Mayra Montero

Tribuna Invitada

Por Mayra Montero
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La olla de las avaricias

En el Departamento de Educación no ha habido muertos de milagro. Me refiero a movidas para sacar del medio a gente incómoda: amenazas, golpizas, tiroteos. Vaya, lo típico.

No exagero. El dinero que ha corrido y los odios que se han cimentado, tienen una dimensión tremenda.

Lo que este periódico ha publicado hoy, en dos páginas alucinantes, esa historia plagada de intrigas, despidos, renuncias, asechanzas y un reguero de millones que, por desgracia para ellos, provienen del bolsillo de los contribuyentes estadounidenses, nos deja anonadados.

Pero no a nosotros solamente. El cucarachero que están destapando las autoridades federales —fruto de las entrevistas y los allanamientos—, los debe tener muy sorprendidos. Y eso que poco se sorprenden ellos.

Cuando se lanzó el informe sobre el mal manejo de fondos en la isla, en días recientes, desde la Casa Blanca, informe que el gobernador Ricardo Rosselló catalogó de “escudo” o patraña del presidente Trump, ya esto lo tenían leído y requeteleído.

Educación es un caos. Funcionarios que se despedazan entre sí para otorgar contratos; cabilderos que manejan nombramientos esenciales, de gran capacidad de maniobra; broncas a gritos, que sabe Dios si han pasado a mayores y no nos hemos enterado (ya lo averiguará el FBI), y para colmo, la duplicidad de funciones, con una camarilla de secretarios auxiliares, compinches de cualquier calaña y farsantes que ofrecen enseñar valores, como si los valores fueran tablas de multiplicar: los valores se maman en la cuna, desde el esfuerzo y la austeridad.

Planeando sobre esa olla de confabulaciones, la sombra de políticos de alto nivel que paralelamente están moviendo fichas. Una secretaria de Asuntos Federales renuncia, y como por arte de magia reaparece como jefa de personal en la oficina del vicepresidente de la Cámara de Representantes, “Pichy” Torres Zamora. ¿Cómo es eso, cómo es posible que se siga reclutando a gente a conveniencia, y que el Capitolio opere como centro autónomo del desparpajo?

En el reportaje de este diario se enumeran las renuncias que han tenido lugar en los últimos meses, y es entonces que uno se da cuenta de lo sobrepoblado que está el Departamento de Educación. Esa agencia es como un viejo árbol (palo antiquísimo de corruptelas), que agrega anillos y anillos de burocracia a medida que se suceden los cuatrienios. Se fue un secretario auxiliar de Administración, otro de Asuntos Académicos, otro de Educación Montessori, un director de Recursos Humanos y dos directores de la División Legal. Y no se nota. Han quedado pululando por el edificio tantos auxiliares que no auxilian, que el lugar recuerda esos panales de hombrecillos del pintor Pieter Brueghel. Así mismo, todos llevando musarañas de un lado para otro, mirando el celular, o tratando de arrancarse las cabezas.

Una situación que ha llegado tan lejos, que tiene tentáculos tan imprevistos, va a causar más de un pesar a mucha gente. Empezando por el gobernador. Pero no olvidemos que la mayoría de los anillos de ese gigantón podrido que es hoy el Departamento de Educación, fueron sedimentándose en administraciones anteriores. Con secretarios mejores o peores (algunos francamente sinvergüenzas), que no pudieron con las presiones políticas, las que provenían del Palacio de Santa Catalina, cierto, pero también y sobre todo, las que llegaban de una Asamblea Legislativa que se acostumbró a controlar agencias como ésas, con mucha plata para repartir.

Sucede que el dinero no salía de nuestros infinitos yacimientos de coltán, ni de las petroquímicas, ni de la flamante industria agropecuaria, ni de la electrónica, ni de la aeroespacial. Procedía de fondos y fondos que, técnicamente, tienen dueño.

Detesto sacar el ejemplo de Singapur, que ya marea, pero no tengo más remedio que mencionarlo ahora, porque la transformación educativa que llevaron a cabo sin contemplaciones, sin ñoñerías, examinando periódicamente a los estudiantes para redirigirlos a universidades o escuelas vocacionales, según su capacidad (no su capricho), y evaluando a los maestros, a quienes ascendían o despedían, bajaban o subían el sueldo de acuerdo con su eficacia, es una de las claves para que ese país no se hundiera en la inopia.

El Departamento de Educación de Puerto Rico tiene que ser sacudido de arriba abajo. Desinfectado de arriba abajo. Higienizado y vuelto a levantar desde filosofías distintas.

Sin escarmiento, esto no va a tener remedio.




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