José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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La memoria imperfecta

Desde los tiempos de Homero, el poeta griego, hasta hoy quienes escriben, tratan de convocar en sus relatos las musas de la memoria. Inteligencia, invocaba el poeta Juan Ramón Jiménez, para dar el nombre exacto a las cosas; y un contemporáneo suyo, Luis Ruiz Contreras, tituló escritos suyos “Memorias de un desmemoriado”.

Y así como hoy nos arropa el polvo del desierto, el contemplar la tierra seca y agrietada en estos días me trajo a la memoria precisamente el título de un libro, “La tierra azotada: memorias del último gobernador estadounidense en Puerto Rico”, de Rexford G. Tugwell. Escrito justo después de salir de la gobernación en 1946 (para dar paso a los gobernadores puertorriqueños), el libro fue traducido unos años atrás al español, editado con una excelente introducción por el profesor Jorge Rodríguez Beruff.

Pero la versión que conocía era la original, leída intempestivamente y a borbotones (casi en el mismo estilo en que parece que fueron redactas). Nos visitaba entonces en la Universidad del Sagrado Corazón quien fuera secretario de prensa de Tugwell en la Isla. Nos narró lo difícil que resultaba aprobar medidas de reformas sociales, en un ambiente donde predominaba el miedo al comunismo.

Mis recuerdos del libro y de aquella conferencia, se cruzaron y mezclaron con otras investigaciones que realizaba entonces sobre la imagen de la ciencia durante la primera mitad del siglo pasado. Me interesaba rescatar del imaginario, tanto del de los administradores como de la población, la concepción forjada sobre el nuevo régimen. Leía para aquellos días también las memorias del doctor Ashford, así como su correspondencia privada, y el “Diario” del doctor Francis W. O’Connor, el cual encontré por casualidad en los archivos del New York Academy of Medicine (publicado posteriormente por la UPR).

Y de entre todo aquel amasijo de apuntes y notas, hoy borrosos, grabé en mi memoria una descripción relatada en alguna de aquellas observaciones sobre la población: “desgarramiento”. Comparaban la situación económica y la salubridad en la Isla con la de otras Antillas y regiones. Si bien en otros lugares las condiciones objetivas podían ser peores, el efecto se amortiguaba por cierto sentido de pertenencia comunitaria.

He vuelto a las memorias de Tugwell y de Ashford, y el lugar preciso de la cita hoy me elude. Pero donde menos esperaba encontré la confirmación de aquella observación. La periodista de este diario, Nory W. Rivera, comentaba recientemente que, “en cierto modo el progreso nos arrebató ese sentido de comunidad”.

No se trata ahora de darle marcha atrás al reloj y evocar tiempos idos, sino de ver algo del reflejo del pasado en nuestras reacciones a problemas actuales. La sequía de estos días puede servirnos de ejemplo.

A diario culpamos, con razón, al calentamiento global, a : “El Niño” (que quizá ya no sea tan niño), pero a la hora de rastrear la memoria sólo nos remontamos a la sequía del 1994. Ahora el historiador Fernando Picó en su libro más reciente, “Puerto Rico y la sequía de 1847”, nos conduce a un siglo anterior para mostrarnos las similitudes en nuestras reacciones al embate de la Naturaleza. Recoge, por ejemplo, el informe de un oficial de Camuy al gobernador en el que se queja de “la penuria que esperimenta este partido, por la larga sequía que sufre, sin frutos de ninguna especie, sin poder sembrarlo por falta de agua, la miseria que ya se siente, falto de jornales los proletarios, viendo una emigración continua de infelices a buscar el sustento en otros partido”. Más tarde, otra crisis severa, la epidemia del cólera, borraría aquella sequía de nuestra memoria.

Y así como los embates de la Naturaleza son cíclicos, y nuestra reacción puede ser repetitiva, también nuestra actitud frente al poder de la metrópoli (es decir, el Congreso) puede ser cíclica y repetitiva. De mi primera lectura de “La tierra azotada”, aún quedaban rastros de anotaciones en los márgenes.

Aclaro de entrada que nuestra economía entonces era agraria, al contrario de la de hoy día. Los comentarios de Tugwell en ocasiones aludían a las cuotas de exportación de azúcar, fijadas por el Congreso. O a la redistribución de la tierra, ya que Tugwell provenía de agencias federales agrícolas y formó parte del “Brain Trust” (grupo asesor) del presidente Franklin D. Roosevelt.

Pero si la superficie del cuadro ya no es la misma, el fondo de la realidad descrita por Tugwell sobre los reclamos de nuestros líderes frente al Congreso es reveladora: “En la Rama Ejecutiva del Gobierno (norteamericano) encontré frialdad para toda las cosas de Puerto Rico. Esto fue lo que el colonialismo hizo: distorsionó todos los procesos ordinarios de la mente, convirtió a los hombres honestos en mendigos. Económicamente consistía en arreglar las cosas para que la colonia vendiera sus productos en un mercado barato (el de la metrópoli) y comprara su alimento y otros bienes manufacturados en un mercado preciado (también el de la metrópoli). El Congreso hizo mendigar fuerte a Puerto Rico, y de la forma más repulsiva. Y esto último fue el crimen real de América en el Caribe”.

Palabras cuyo eco aún parece retumbar en nuestra memoria imperfecta.

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