Andrés Fortuño Ramírez

Desde la diáspora

Por Andrés Fortuño Ramírez
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La magia de la calle Loíza

El año pasado estuve cenando en un restaurante de la calle Loíza. Fuera de ese día, no recuerdo cuándo fue la última vez que pasé por esta calle y menos de noche. Desde hace años se notaba en el área un claro deterioro. Estar por allí luego de las ocho de la noche metía miedo. 

En esta ocasión, para mi sorpresa, el ambiente en la calle y la cantidad de negocios que allí han proliferado me dejaron boquiabierto. Tantos restaurantes y barras con buen aspecto que nos tomó un rato decidir dónde queríamos comer. Hasta nos dieron ganas de seguir de tapas por toda la calle para probarlos todos. 

Para mí la calle Loíza siempre ha sido un lugar especial. No solo porque aún en plena capital ha mantenido ese aspecto de calle de pueblo que tanto me gusta, sino porque fue escenario de muchas de las historias que nos hacía mi padre a mí y a mis hermanos cuando éramos pequeños. 

Mi padre se crio en Santurce y vivió en varias casas cercanas a esta calle. Entre las que recuerdo escucharlo mencionar están las calles las Flores y las Palomas. Para él y sus hermanos la calle Loíza era lo que es hoy Plaza las Américas para las nuevas generaciones. Un lugar de encuentro, lleno de gente, con muchas cosas para comprar y para hacer.

Mi padre nos decía que para las décadas de 1940 y 1950, la calle Loíza era el mayor centro comercial en Puerto Rico. Igual que Diagon Alley en las historias de Harry Potter, ahí podías encontrar todo lo que estuvieras buscando. Desde sastrerías, zapaterías, tiendas de ropa, costureras, mercados de comida, de telas, restaurantes, barras y cafés. De seguro hasta una tienda con varitas mágicas si sabías dónde buscar o a quién preguntarle. 

La calle también tenía varios teatros, los que aparte de representaciones en vivo, funcionaban como cine. Yo en particular recuerdo el teatro Riviera, un fantástico edificio estilo Art Deco que quedaba cerca de la avenida De Diego. En la década de 1980 ahí llegué a ver la obra “La Jaula de las Locas”, con la participación de Axel Anderson, Antonio Pantojas, Cathy Franco, Braulio Castillo, hijo, y otros actores de renombre en el país. Una pena que hayan demolido ese hermoso edificio. 

Mi padre también nos decía que los vecinos de la zona, no solo iban a la Loíza para hacer sus compras, sino también visitaban la calle para encontrarse y tertuliar con otros vecinos. Ahí podían enterarse de lo último en moda, los líos del gobierno y los últimos chismes. En esta calle se veían obligados a interactuar personas de diferentes clases sociales; desde el Santurce criollo, tradicional y obrero, hasta el elitista, aburguesado y pudiente.

En las calles aledañas a la Loíza se criaron conocidas figuras como el educador y escritor, José Ferrer Canales, la escritora y abogada, Nilita Vientós Gastón y la poetisa Clara Lair. La calle Loíza fue el barrio del sonero mayor, Ismael Rivera, por lo que hoy una de las calles que la atraviesa lleva su nombre. También en Santurce nacieron Gilberto Monroig, Benicio del Toro, Ana Lydia Vega, Mapy Cortés y Danny Rivera. 

Cuando mi padre era adolescente, mi abuelo paterno trabajaba con el gobierno insular como ingeniero civil. Por eso a veces tenía que viajar a diferentes pueblos en la isla y quedarse varios días supervisando proyectos de construcción. Esos días en que mi abuelo estaba fuera de la casa, mi abuela llamaba a su hermano para que le diera una mano con sus tres hijos. Siendo todos varones, adolescentes y con la calle Loíza tan cerca, necesitaba otro par de ojos para velar dónde se metían y con quién se juntaban. 

Mi padre y sus hermanos estudiaban en la Central High y acostumbraban a caminar desde la escuela hasta la casa. Pero jóvenes al fin, muchas veces se desviaban y se iban a caminar por la avenida Ashford, a ver el mar, a la calle Loíza a ver qué había de nuevo, o como decía mi abuela, a meterse en líos. 

