Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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La mujer viagrada

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La minúscula pastilla Viagra supone un milagro mayúsculo. Según la publicidad el vasodilatador despabila el órgano viril y lo induce a atarearse. Los mercaderes del milagro afirman que los usuarios notarán los signos del deseo apenas la pastillita azul recale en el estómago.

La pastillita azul se ha asegurado la gratitud masculina universal. El pobre y el rico. el letrado y el analfabeto. El creyente y el ateo. El pececito cuya coleta tiene el impulso débil y el tiburón versado en las mil y una estrategias de la seducción. En fin, cada varón viagrado agradece a la farmacopea la resucitación genital, aun cuando sea temporera.

Por cierto, la resucitación salpica a las esposas, a quienes el deterioro sexual de sus maridos las condena a la neo-viudez. Una neo-viudez fatal, sobre todo miserable, pues queda exenta de beneficio financiero alguno. Tras viuda de noche, viuda de día.

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Sobresalen dos entre las advertencias y las instrucciones que los varones en trámite de viagrarse deben escuchar con atención. Uno, no se trata de una hormona o un afrodisiaco que se puede compartir con la mujer, como se comparte un chocolatito o un buche de maví. De hecho, la pastillita azul necesita del órgano viril para cumplir lo que la publicidad promete. Y, dos, si a manera de preludio amatorio el varón ya viagrado consume pedazotes de jamonilla, tacos en salsa de barbacoa, latitas de pulpo en aceite y bolsitas de platanutres, la resucitación genital colapsa.

En cambio, otros preludios ameritan considerarse. Que sin la fantasía erótica el sexo a nada sabe. Un preludio del gran compositor polaco Federico Chopin, un preludio del gran compositor puertorriqueño Ernesto Cordero, son lujos que valen mucho y cuestan poco. Y ni hablar de un preludio abundante en caricias gozosas y palabras ídem.

Hablando de palabras, hay una que se debe prohibir durante el preludio verbal: “Estimúlame”.

Por Dios, estímulo recuerda la sardina con que se premia a las focas cuando terminan otro “show” acuático en Disneyland. Estímulo recuerda la galletita de vainilla con que se consuela al perro sato, luego de éste aprobar un cursillo de obediencia con calificación de D.

Desde luego hay verbos imperativos aprovechables en el preludio, si bien carentes de la menor originalidad. “Acaríciame”. “Gózame”. “Mímame”. “Recórreme”.

No, ése sí que no. El verbo imperativo “trabájame” rebaja el preludio amatorio a exigencia calcada de los códigos obrero-patronales. Y los preludios amatorios son lo opuesto a la relación obrero-patronal, lo opuesto a la noción de horario, lo opuesto al funesto estrés.

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Me desdigo. Nadie, ala altura del siglo veintiuno, recurriría a una petición tan arbitraria como la que expresa el verbo imperativo “trabájame”. ¡Si ya el siglo veintiuno, siglo que se prevé anticonvencional e igualatorista, se prepara a recibir con aplausos a la mujer viagrada!

Uno imagina que nadie tendrá la desfachatez de utilizar el verbo imperativo “trabájame” al ayuntarse con tan ilustre deshacedora de opresiones. Aunque uno imagina que ella, dueña repentina de la mitad de las fichas del juego amatorio, habrá de ripostar: “Trabajémonos”.

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¿La mujer viagrada? Llamemos así a la mujer vanguardista y en busca del placer franco, tras divorciarse de los prejuicios morales que la redujeron a ciudadana sexual de segunda clase. Llamemos así a la mujer tentada por las promesas de la pastillita rosada, ésa que azuza el deseo sensual, según los mercaderes del milagro químico. Llamemos así a la mujer cuya conducta impugna la zanganería de que el suyo constituye el sexo débil.

Como era de esperar, la pastillita rosada ya entró al debate clínico, como otrora la pastillita azul. Que si mareos, que si insomnio, que si palpitaciones.

Pero, ni el debate clínico, ni el debate moral ni el debate religioso, disuaden a gran parte de la Humanidad de lo que considera una opción medicinal legítima. Dicha opción medicinal legítima no es otra que procurarse satisfacciones materiales, ajenas al cedazo clínico, moral o religioso.

En el laberinto de emociones contradictorias sobre el que se levanta todo ayuntamiento humano, la pastillita rosada merece una bienvenida calurosa como la que recibió la pastillita azul.

Pregunta de cierre. ¿Se ocupará la Historia de la mujer viagrada? Se ocupará de la gerente general de sus pasiones. En el entretanto, mientras disfruta a plenitud y se deja disfrutar del mismo modo, quién quita que descubra si es tan fiero el león como lo pintan. De ese descubrimiento sí que se ocupará la Historia.

P. D. No sé si la milagrosa pastillita rosada la elabora la misma compañía farmacéutica que elabora la milagrosa pastillita azul. Pero, si escribo el varón viagrado me parece concordante escribir la mujer viagrada.

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