Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
💬 0

La luz y la oscuridad

El miércoles en la mañana, cuando los vientos del huracán Irma estaban todavía a millas de distancia de Puerto Rico y no habíamos sentido un soplo ni de inspiración, a lo largo y ancho de la isla, con estruendo de chasquido de interruptores activados al unísono, comenzaron a apagarse luces aquí y allá. Lo más que temíamos de Irma, las largas noches al amparo de trémulas llamas de vela, llegó antes de lo imaginado.

En esto ha parado la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), que atraviesa el peor momento de su larga y ocasionalmente gloriosa historia. La corporación pública de la que una vez dependió la industrialización y el desarrollo económico y social de Puerto Rico, es hoy un animal decrépito que oye un huracán rugir a lo lejos, mete el rabo entre las patas y nos deja abandonados a nuestra suerte.

Esto, claro, lo sabíamos hace tiempo. Sabíamos que llegó a esto porque por décadas la estuvieron administrando políticos rojos y azules que la convirtieron en cajero automático para sus partidos y en fuente de empleo seguro y bien pago para hijos, primos, sobrinos, vecinos, esposos, esposas, amantes y examantes, con el servicio y el mantenimiento como una última e incómoda prioridad.

Como consecuencia de esto, la AEE está en bancarrota y la infraestructura eléctrica del país está hecha leña. Tanto que, en septiembre de 2016, por una avería en una línea de transmisión, el país completo estuvo sin luz varios días. Todos los días se reportan apagones masivos en diferentes sectores del país. Ahora con Irma, antes de que soplara el primer viento, ya el sistema había colapsado.

Estamos como hace unos años con el agua potable, que había mucha gente que nunca la tenía. La diferencia es que la energía eléctrica no se puede acumular en cubos.

Mas ya esto no es noticia para nadie, ni vale la pena seguir dándole vueltas a lo que ya no tiene remedio.

Ahora lo que toca es ver qué se puede hacer para sacar a la AEE del triste estado en que está y ponerla de nuevo al servicio de las mayores aspiraciones del pueblo puertorriqueño.

Todo el mundo piensa en una palabra cuando se trata del futuro de la AEE: privatización. Lo dicen, entre muchos otros, los miembros de la Junta de Supervisión Fiscal, que tienen todos los poderes en Puerto Rico y han dejado establecido con total claridad que esa es la idea que tienen para el futuro de la corporación pública de nuestros tormentos.

Mas esto presenta algunas complicaciones.

El principal problema de la AEE no es la generación de energía. Claro, pudiera generar energía a precios menos brutales, y con menos contaminación, si la produjera de otra fuente que no sean los costosos y contaminantes petróleo y diésel, como serían por ejemplo fuentes renovables como el viento, el sol y hasta el mar.

Pero la razón por la que muchos están leyendo esta columna a la luz de una vela no es porque la AEE no posea hoy la capacidad de producir energía. La capacidad de producción de laAEE está debilitada con relación a su época de gloria, pero sigue teniéndola.

La razón por la que no hoy no tenemos luz que nos alumbre, nos refresque y nos entretenga, es porque la AEE tiene muchos problemas llevándola a donde la necesitamos, debido al estado de su infraestructura.

La mayoría de las ideas sobre privatización de la AEE que se ventean por ahí tienen que ver con producción de energía.

Se quiere replicar el modelo de las empresas privadas AES, que produce energía con carbón en Guayama, o EcoEléctrica, ubicada en Peñuelas, que funciona con gas natural. Ambas le venden su producto a la AEE y son tremendo negociazo, porque tienen una clientela que no tiene manera de dejar de comprarle.

No se ha oído ninguna propuesta para que una empresa privada se encargue de la distribución de energía eléctrica en Puerto Rico, que es la parte verdaderamente complicada de esta ecuación.

No se sabe de ningún interés privado que quiera encargarse de las frágiles líneas de distribución, de las tambaleantes torres o del muy arriesgado y poco reconocido trabajo de algunos empleados de la AEE de subirse a lo alto de un poste y manipular con sus propias manos un cable de cientos de voltios de potencia para ponerlo a funcionar otra vez.

No se ha visto a nadie muy interesado en hacerse cargo de los transformadores que a cada rato explotan en nuestras calles o de lo que el director ejecutivo de la corporación pública, Ricardo Ramos, describió en estos días como “herrajes corroídos”, que es una manera un tanto elegante de decir que algunos componentes del sistema de distribución de luz en Puerto Rico están podridos.

Se ha hablado también de privatizar la lectura de los contadores, el cobro de las facturas o hasta el mantenimiento de la flota, lo cual no está mal, pero tampoco va a la esencia de los problemas de la AEE.

Alguien puede argumentar que, si la AEE es eximida de la producción de energía, del cobro de las facturas y del mantenimiento de su flota, puede dedicar sus limitados recursos a distribuir la energía de manera más eficiente. Pero eso es algo que, desde las voces que claman por la privatización sin apellidos, nadie ha explicado.

A Puerto Rico le conviene estar muy pendiente de esto. Todos queremos una AEE que funcione bien, que la luz sea más confiable y menos cara.

El estado actual del servicio nos agobia día y noche y estamos, francamente, desesperados con eso.

Pero precisamente por ese sentido de desesperación es que podemos ser presa fácil de encantadores y nigromantes, que vengan a pescar en río revuelto, a apoderarse de lo fácil y dejarnos a nosotros lo complicado.

Todo lo que tiene que ver con el futuro de la AEE está en estos momentos envuelto en las mismas brumas con que nos movemos por nuestras casas en estas noches en que no hay luz. Préndase, por favor, alguna bombilla, o al menos una vela, no sea que vayamos a tropezar.

Otras columnas de Benjamín Torres Gotay

domingo, 10 de diciembre de 2017

La estadidad por la cocina

El grito surgió en la década de 1760, más de una década antes de que las 13 colonias de América se alzaran contra Inglaterra. Se le atribuye a James Otis Jr., un abogado de Boston que representaba a comerciantes sospechosos de contrabandear para evadir los impuestos de la Corona Británica. La frase tiene la cadencia y

domingo, 26 de noviembre de 2017

Una mano oculta

El Senado está decidido a aprobar una medida del presidente de la Cámara de Representantes, Johnny Méndez, y apoyada por la Fortaleza, que endurecería el sistema penal de menores y, dicho fin, tiene el potencial de arruinar incontables vidas y agravar de maneras insospechadas los ya dramáticos problemas de crimen y vio

domingo, 19 de noviembre de 2017

Fe en Puerto Rico

La muchacha se sienta a fumarse un cigarrillo en su período de descanso como empleada de una cafetería y hace el cuento como quien habla del clima, del juego de béisbol de la noche anterior o cualquiera otro de los temas inocuos que se tocan para salir del paso cuando dos desconocidos, dada la circunstancia, se sienten

💬Ver 0 comentarios