Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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La marcha se dio. ¿Y ahora qué?

La marcha-paro de hoy dio la impresión de ser un fin y no un medio. Sabemos que hay angustia en los sectores que se afectan con las determinaciones de la Junta de Supervisión Fiscal al amparo de la Ley Promesa y que el liderato de ellos logró movilizarlos efectivamente para frente al Capitolio y ante la Junta en Hato Rey. Luego, algunos abandonaron a la juventud, por naturaleza inquieta, para que dieran el toque final sospechado. Pues bien, ¿y ahora qué?

Vivimos un desplome estructural de choque (shock) emocional. Se nos transportó, sin preparación, de una gobernanza anunciadamente autónoma a una de hedor despótico, de derechos creídamente afincados y procesos decisionales autóctonos, aunque limitados,  hacia otra cosa. Ese choque nos tiene aturdidos y reaccionando acorde.  

Creo no hay un solo líder que albergara la esperanza que como consecuencia de la marcha la Junta habrá de transformar sus determinaciones austeras a abundantes, o que descubrirán fuentes de dinero para anular los recortes a las pensiones, mantener el costo de matrícula universitaria como siempre, pagar los salarios de todos los empleados públicos y los gastos de un gobierno diseñado para subsistir de préstamos.

Mostrar fuerza es desplegar liderato. La marcha logró ese propósito, gracias a la prudencia policiaca, pero mañana todo será igual. De hecho, de lograr lo que el discurso supone que logre, pasado mañana, sin la Junta, nos quedamos sin gobierno, servicios esenciales ni lo que queda de la economía. Un festín de acreedores, apoyados por los tribunales, nos arroparán.

Entonces la gran pregunta: ¿si Promesa es despótica y su Junta gobierna a mansalva, por qué no eliminarla y permitir que seamos los puertorriqueños los que nos resolvamos? Con suerte, podemos despojarnos de nuestra incapacidad de hacer gobierno, las musas de la política iluminarnos y hacemos la vida más fácil a los que desean comprar todo a “rajatabla”.  

Promesa y su Junta son un evidente mal, aborrecido por la democracia; pero, ante un pueblo que se ahoga, cualquier cosa que flote salva, y subrayo, para vivir y pelear otro día.  Suena mezquino, insultante al honor y despreciable a los derechos humanos; sin embargo, nosotros nos embrollamos conscientes de ello, con nuestros aplausos y votos, y para satisfacer nuestros bolsillos, tirando la lengua a las consecuencias anunciadas. Y pues, hora estamos en esa etapa descrita por un famoso dicho: “Siempre es tarde cuando se llora”.

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