Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La palabra que da vida

Pocas verdades tan rotundas hay como esa de que a las palabras se las lleva el viento, frase cuyo origen algunos sitúan en la Roma del primer siglo, cuando un tal Tito Petronio Árbitro, senador por aquellos tiempos y reputado por su elegancia, se dice que dijo, en contexto no conocido, “verba volant, scripta manent”, enunciado en latín que, en el castellano que floreció un par de siglos después, se traduce como “las palabras vuelan, lo escrito permanece”.

Mas hay muchas palabras que, antes de que se vayan planeando grácilmente por el aire con el encanto de un avioncito de papel, causan un halón de placer aquí, un aguijonazo de dolor allá, un relámpago de miedo más acá o hasta burbujas de euforia en no pocos casos.

¿Quién no siente que la realidad se paraliza en el largo y doloroso latido de un segundo cuando alguien dice “accidente” en relación con un ser amado? ¿Quién no ve el aire volverse almíbar cuando el objeto de su deseo le reclama, aunque sea por WhatsApp, “ven”, sobre todo si es de noche y hace frío?

¿Quién no levanta las manos y agradece con aspavientos al divino creador cuando mencionan “privatización”, sobre todo si hablan de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) y lleva más de cuatro meses sin luz, pasó más de doce semanas a oscuras o vive con el perenne temor de que un soplido de mosca vuelva a apagarle el aparato con el que la mamá, el abuelo o la tía enferma respiran?

Aquí pasó precisamente eso el lunes por la noche. El gobernador Ricardo Rosselló dijo, en un mensaje cortito, rotundo, al grano, que echaba a andar el proceso para privatizar la AEE.

La sola palabra hizo que no se oyera nada más. Tembló la tierra con los aplausos. Solo faltaron fuegos artificiales. En las horas siguientes, varios medios hicieron encuestas relámpago. Ninguna fue lo que se llama, en castellano o en latín, una encuesta científica con todas las de la ley, pero la oposición a la idea nunca superó el 20%.

No hay que encuestar tampoco para saber qué es la que hay con esto.

El hartazgo de la gente con la AEE lleva tiempo. Precede por mucho a María. Por lo enclenque del sistema. Por el alto costo de la tarifa.

Por los años de engaño enganchándonos a nosotros el odioso ajuste de combustible que subía cuando los árabes se encrespaban, pero se quedaba congeladito cuando por allá se apaciguaban.

Por estar cobrándonos por producir la energía que no producen. Por abusadora, desconsiderada y arrogante. Por lo mucho que cobran los tipos con la inofensiva tarea de treparse a postes o torres para manipular cables de cientos o miles voltios de potencia.

Imaginamos de repente que, como un conejo sacado de un sombrero, vamos a tener luz que no se va, que es más barata y que se produce sin contaminar el ambiente. Imaginamos que, como con los celulares o los sitios donde venden mofongo relleno de camarones, vamos a tener cuatro, cinco, ocho compañías para escoger cuál es la que alumbra las noches de nuestros afanes.

Por imaginar, si nos dejan, imaginamos hasta que la luz va a llegar con olor a sándalo.

¿Qué importa, a fin de cuentas, que el gobernador apenas anunció el comienzo del proceso y que de la meta nos separa un camino con más curvas que la carretera vieja de Cayey a Salinas? ¿Qué importan la tal jueza Laura Taylor Swain, el otro tal José Carrión, el tercero, y hasta los llamados bonistas?

¿Qué importa que en nuestras muchas experiencias con procesos de contratación gubernamental casi siempre hayamos terminado en las manos de cuanto colmillú haya jamás asomado la nariz por estas playas de Dios?

¿Qué importa que no se nos haya ofrecido hasta ahora ninguna garantía de que va a ser un proceso transparente, con participación ciudadana, en atención a los verdaderos intereses del país y no el de los conectados de siempre, que lubrican procesos con billetes o dejan que los lubriquen a ellos?

¿Qué importa que haya en este y en cualquier otro gobierno túneles subterráneos, húmedos, semioscuros, donde gente poderosa anda enmascarada para no rendir cuentas a nadie, y que suelen ser los únicos que de verdad ganan con transacciones como la que asoma por aquí? ¿Qué importan Whitefish, o Fusciafish o Burgundyfish?

¿Qué importa que la Comisión de Energía de Puerto Rico, compuesta por profesionales en la materia y cuyo propósito es velar que ninguna compañía de electricidad ni pública ni privada nos pase por la piedra, esté en proceso de ser desmantelada por parte del mismo gobierno que quiere que vayamos como corderitos, con los ojos cerrados, al proceso de vender, en piezas o entera, lo que queda de la AEE?

Lo único que importa ahora es oír la palabra mágica, la palabra que refresca, reconforta, da vida, rejuvenece.

Lo único que importa es que terminemos con algo distinto a una empresa pública que una vez fue orgullo y patrimonio del pueblo, pero que durante las últimas décadas fue solo patrimonio de los partidos Nuevo Progresista (PNP) y Popular Democrático (PPD), que tenían allí feudos privados y repartían como señorones los recursos de todos nosotros, mientras la factura subía, la deuda engordaba, los postes se podrían, los cables cogían moho, las plantas escopeteaban y los camiones se caían en cantos.

Se puede arreglar, dicen, siendo todavía una empresa pública.

Pero para eso habría que arreglar primero el país demente este que elige y reelige y requeteelige a gente capaz de fracasos de magnitud inimaginables, como este de haber llevado a la quiebra a un monopolio natural que vende algo de lo que la gente no podría prescindir ni aunque quisiera.

Es que, de verdad, es para palabras que no podemos escribir en este periódico que es para el disfrute de toda la familia. Antes llegamos a Mercurio que a eso.

Era el plan, dicen, hacerla inservible hasta que la única solución fuera venderla.

Tiene sentido salvo por un detalle, no muy pequeño: hay dudas, muy legítimas, de que la mayoríade los que se han visto encopetados por allá en este país sean capaces de planificar hasta su propio cumpleaños.

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