Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La neolengua

Es común pensar que Puerto Rico constituye una excepción. Probablemente esta tendencia es otra tara del colonialismo, esa ingeniería social perversa que aleja a un país de las convenciones internacionales. No pertenecemos a la sociedad de las naciones ni a ninguno de sus organismos. Puerto Rico está ausente de la ONU, la UNESCO y la OEA, no tiene embajadas ni consulados, ni tampoco puede establecer relaciones de ningún tipo con ninguna nación del planeta. Esta incapacidad de autorrepresentación es una de las consecuencias más definitorias y abyectas de este gran límite antinatural.

Añádase a esto los usos y costumbres, los deseos y las mitologías del mayor sector político. El estadoísmo puertorriqueño nació incluso antes de la invasión militar de 1898. La potencia norteamericana fue objeto de fascinación desde las postrimerías del siglo XIX y es pertinente recordar que una facción del separatismo buscaba la independencia de España para ofrecer el país a Estados Unidos. No obstante, muchos de los primeros anexionistas verían, casi de inmediato, sus esperanzas frustradas. El diseño del nuevo aparato político que se instaló luego de la invasión, no contemplaba la integración plena del nuevo territorio. Para Estados Unidos bastó y sobró la condición de “territorio no incorporado”, es decir, la colonia pura y dura que había, a toda costa, que evitar llamar por ese nombre. De ahí que las relaciones con Washington, hayan sido desde entonces, sucesivos juegos de palabras que pretenden establecer conceptos y marcos legales inciertos y ambiguos, perpetuamente abiertos a interpretaciones hipotéticas. Resultado de este desbarajuste de la coherencia han sido los Casos Insulares, la Constitución del ELA y la Junta de Control Fiscal.

La condición colonial significa, entre otras cosas, ausentarse de la historia contemporánea y, además, del uso común y universal de los vocablos. El colonialismo norteamericano ha creado su neolengua. De este marco surge el tan común y empecinado discurso sobre la excepcionalidad puertorriqueña. Muñoz Marín llegó a afirmar que el ELA era una invención única en la historia política, una suerte de tercera vía, que formaba una burbuja plácida y útil, que milagrosamente resistiría las relaciones tumultuosas que vinculaban asimétricamente a colonias con imperios. El anexionismo también ha participado frecuentemente de esta deriva relativa a la singularidad del país, y ha ofrecido a sus simpatizantes un catálogo de estadidades criollas que fantasean con la preservación de la lengua y la cultura nacionales, los impuestos, los periodos de transición y el trasplante taumatúrgico de la riqueza norteamericana a unas playas del Caribe, sin considerar que Estados Unidos es un país repleto de pobres y excluidos que se parecen muchísimo a nosotros.

La creencia en la excepcionalidad es a la vez un mecanismo sutil y burdo y constituye, más que una percepción válida de la realidad, una antivisión. A partir de esta suposición sefabrica un autorretrato alterno, caprichoso y conveniente que nubla los lentes de unos anteojos mal graduados. La excepcionalidad es un autoengaño diseñado para colectivizarse.

Si bien en nuestro tiempo Puerto Rico es una aberración política, el sueño de nuestra excepcionalidad está lejos de hacernos únicos. Los lentes mal graduados se han convertido en gríngolas que nos han impedido ver todas las etapas posibles de nuestra condición en el ámbito político en el que pervivimos como un cuerpo capturado. En las relaciones que Estados Unidos sostiene con sus territorios insulares, se encuentran las fases de los nefastos y predecibles destinos del colonialismo estadounidense.

Hay otros Puertos Ricos, pero no todos están en el Caribe. En los territorios insulares del Pacífico dominados por Estados Unidos y otras naciones se hallan las consecuencias de la neolengua. Su definición oficialista está a la mano: “Los territorios de Estados Unidos son divisiones administrativas subnacionales a cargo del gobierno federal estadounidense. A diferencia de los estados de la federación norteamericana y de las tribus indígenas que poseen soberanía en conjunto con el gobierno federal (de acuerdo con la decisión de 2016 de la Corte Suprema llamada Puerto Rico vs. Sánchez Valle). Los territorios se clasifican a partir de si son 'incorporados' (es decir, parte integral de Estados Unidos) o de si poseen un gobierno 'organizado' creado por una Ley Orgánica aprobada por el Congreso”. Probablemente sorprenda conocer que Estados Unidos posee 16 territorios del segundo tipo. La mayoría son propiedades deshabitadas pero cinco están poblados: Puerto Rico, Islas Vírgenes Estadounidenses, Guam, las Islas Marianas del Norte y Samoa estadounidense.

Recientemente vi varios documentales sobre Guam, Samoa e incluso sobre las Islas Cocos o Keeling, el territorio “incorporado” australiano que parece una copia del expansionismo estadounidense obrado por la nación austral en el Océano Índico. La experiencia fue muy iluminadora. En todos vi a un mundo familiar. Islas tropicales con cordilleras boscosas y capitales ubicadas en amplias bahías, con pueblos que no tienen ningún parecido con Texas o Maine. Los documentalistas intentaban explicar la excepcionalidad de cada territorio y sorprendían las coincidencias históricas. Samoa fue “adquirida” (este es el término que utiliza la neolengua) en 1900, Guam y Puerto Rico en 1898, las Islas Vírgenes en 1917. Todas las islas fueron militarizadas y sus economías sucumbieron por la dependencia. La precaria salud financiera de Samoa depende hoy de que la misma atunera que abandonó Mayagüez hace unos años no decida trasladarse al sudeste asiático. En todas hay dos banderas y cuando sus pobladores se refieren constante y casi obsesivamente al “país” nunca aluden a Estados Unidos.

Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la gente. Una población de criollos que en Estados Unidos solo podrían pasar por emigranteslegales o ilegales, que sudan el calor del trópico en barrios de casas bajas y patios con palmas y aguacates. Familias extensas que se apiñan en pocos metros y sufren epidemias de obesidad y diabetes. Ex militares desempleados o subempleados que perviven en un país que tiene la mayoría de edad prohibida. Todos añaden al aislamiento isleño la segregación colonial y entre muchos de sus habitantes parece haber un extraordinario y sobrecogedor amor por una tierra y una cultura que oficialmente no poseen. En los mapas, desafiando la geografía y su realidad cotidiana, debajo del nombre de estas islas hay un paréntesis con dos letras: “U.S.” Son, somos, las islas del paréntesis, los territorios no incorporados que necesitan una aclaración constante; los que vivimos entre los corchetes y notas al calce de la neolengua.

Quizá no exista un signo de puntuación más elocuente que los paréntesis que cercan las colonias. Lugares cuyo nombre no basta porque precisan un paréntesis con el nombre del que los ha mantenido en una cuarentena de más de un siglo. Una colonia es una isla doble: un territorio dentro de un territorio de excepción en que su población no es estadounidense y solo puede ser “(estadounidense)”. La neolengua dice lo que no es, siendo, sin ser nunca.

Sin embargo, los paréntesis tienen también otros significados. Abrir uno significa iniciar una pausa y un tiempo de espera. No hay unión ni permanencia temporal en la trampa de este signo. Todo paréntesis caduca porque la excepcionalidad es un engaño. La colonia es la colonia y en ella viven chamorros, samoanos o puertorriqueños atrapados en la neolengua que “adquirió” un “territorio no incorporado” de “subnacionales”. Así Estados Unidos habla para no ser responsable de nada, así lo repiten algunos en los “territorios insulares” para no entender. Nuestro vínculo más poderoso con Estados Unidos es la neolengua. El haber aprendido a hablarla nos ha llevado a la desgracia.

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