Osvaldo Carlo

Tribuna invitada

Por Osvaldo Carlo
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La nueva prueba genética es contundente

En el caso del asesinato de la joven Glorimar Pérez, a tres convictos por su muerte les fue concedido un nuevo juicio. El tribunal encontró que el resultado de las nuevas pruebas genéticas hace más probable la inocencia de los peticionarios que su culpabilidad y pudiera crear duda razonable.

La duda razonable es piedra angular de nuestro derecho penal que tiene sus orígenes en el derecho anglosajón. Un famoso jurista Ingles acuñó en el 1760 una frase, relevante al día de hoy; “es mejor que 10 personas culpables escapen la ley que un inocente sufra sus consecuencias.”  

En un proceso criminal, el Estado tiene la obligación de demostrar la culpabilidad del acusado más allá de duda razonable mediante la presentación en juicio público, de prueba suficiente y satisfactoria de cada uno de los elementos del delito y su relación con el acusado. La duda razonable debe ser el resultado de la consideración serena, justa e imparcial por parte del jurado de la “totalidad” de la evidencia del caso o de la falta de suficiente prueba en apoyo de la acusación.

En el juicio del asesinato de Glorimar, un testigo con historial criminal, que incluye uso de sustancias controladas y delitos contra la propiedad, alegó que presenció el asesinato. A cambio de su cooperación, este testigo recibió un serie de beneficios que van desde la inmunidad hasta su relocalización a otra jurisdicción. En su testimonio este testigo relata un violento acto de agresión sexual que no es necesario aquí reproducir. Testificó además que fue la persona encargada de disponer del vehículo de la víctima.

Las pruebas genéticas realizadas con la tecnología de la época fueron inconclusas; o sea, no podían establecer la presencia de los entonces acusados en la escena “pero tampoco descartaban esta posibilidad.” Vellos encontrados en la escena, según los expertos, no descartaban a uno de los acusados por poseer los mismos  “características similares” con los de éste. Estos expertos testificaron que la imposibilidad en obtener resultados del semen encontrado en un pantaloncillo y papel higiénico se justificaba “debido a su exposición a los elementos y a la no existencia de espermatozoides vivos.” 

El testimonio del testigo cooperador, el de otro delincuente, que no estuvo en la escena pero aportaba cierta prueba corroborativa, el testimonio de testigos no presenciales así como la evidencia forense, “que no descartaba a los acusados”, constituyeron la “totalidad” de la evidencia que el jurado consideró.

El resultado de la nueva prueba genética es contundente. Allí donde no se podía ser concluyente ahora se puede ser y donde no se podía descartar ahora tajantemente se descarta. Además, la nueva prueba genética hace creíble el cambio de versión de los dos testigos principales del gobierno que sostuvieron por años que mintieron en el juicio.

La realidad es que, en la escena violenta que describió el testigo cooperador, no existe material genético de ninguno de los tres convictos de violación y asesinato. El gobierno acepta ahora que el pantaloncillo y papel higiénico con semen que el jurado consideró como parte de la “totalidad” de la evidencia, no forma parte de la escena. De hecho el material genético encontrado en estas piezas de evidencia no pertenece a ninguno de los acusados ni a la víctima.

En un juicio donde los testigos principales son dos delincuentes cuyo testimonio es inconsistente con la prueba forense es razonable concluir, como lo hizo el Tribunal, que las nuevas pruebas genéticas hubiesen creado la duda razonable.

Para dar la oportunidad a que otro jurado considere la prueba exculpatoria producto de nuevos estudios de ADN es que se ordena un nuevo juicio. 

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