Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La otra lección de María

Cuéntese entre los efectos del huracán María la iluminación, una vez más, para el que todavía no entienda que dos más dos son cuatro, de la naturaleza de nuestra relación con Estados Unidos. Abundan los apologistas de la colonia, que los hay en todas las ideologías, declarando, más como ruego que como afirmación, “¿dónde estaríamos sin ellos?”. Pero ni esos pueden negarse, en el fondo de sus atribulados corazones, que aquí quedó expuesto, con una crudeza que pocas veces habíamos visto antes, la enorme distancia que hay entre estos dos pueblos juntados por la fuerza.

Al pasar el huracán, el gobierno federal, a través de FEMA, entró en acción como es su responsabilidad, como es la rutina, con sus declaraciones de emergencia y sus reparticiones de dinero, comidas y toldos.

Días después, y cuando todos nos dimos cuenta de que la devastación era de una magnitud nunca antes vista aquí, Washington tomó medidas excepcionales, como obviar el requisito de que los gobiernos locales paguen parte del costo de algunos aspectos de la recuperación y el envío de algunos organismos militares a cooperar con la recuperación.

No se sabe todavía la cifra exacta, pero sin ninguna duda Estados Unidos ha desembolsado cientos de millones de dólares en la respuesta a María. Sin ese dinero, la situación habría sido peor. No es un regalo, ni caridad. Es el deber para con su territorio. Pero nadie puede negar que ha sido de mucha importancia.

En el transcurso de los días, se fue viendo, no obstante, que lo que estaba haciendo Washington no es suficiente. El golpe de María fue tan inmenso, y estaban en tal estado de debilidad nuestras finanzas y de decrepitud nuestras instituciones, que todo el que ha mirado esto de cerca sabe que sin una asistencia especial de Washington no será posible levantar al país.

Han hablado, gente de acá, optimistas incurables, de “Plan Marshall”, en alusión a la ambiciosa iniciativa puesta en marcha por Estados Unidos para reconstruir a Europa después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Han hablado de préstamos garantizados por el Tesoro de Estados Unidos. Han hablado de eso y más, largo, florido y con pasión.

Washington mira, asiente, se lleva la mano al corazón, pone expresión cariacontecida, nos dedica sus pensamientos y sus oraciones. Ha venido casi toda la plana alta ejecutiva y congresional. Han dicho “no los dejaremos solos”, “estamos con ustedes” y otros lugares comunes así.

Pero de ahí no pasa o no ha pasado hasta ahora. Vendrá algo en su momento, pero nadie sabe cuánto ni en qué forma. Se dio un préstamo de $4,900 millones de FEMA. Pero no es para recuperación, es para mantener el gobierno operando.

Incluso, en un momento, costaba interesar a Washington en este tema. Hubo gente que se vio obligada a recordarles que los puertorriqueños somos ciudadanos de ese país, que hemos peleado en sus guerras, que votamos en Florida, etcétera. El gobernador Ricardo Rosselló con un lado de la boca elogiaba al presidente Donald Trump y con el otro, decía que hacía falta más y que nos tratan como “ciudadanos de segunda clase”.

De repente, Washington, cuando menos nos lo esperábamos, empezó a interesarse en Puerto Rico.

Pero no fue por las imágenes de hospitales a oscuras, comunidades incomunicadas ni gente bebiendo agua de manantial. Fue otra noticia la que conmovió el corazón de los congresistas: la escandalosa revelación de que la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) contrató por $300 millones para la vital tarea de reconstrucción a Whitefish, una empresa que tenía dos empleados y dos años de fundada.

Ahí fue que Washington despertó como de un letargo, como alguien a quien le tiran un vaso de agua fría en la cara. Se pararon las antenitas. Sonaron las alarmas. Se vio, finalmente, el puntito en el radar.

No hubo nunca una audiencia en el Congreso sobre la criticada respuesta a la crisis de María. Ya hubo una, y vienen más en camino, sobre el escándalo de Whitefish.

Nadie en Estados Unidos investigó por qué los toldos de FEMA se tardaron semanas en llegar a quienes los necesitaban. Ya hay no menos de cuatro pesquisas sobre Whitefish. Al gobernador no se le citó al Congreso para preguntarle qué necesitaba Puerto Rico tras el huracán; ya se le citó para hablar de Whitefish.

Ya hubo, al fin, una acción excepcional de Estados Unidos relacionada con María: se le van a aumentar los ya tremendos poderes a la Junta de Supervisión Fiscal.

Un funcionario de la Junta, que es una criatura congresional, va a estar a cargo, seguramente desde este martes, de la AEE. Posiblemente después se le encargue a la Junta también el Departamento de Hacienda. La Junta pidió por voz de la directora ejecutiva Natalie Jaresko que se condicione cualquier asistencia adicional a Puerto Rico a que el gobierno de la isla deje de enfrentar al organismo.

La mesa, pues, está servida. El mensaje también. Y no es bonito.

Acá, más del 90% de la población vive obsesionada con Estados Unidos. Por lo menos la mitad, quizás hasta un poco más, cree que es alcanzable la estadidad. Otros creen que pueden entrar en una asociación de tú a tú con Estados Unidos.

Allá, los hechos demuestran, nada de eso está sobre la mesa. Allá, los hechos demuestran, lo que hay es indiferencia hacia nosotros, desconfianza, justa o no, del uso que le damos a su dinero y la idea, justa o no también, de que no nos sabemos gobernar y necesitamos de su “supervisión”.

Tenemos mucho que aprender, de ellos y de nosotros mismos.

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