Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La odiosa pregunta

Cuando éramos niños y niñas, y mirábamos el mar abierto del futuro sin dejar que el resplandor del sol nos nublara la vista, a todos nos hacían una vez, dos veces, tres veces, muchas veces, hasta el hastío, francamente, la misma pregunta: ¿qué tú quieres ser cuando seas grande?

No quería uno saber de nada más que no fuera correr bicicleta, jugar pelota, baloncesto o Pac-Man, sumergirse en los arrebatadores primeros amores como quien entra caminando en una piscina de aguas frescas, no ver, ni dejarse importunar, por nada que fuera más allá de la próxima película, el descubrimiento que asomaba o la aventura de mañana.

Pero en cada cuarto a que uno entrara, cuesta que subiera o puerta por la que saliera, asomaban, como desde atrás del horizonte, los ojos burlones, la boca socarrona, dejando caer otra vez la misma pregunta.

Llegaba el momento en que no era posible huir más. Pasaba bien entrada la adolescencia, cuando “ser grande” ya se anunciaba en vellos donde menos uno se los hubiera esperado antes.

Led Zepellin cantó “there are two paths you can go by, but in the long run, there’s still time to change the road you’re on”. Pero, comoquiera, para empezar había que elegir un camino, una carrera universitaria o vocacional. Había que señalar algo y decir: a eso yo quiero apostar para ganarme la vida, ser autosuficiente y cuidar de los míos hasta que a ellos también les toque contestar la inevitable, la odiosa pregunta.

Las personas y los pueblos se parecen más de lo que a menudo imaginamos.

Ambos crecen, se desarrollan, adquieren los rasgos que los distinguen de cualquier otro. Lo natural es que en algún momento quieran o puedan valerse por sí mismos. Lo natural, no obstante, no siempre lo es en Puerto Rico. Los pueblos eligen qué quieren ser cuando grandes al identificar y apostar a un modelo de desarrollo económico que, seguido con determinación y disciplina, más allá de cambios de gobierno, cree riqueza que sirva para atender las necesidades de los habitantes de ese territorio.

Puerto Rico no acaba de contestarse a sí mismo esa pregunta.

Hemos vivido una prolongada niñez de más de cinco siglos, primero al amparo de España y desde hace 119 años y medio, bajo la dominación estadounidense. Crecimos cómodos y con desparpajo al cuidado de otros, creyéndonos país para lo que nos conviene y dejándoles a otros lo más complicado, que a menudo es también lo más importante.

Encontramos normal, aunque no lo es, ni de lejos lo es, que a todo problema nuestros gobernantes corran a Washington a pedir y pedir y pedir y pedir, y cuando ya no se puede pedir, pedir un poco más. Esto está cambiando. Abundan las señales de que nuestra larga niñez puede que por fin esté terminando. Estamos siendo empujados sin abrigo a la oscura, lluviosa y fría noche de la adultez como país. Y muy poca gente en las esferas gubernamentales se resigna ni presenta un plan.

Esto del desarrollo económico es una de las cosas obvias que en países como Puerto Rico hay que estar repitiendo continuamente. Es natural: desde antes de nacer, es más, desde antes de nacer nuestros abuelos, nos están diciendo que podemos dormir en paz porque Estados Unidos se va a encargar de nuestro desarrollo.

Durante los pasados años, nos ha tocado aprender a golpes, sorpresa, que desde el más grande hasta el más pequeño, nadie puede vivir sin una estrategia de desarrollo económico. Nadie puede vivir sin una profesión.

Alemania, que tiene el tercer superávit comercial más grande del mundo, apuesta a los servicios y la exportación, sobre todo de vehículos de motor. Latvia, una ex república soviética de 1.9 millones de habitantes, y que el año pasado tenía un ingreso per cápita de $26,090 (el de Puerto Rico antes de María era $24,020), tiene una economía mayormente de servicios y de exportación de maderas. Panamá, ahí al lado, cuya economía viene registrando tremendos saltos durante los pasados 10 años, hace girar toda su estrategia en torno al canal y a su sistema bancario.

Aquí se habla de autosuficiencia y en seguida algunos pelan ojos creyendo que se habla de independencia. No saben, al parecer, que los 50 estados tienen cada uno su propia estrategia de desarrollo económico. Por ejemplo, en Oregon, es la manufactura de electrónicos; en Dakota del Sur, servicios bancarios; en Texas, petróleo y gas natural; en Vermont, servicios de salud; en Wisconsin, el sector de seguros y en California, informática y tecnología.

Malas noticias para algunos de los que leen esta columna: en ningún estado consideran a los fondos federales como una estrategia de desarrollo económico en sí, como parece ser una idea bastante popular aquí. Si no le creen al que escribe esta columna, créanle a la senadora estadista Zoé Laboy, quien es la autora de un proyecto que pretende regular la inserción de Puerto Rico en el mundo de la economía colaborativa y declaró esta semana: “Además de fondos federales, Puerto Rico necesita un plan de desarrollo económico propio, que no dependa del gobierno federal”.

La “estrategia” de desarrollo que han impulsado los estadolibristas, por otro lado, no necesita demasiada explicación. Basta asomarse a cualquier ventana y ver la desolación que hizo presa de nuestras ciudades, más el atolondramiento de un país al que de súbito se le sacó la alfombra de abajo de los pies, cuando el Congreso de Estados Unidos, en el ejercicio de sus poderes soberanos sobre Puerto Rico, eliminó la Sección 936 del Código de Rentas Internas federal, que fue, durante cerca de 30 años, la principal estrategia de desarrollo económico aquí.

“¿En qué se va a ganar la vida Puerto Rico?”, se preguntaba, hace unos días, en una conversación en vídeo en la página web de este diario, la gran periodista Joanisabel González. ¿Qué quiere ser Puerto Rico cuando sea grande, pues, en esa adultez como pueblo que se acerca con tropel de bestias, mientras seguimos paralizados, añorando lo que ya fue y no volverá o lo que no sabemos si algún día llegará?

Tan lindo, caramba, que era todo en la niñez.

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