su carrera política. Veremos, pero en mi libro de hacer lo correcto, y también hacerlo correctamente (ambas igual de importantes) el tipo, como dicen ahora, se rankeó. No sé si sus actuaciones futuras validarán o no (y realmente no importa)  este “perfil de valentía”, pero la nobleza de lo que ha hecho es incuestionable. Y la lección avasalladora. 

En Puerto Rico, que por conveniencias políticas y de feligresía, algunos y algunas han encendido los jachos del discrimen y la intolerancia con el propósito de reabrir pugnas sociales que solo deben existir en la intimidad, garantizada constitucionalmente, de mujeres y hombres, la lección de Cory Booker nos debe compeler a ser intolerantes contra el odio y el oportunismo. A ser inflexibles en la defensa de los derechos humanos. Por eso mi alerta con el nuevo Código Civil y otra legislación accesoria actualmente en discusión.

En el Partido Popular Democrático, si es que nos queda lealtad a nuestros principios fundacionales, la lección de Cory Booker nos debe obligar a ser intolerantes con los conflictos de interés, con la falta de transparencia, con los Anaudi, los Sosa y los DCI, pero igualmente, debe llamarnos a impulsar los cambios radicales con responsabilidad, con sentido del deber, con madurez y, sobre todo, con desprendimiento para no sucumbir a provocaciones por la preocupación de no quedar mal. 

Por eso entendí necesario impulsar una norma que, en la Junta de Gobierno de mi  PPD, todos tengamos que informar clientes, negocios, fuentes de ingreso e intereses que se representan por cada uno de nosotros o nuestra unidad familiar. Era, sin otras consideraciones, lo que había que hacer. 

Cuando el senador Booker hizo lo correcto, alguien en el comité legislativo le gritó una amenaza sobre las consecuencias de su acto. 

“Bring it on”, contestó Booker. 

Gracias “míster” Booker por la lección de hacer lo correcto correctamente. Ojalá muchos en Puerto Rico la asimilemos. Nos vendría bien.

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