Ángel Rodríguez León

Punto de vista

Por Ángel Rodríguez León
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La pandemia y las condiciones del trabajo a distancia

Como sabemos, las medidas de distanciamiento social que se han establecido por la actual pandemia del COVID-19 le han dado un impulso enorme al trabajo remoto. Las tecnologías que facilitan esta modalidad ya existían, pero la mayoría de las personas en Puerto Rico trabajaban en los espacios provistos por sus empleadores para llevar a cabo sus tareas. La disputa entre defensores y detractores del trabajo a distancia se inclina en este momento, claramente, al lado de los primeros y no es difícil pronosticar que, una vez se levanten las medidas de aislamiento, la cantidad de empresas que opten por mantener a sus empleados/as laborando desde sus hogares, crezca.

Cualquier situación nueva requiere de respuestas sociales para las circunstancias que, por su inexistencia o existencia relativamente marginal, no estaban tan sujetas a normas sociales. Aclaro que por normas sociales nos referimos tanto a leyes y políticas organizacionales, como a las pautas de comportamiento social y culturalmente establecidas, aunque no estén escritas en ningún sitio. 

En este contexto, muchas empresas se preocupan por el tema de la supervisión. Oficinas de recursos humanos en todo el mundo están acudiendo a sistemas remotos de registro de asistencia y produciendo formularios en los cuales el/la trabajador/a debe informar las horas dedicadas a su trabajo, así como pidiendo todo tipo de evidencias de labores realizadas.

Parecen estar preocupadas por la posibilidad de estar pagando por un trabajo que no se realiza. La realidad de la mayoría de los/as hoy trabajadores/as remotos/as, es que su tiempo de trabajo se ha ampliado. A través de todo el mundo se reporta ese fenómeno, derivado del imperativo de adiestrarse, a veces de forma autodidacta para realizar de forma remota lo que se hacía en modalidad presencial, y la producción de informes adicionales. En la práctica, una ampliación de horas de trabajo por la misma remuneración es una reducción de salario.

Sin que se haya consignado en ningún sitio, son muchos/as los/as que están trabajando a destajo, o sea, por tareas producidas y no por jornada de trabajo. Ese es el tipo de trabajo que realiza, por ejemplo, un recolector de café al que le pagan cierta cantidad por cada almud recogido. Un mejor paralelismo histórico tal vez sea el de las costureras a domicilio. Estas mujeres puertorriqueñas trabajaban confeccionando piezas de ropa desde sus casas. Cobraban por terminar cierto número de piezas. Si tenían que dedicar todo el día y parte de la noche, además de pedirles ayuda a sus hijos, ese no era asunto de las empresas que las contrataban.

Otra situación a la que se enfrenta el sector de la fuerza laboral que está realizando teletrabajo es que se ve obligado a usar sus propios recursos. Entiéndase computadora, internet, un espacio de su hogar, que probablemente ha tenido que ser habilitado para esos fines. No son pocos los que han optado por adquirir equipo, por ejemplo, una silla de oficina, porque pasar horas consecutivas en una mesa de comedor es, sin duda, un castigo para las espaldas. Se añade la situación de que en muchos hogares puede haber equipos limitados para varias personas conectadas a la vez. ¿Qué deben hacer en una casa donde hay dos adultos trabajando a distancia y dos o tres estudiantes necesitando también el equipo tecnológico? ¿A quién corresponde la compra de nuevos equipos, la contratación de un mejor servicio de internet? En lenguaje tal vez tradicional, los/as trabajadores/as están proporcionando los medios de producción. Y ya no se trata de la maestra que compra crayolas (comportamiento que socialmente se normalizó hace tiempo, aunque no debió haber pasado), sino, en muchos casos, la adquisición de equipo costoso.

El aumento en el desempleo provocado por la pandemia y sus secuelas hace que algunos afirmen que quienes mantienen su empleo deben estar agradecidos. El agradecimiento es sin duda un sentimiento noble y necesario. Pero en este contexto esos argumentos son amenazas, más o menos veladas, contra quienes aspiran, no solo a tener trabajo, sino a tener unas condiciones de trabajo y de vida, al menos como las que tenían antes de la pandemia.

Me gustaría poder decir que este asunto se resolverá a partir de la buena voluntad de todos los sectores involucrados. Pero esa afirmación no resiste el más simple de los análisis históricos o sociales. Como en otros momentos históricos, el resultado tendrá mucho que ver con la correlación de fuerzas y la capacidad de organización. 

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