Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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La listita de Donald Trump

A diferencia de los mandatarios que lo han precedido en el cargo, el presidente Donald Trump ha dejado a un lado esa especie de dialéctica ambigua que ha caracterizado los altibajos de las relaciones entre el imperio y su colonia, y recurre a la provocación, cada vez con más empeño, forzando respuestas y polarizaciones.

Al Presidente no se le “escapan” esos criterios bochornosos que ha soltado últimamente en contra de la Isla. Los escribe muy consciente de lo que está diciendo, y quién sabe si tiene preparada una lista de “puntos débiles”, que saca a conveniencia en situaciones puntuales.

¿Que se acerca un huracán a Puerto Rico? Él recurre a su lista, exige que le agradezcan de antemano a FEMA, echa en cara números inflados, y aprovecha para salpicar sus expresiones con comentarios sobre la corrupción política y la incompetencia de la alcaldesa.

A ese nivel no hay improvisación. Trump ha modelado minuciosamente su propio personaje. No es que en la vida real sea un político sensato, tolerante, compasivo. Él es todo lo que pensamos que es, pero en su fuero interno está convencido de que, al exagerar la nota, está cumpliendo con un sino, y con las expectativas de una masa de estadounidenses que tiene su misma mentalidad. Y que a lo mejor no comparte todos sus exabruptos, pero se los perdona.

En cuanto a Puerto Rico, sus ataques están atizados por el desdén, es cierto. Pero hay un nervio importante que el Presidente toca con cada nueva baladronada o comentario. Él empuja a la gente a tomar partido, a posicionarse, no precisamente dándole la razón (nadie en la Isla está de su lado y lo sabe), o revirándosele en contra, sino forzando una definición que nadie hasta el presente había forzado así. Sabe bien Trump que, desde la indefinición, nadie es capaz de darle una respuesta contundente.

Solo hay dos argumentos sobre la mesa.

Uno. Como ciudadanos americanos, protegidos por la constitución que él ha jurado defender, reivindicamos la cacareada “igualdad” con los demás estados y, a nivel personal, con el resto de los ciudadanos estadounidenses. Ése es un argumento plausible, pero es una declaración de fe y adhesión a la situación de la Isla como territorio, y eventualmente estado. La igualdad, en ese sentido, no es más que la asunción de un proceso de integración total.

Dos: ostentamos la nacionalidad, no por nuestro gusto, sino porque fue impuesta. Reivindicamos la descolonización (que puede ser gradual, o dura como con el Brexit), y repudiamos los agravios de la Casa Blanca, la mano férrea del Congreso, y los dictámenes del aparato de justicia federal, decididos a escapar de su control y respirar soberanos.

Son visiones légitimas. Pero son dos. No hay mermelada de por medio. Es el sempiterno dilema, aderezado con las circunstancias que, de lado y lado, se soslayan convenientemente.

Con cada una de sus diatribas, el presidente Trump pretende que le respondan lo que sin duda quiereescuchar. O bien el reconocimiento de que, por formar parte indisoluble de la nación, viene obligado a asistirnos. O bien el reclamo de que estamos hartos del control de Washington y esto no puede continuar así.

Hace pocos meses, un destacado intelectual mexicano, opositor al presidente Andrés Manuel López Obrador, me decía las siguientes palabras: “Yo no voté por él, pero lo asumo como presidente. Es él quien no me asume a mí como ciudadano”.

El enfrentamiento con Trump tiene por ahí matices. No es el enfrentamiento de cualquier estado soberano contra un mandatario agresor y ofensivo de otro país distinto. Es una controversia complicada, con particularidades que no se dan en ningún otro lugar del mundo.

El llamado a movilizar masivamente a la diáspora contra Donald Trump y el Partido Republicano no tiene mucho futuro. Esa diáspora, por ejemplo hoy, está centrada en la trayectoria de un huracán monstruoso y en la calidad de la ayuda que les dará el gobierno. Dependerá mucho de eso su mentalidad futura. Tampoco se le puede exigir a la gente que ha optado por migrar, que cargue con el peso de una transformación política cuya agenda no está clara, y que tendría que sentar bases aquí, para luego irradiar su influencia hacia afuera.

Puede que nos pasemos un año, tranquilamente, en esta batalla. Nada modificará la actitud de un hombre que, por el contrario, arreciará el tono de sus tuits a medida que se acerque la contienda electoral de noviembre. Él sabe lo que busca.

El paso del huracán por la Florida le da un argumento adicional para distanciarse de Puerto Rico, sin abandonar a la multitud de más de un millón de puertorriqueños que vive en aquella zona, y cuyas vidas se verían muy tocadas por Dorian. Pienso que aprovechará la ocasión para hacer ver que su problema no es con la diáspora (cuyo voto naturalmente necesita), sino con la manera en que está organizada la Isla: una estructura caduca, que se le ha estado yendo de las manos, y un grano político que no puede soportar.

Vendrán nuevas perlas cultivadas. Es su especialidad. Contestarle con datos y frialdad, debe ser la nuestra.

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