Menos mal que en aquella época los muchachos eran algo más sanos, así que fuera de meterse en una pelea entre adolescentes, tomarse una cerveza a escondidas o apestillarse en el cine con alguna amiguita, no eran muchas las maldades que hacían. Al graduarse de la Central, mi padre comenzó a estudiar ingeniería civil y a jugar con el equipo de balompié de Santurce, así que no le sobraba tiempo como para hacer tanta bulla. 

A mi abuela lo que más le preocupaba era el lado oscuro de la calle Loíza. En los callejones aledaños se reunían personas a montar juegos ilícitos y a hacer apuestas, a vender ron cañita, a emborracharse al lado de una vellonera, a vender artículos robados o a tratar de involucrar a jóvenes inocentes en transacciones nebulosas. También se reunían santeros a preparar santos y hasta pleneros a formar sus bembés. Pero gracias a su persistencia y a los beneficios de conocer a “Reimundo y todo el mundo” en Santurce, mi abuela los tenía bien velados y nunca llegó a pasar un mal rato. 

Mi padre también nos contaba que cuando pequeño, le encantaba esperar al hombre que traía el hielo. En las décadas de 1930 y 1940, las neveras enfriaban con un enorme bloque de hielo que se colocaba en la parte superior de la nevera. Un sistema rudimentario pero bastante efectivo, al menos para mantener fresca la leche, el queso y otros alimentos. Las carnes no se refrigeraban, se compraban frescas en la carnicería para el uso del día. 

A parte de los comercios en la Loíza, por las calles de Santurce pasaba todo tipo de vendedores ambulantes con frutas, vegetales y viandas, escobillones, dulces, remedios naturales, hierbas para hacer pociones y un centenar de otros productos que los vecinos de la zona auspiciaban. Una conveniencia en tiempos en que no todo el mundo manejaba o tenía auto. Buenos recuerdos para algunos, no necesariamente para todos. 

Como es normal, los seres humanos tendemos a idealizar o a romantizar las épocas anteriores. Pero la realidad es que existían barrios bien pobres aledaños a la Loíza. A la par con el florecimiento de la actividad comercial en esta calle, en la avenida Ponce de León y el resto de Santurce, también se fueron expandiendo los barrios más pobres en la zona. 

A Santurce llegaron muchas personas de todos los pueblos de la isla en búsqueda de trabajo y una mejor calidad de vida cuando las industrias agrícolas comenzaron a mermar y las maquinarías a sustituir la mano de obra.  Pero contrario a lo que esperaban, estos recién llegados no encontraron trabajo y se vieron forzados a vivir en arrabales, en muchos casos pasando hambre y miseria. Ahí también terminaron muchas familias que fueron relocalizadas de Isla Verde durante la reconstrucción de este sector turístico playero. 

Eventualmente la expansión territorial de San Juan le fue restando importancia a la calle Loíza. El centro de Río Piedras comenzó a ser una dura competencia comercial, y a falta de espacio, los santurcinos comenzaron a buscar viviendas en los nuevos suburbios sanjuaneros. También comenzaron a aparecer los centros comerciales con aire acondicionado y llamativas tiendas procedentes de los EE.UU. La magia de la calle Loíza fue desapareciendo.

Queda claro que no podemos regresar a cambiar el pasado, detener el progreso o predecir el futuro. Pero si podemos asegurarnos desde el presente, de estar en el lado correcto de la historia. Luego de mi reciente experiencia en Puerto Rico, solo puedo dar fe de que la calle Loíza aún vibra con energía y está ávida de regresar a sus tiempos de gloria. Hay tantos edificios que piden pintura, cables eléctricos que necesitan ser soterrados, tantos negocios cerrados que deberían estar abiertos. 

Quizás los nuevos negocios en esta calle están lejos de ser las típicas tienditas criollas y diurnas que una vez la poblaron. Los tiempos, igual que las necesidades de un pueblo y sus nuevas generaciones, cambian. También sé que será un reto establecer reglas y una buena comunicación entre residentes y comerciantes.  Pero de lo que no me quedan dudas, es que hay gente que hace su parte y mete caña para devolverle la magia a la calle Loíza. A esto, solo le puedo decir ¡bravo!

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