Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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La otra crisis

Dos telerreportajes proyectados en estos días resumen bien el caos contemporáneo puertorriqueño. Uno de ellos capta la multitud amanecida en los alrededores del estadio Hiram Bithorn el martes pasado con la esperanza de “precualificar” para un vale de Plan 8. El segundo recoge el desbarajuste provocado por el sistema AutoExpreso con su avalancha postal de multas sospechosas.

El tumulto del Bithorn dramatiza el poder de convocatoria de los subsidios federales destinados a la población de escasos recursos. Y destapa la dimensión escandalosa de una miseria persistente al margen de las estadísticas. Impactan las declaraciones de una señora que habita con su familia un refugio de matojos sobre la arena de Bajamar, justo frente al palacio de mármol legislativo. Le arrancan al país toda ilusión de haber superado su tan negada condición tercermundista.

Queda también al descubierto una pasmosa ineptitud en el manejo de la comunicación oficial por parte de las autoridades. A eso se debió, en gran medida, la confusión imperante. En medio del santo revolú, tuvieron que personarse allí, a intentar poner orden, la mismísima alcaldesa de San Juan y su sombrero. Menos mal que unas líderes de fila habían establecido su propia lista de turnos, gesto que demostró un espíritu organizativo muy superior al de la burocracia municipal.

El otro reportaje, presentado en un programa de temas investigativos, es material de primera para una antología del absurdo criollo. Y comprueba que, en materia de incompetencia, la gerencia de AutoExpreso merece un trofeo de oro sólido. Hasta los pelos de las cejas se le erizaron a uno cuando aquel ciudadano indignado le enseñó a la cámara las cuchocientas notificaciones de fotomultas abusivas que le ataponaron el buzón. El resto de los entrevistados acabó de espantarnos con sus anécdotas vuelasesos.

Hubo quien aclaró que ni siquiera estaba en Puerto Rico el día de la infracción imputada. Algunos aseguraron tener sus cuentas rigurosamente rellenas. Un señor reconoció la imagen de su carro y juró haber sido víctima de clonación de tablilla. En definitiva, digamos que ninguno de los afectados manifestó una fe ciega en el sentido de justicia de los amos del peaje. Y lo terrible es que, lejos de resolverse, el problemazo amenaza con prolongarse. Una legislación en proceso contempla la regulación de las fotomultas, es decir, su continuidad.

A la politiquería, el pillaje y la pésima administración se asigna la responsabilidad mayor de la crisis del endeudamiento. De la otra crisis —la que no se ve pero embiste con igual ferocidad— la culpable es la incertidumbre. No ver venir el golpe es no poder evitarlo. Andar bajo aviso permanente de huracán, sin conocer la fecha exacta en que nos va a hacer papilla la casa, le serrucha los nervios hasta a un monje budista. Así vivimos los puertorriqueños del glorioso siglo veintiuno. La falta de información concreta desorienta y paraliza.

Para calibrar la angustia y la inseguridad que abruman a quienes dependen del menguante erario público, habría que calzarse los incómodos zapatos de los empleados, activos o retirados, del gobierno. Mientras aquellos se preguntan cuándo empezarán a deducirles el veinte por ciento de sus raquíticos salarios, éstos hacen cálculos matemáticos en el aire tratando de adivinar el impacto de un recorte despiadado a sus ya precarias pensiones.

Tampoco estaría de más extender el ejercicio de empatía a los pacientes del plan de salud que, con la reducción del Medicaid, pronto le dirán adiós a sus tarjetas salvadoras; o a los estudiantes universitarios que enfrentarán un aumento bestial en su matrícula; o a los padres que verán cerrarse las puertas de las escuelas de sus hijos. Sin olvidar a los artistas que, sin contratos ni subvenciones previsibles, deberán abandonar sus talleres de trabajo y buscar suerte en una sociedad ajena a sus sueños y a sus sacrificios.

Si usted es alérgico a la solidaridad o pertenece al minúsculo grupo de los bienaventurados que creen estar a salvo de la catástrofe, ensaye el aterrizaje forzoso. Contrario a la colonia, la catástrofe tiene agenda democrática. El costo de vida alcanzará niveles astronómicos. Los servicios escasearán más que los empleos. La industria privada multiplicará los despidos. Los pequeños comercios caerán como hojas secas. Y la emigración se ocupará de dejarnos sin niños.

Siento que me puya el demonio del pesimismo. Me apresuro a cerrar esta meditación tristona antes de que los fanáticos del pensamiento positivo me declaren persona non grata. Total, a lo mejor no es para tanto.

Más se perdió en la guerra, mijos, dirían con una sonrisa tierna nuestros antepasados, aquellos boricuas bravos que recogieron café descalzos bajo la picada del sol y de los abayardes. Sí, los mismos que caminaron millas sin asfalto y cruzaron ríos crecidos para aprender a leer. Los que levantaron de la nada, a pulso y a pulmón, este pedacito de tierra que llamamos patria.

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