Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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La pandemia del odio

Tres dimensiones son importantes en la personalidad humana: la racional, emocional y conductual. El más difícil de balancear es el componente emocional. Aunque al nacer solo tenemos capacidad de dos emociones básicas (que en realidad son dos sensaciones primarias e innatas: dolor y placer) el resto de la vida maduramos un vasto repertorio de emociones complejas, complementarias y, en algunos casos, contradictorias. Todas las emociones son procesadas fisiológicamente en el sistema límbico en coordinación con la corteza cerebral donde opera la capacidad de la “toma de decisiones”.

Hay emociones positivas y negativas. Aunque todas son posibles, la salud mental depende del balance para una inteligencia emocional saludable. Las emociones por si solas, independientes e inconexas con la racionalidad, no funcionan bien. Para un buen balance, es necesaria la coordinación adecuada entre sentimientos e ideas. Aisladas, las emociones negativas son destructivas y corroen las positivas. Han sido llamadas “vicios”, “defectos”, “trastornos”, “pecados”, “veneno”, “respuestas tóxicas”, “limitaciones” u “obstáculos”. Ira, coraje, envidia o celos, miedo y odio son ejemplos de emociones dañinas sobre todo cuando se descontrolan o salen de proporción.

En tiempos recientes, el odio ha crecido como pandemia de patología social cristalizándose, peligrosamente, en movimientos generales fundamentados en xenofobia, misoginia, racismo y actitudes basados en discriminación. También aflora en actos individuales de violencia homicida en masacres en iglesias, escuelas, centros de entretenimiento, plazas y lugares de encuentro. Sin embargo, pocas veces se habla del odio como epidemia de salud pública, aunque sean patología social perversa y maligna. Muchas personas injustamente asesinadas por odio podrían estar vivas si existieran mejores proyectos públicos de educación, intervención y detente al odio.

Aunque muchos políticos dicen censurar el odio, sus prácticas discursivas revelan lo contrario. Acaso sea que fomentar el odio es el nuevo estilo de gobernar dividiendo la gente sin que sus gobernantes puedan ser acusados de violación de derechos humanos. Aunque la difusión de mensajes de odio es reprochable, políticos como Trump lo han convertido en la mecha que incendia pasiones. Su ejemplo es copiado por líderes en otras naciones, como en Brasil. Y no crea el cuento de que los políticos, los artistas y figuras públicas no quieren ser modelos ni ejemplos para nadie. Todo el que necesita de seguidores para sostener su poder, o fama, funge de modelo en alguna forma. Parte del proceso de seguirlos conlleva emulación.

Este extraño apego al odio que tanto nos choca no es otra cosa que la revelación del caótico miedo que algunos alimentan sobre el extraño, la diferencia, la convergencia y la diversidad. Es una profunda e irracional inseguridad con “el otro”. El odio se expresa inicialmente con ira injustificada hacia una persona o grupos. Los ataquesvan escalando en agresividad y morbosidad y los detalles comienzan a incluir planes para eliminar o hacer daño al odiado. La soberbia y el autoritarismo van justificando amenazas cada vez más fuertes.

No se puede hablar de paz sin trabajar para erradicar el odio, desprecio, humillación o acoso que tanto se promueve en canciones, actos y discursos. Luchar contra el odio es una empresa de muchos y una obligación de todos. Se necesita aunar esfuerzos de comunidades, gobiernos e instituciones para combatir la Psicología del Terror. Cultivar la empatía y la sensibilidad “al otro” es el proyecto urgente mundial de rescate a la civilidad. El odio genera criminales, depredadores, fanáticos, cobardes y depravados. El odio conduce a la destrucción (Mahatma Gandhi). Lo contrario, que no es amor sino respeto, genera tolerancia, convivencia, diversidad, enriquecimiento, progreso y felicidad.

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