Noel Algarín Martínez
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La NCAA tiene que mirar más al profesionalismo y compensar mejor a sus atletas

Una vez más el deporte universitario en Estados Unidos ocupa titulares en los medios noticiosos como parte de un nuevo escándalo de corrupción que involucra atletas, dirigentes y programas de baloncesto de algunas de las universidades de más alto perfil.

El portal Yahoo Sports publicó en los pasados días un reportaje con detalles de una investigación federal que develó como jugadores de escuela superior y a nivel colegial, así como algunos de sus familiares, recibieron grandes sumas de dinero a manera de “préstamo” o adelantos en efectivo, además del pago de viajes y de gastos de entretenimiento. Estos pagos se tramitaban por medio de la agencia de representación de atletas, ASM Sports, del exagente de jugadores de NBA, Andy Miller, y su socio, Christian Dawkins, quienes también servían de intermediarios para cerrar acuerdos económicos ilegales entre los prospectos y dirigentes o personal de las universidades.

De estas imputaciones probarse ciertas constituyen una violación a las reglas del National Collegiate Athletic Association (NCAA), que prohíbe que sus jugadores reciban dinero si quieren preservar su estado de atletas aficionados. El caso criminal es otra historia.

Los detalles de los pagos están recogidos en documentos de ASG Sports que forman parte la prueba en la investigación del FBI y los que examinó Yahoo Sports.

Al leer sobre la investigación, lo primero que me cuestiono es si el FBI debe dedicar sus recursos a un asunto que debería ser investigado y regulado por la NCAA (organismo que, valga la aclaración, no es exactamente el mejor ejemplo de buenos manejos y responsabilidad).

Lo segundo y más importante: este nuevo escándalo es otra muestra de que el estatus de atleta amateur, tal como lo entiende la NCAA, tiene que acabar. Este tipo de situación se podría controlar o, al menos minimizar, si la NCAA y las universidades enmiendan sus reglamentos para incluir el pago de un sueldo a sus jugadores o incentivos económicos que vayan más allá de otorgarles una beca, la que en muchas ocasiones no sirve para cubrir necesidades básicas de los atletas, sobre todo tomando en cuenta el complicado trasfondo económico y social de muchos de los jóvenes que brillan en el baloncesto colegial.

Sólo durante la fase culminante de su campeonato de baloncesto, conocido como el “March Madness”, la NCAA suma ingresos que, en 2016, alcanzaron los mil millones de dólares. Sin embargo, mientras el organismo y las universidades llenan sus arcas, y sacan partido y explotan el talento e imagen de los jugadores, los protagonistas del espectáculo no reciben nada. Ahí radica la mayor injusticia y el punto que urge atender si la NCAA espera se produzca un cambio. Realmente, el cambio tiene que comenzar por la institución.

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