Amarillys Muñoz Colón

Punto de vista

Por Amarillys Muñoz Colón
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La pandemia y el encierro: retos psicosociales

Los padecimientos psicológicos y sociales que se producen en contextos de pandemia están siendo tema de discusión pública. Al presente, muchos traumas y malestares psíquicos son automáticamente adjudicados a la crisis del coronavirus o al distanciamiento impuesto. Conceder que el malestar es normal en contextos de adversidad es, al mismo tiempo, conceder a las diferentes estrategias psíquicas con las que enfrentamos estos contextos y a las formas en que los mismos exacerban nuestras (ya existentes) dificultades psíquicas. 

Comencemos por examinar la indistinción que se ha producido entre distanciamiento físico y distanciamiento social. Históricamente, el distanciamiento físico ha sido una estrategia de sobrevivencia para lidiar con los estragos de pandemias pasadas. Este no es un castigo, ni una arbitrariedad jurídico-política, sino una estrategia que, efectivamente, puede salvar vidas. Al presente, hay un distanciamiento físico, pero no distanciamiento social. El estar repitiendo que estamos distanciados socialmente puede producir desolación e invisibilizar el hecho de que contamos con tecnologías (teléfono, plataformas cibernéticas, textos, chateos, etc.) que viabilizan las relaciones sociales a distancia, posibilitando la comunicación y la expresión de nuestros afectos. La tecnología nos permite asomarnos a un balcón metafórico en el que canalizamos ansiedades y soledades, constituyéndose en una compensación psíquica que alivia el peso del encierro.

Los disloques psíquicos se producen por lo que se juega en el encierro y su repercusión en la economía del deseo. El deseo opera como el corazón mismo de la existencia: es fuerza que no se satisface, que no tiene límite, que se mueve de objeto en objeto como mariposa voluntariosa posándose sobre un interminable y enigmático catálogo de objetos que nos apasionan (deporte, trabajo, amor, baile, junte con los amigos).  

El encierro debido a la pandemia nos confronta con el duelo de la pérdida de esas expresiones rutinarias de nuestro deseo. No poder salir a trabajar, a la escuela, al gimnasio, al cine, a cenar a un restaurant, produce duelo.  Se trata de un duelo por la pérdida de la investidura (de la “vestimenta”) que ponemos en esos objetos y actividades rutinarias. Activar el deseo de manera distinta nos permitiría anclarnos en esta nueva realidad y sobrellevar el momento. 

Asimismo, no poder lidiar presencialmente con las amenazas a la estabilidad y seguridades particulares y colectivas como son las fuentes de ingreso o de empleo puede producir otros disloques psíquicos. Quizás aquellos en mayor vulnerabilidad económica tengan menos sentido de pérdida, no lo sabemos.   

Para otros, el malestar tiene que ver con sentirse atrapados consigo mismos, teniendo que enfrentar síntomas que posiblemente han estado allí por años. Mientras el salir,el estar en movimiento, nos permite tolerar lo que no sabemos de nosotros mismos, el distanciamiento físico puede confrontarnos con nuestras propias tempestades psíquicas. Hay quienes quedan atrapados en contextos tóxicos (violencia de género, por ejemplo) y hay quienes quedan encerrados al cuido de personas que dependen de éstos. 

La pandemia y el encierro nos confrontan con la lucha de la vida que va siendo y de la cual no podemos escaparnos. 

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