Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La parábola del fantasma

Como si no tuviéramos más que hacer, y no nos sobraran las tareas vitales, urgentes y graves, como si no viviéramos en un país que se nos está deshaciendo en las manos ante nuestras impotentes y acongojadas miradas, encontramos tiempo para perseguir fantasmas.

Bajamos a sótanos que huelen a encierro, apartamos las telas de araña buscándolo hasta con lámparas y regresamos a la luz con las manos vacías. Penetramos selvas a machetazos, caminamos entre víboras, nos vimos cara a cara con bestias que nos quemaron con su aliento infernal y el fantasma no aparecía. Subimos al pico de la montaña más alta y contemplamos las planicies devastadas, los valles humeantes, la desolación inabarcable para la mirada.

Desde la pendiente, hicimos sonar el cuerno como las tribus nativas de Uganda. Solo el eco, venido en forma de bumerán desde el distante horizonte, respondió. El fantasma no apareció. En algún momento nos parecimos al loco aquel, Juan Ponce de León, buscando la fuente de la juventud. La fuente de la juventud no existía. Las últimas semanas nos han convencido de que el fantasma que anduvimos buscando aquí, el beneficio para la economía de la eliminación de la Ley 80, tampoco existe.

Nos metió en esa aventura sin sentido la Junta de Supervisión Fiscal, empeñada nadie sabe bien por qué, en que se elimine la Ley 80, el estatuto que protege a los trabajadores y trabajadoras de despidos injustificados. La ley no dice que no se puede despedir a un empleado; dice que no se puede despedir por el simple capricho de un patrono, que tiene que haber una causa justa.

Esa causa puede ser que el empleado sea lo que en nuestro singular español llamamos una batata, que los hay, claro, y muchos. Obvio, no puede ser que simplemente se le ponga la etiqueta de batata. Tiene que probarse. A ningún empleador se le puede obligar a seguir dándole trabajo a una batata. Lo que no se puede permitir es que saque al que cumple, no falta sin razón, y hace su trabajo con esmero, calificándolo sin razón de batata, para, por ejemplo, sustituirlo por otro que cobre menos o que sea más bonito.

La Junta dice que, si se le da el derecho al patrono de declarar batata y botar como bolsa al que le dé la gana, pues llueven los empleos aquí como en Singapur. Lo que pasa es que ni la Junta, ni ninguna de las organizaciones empresariales que apoya la idea, ni el par de economistas que se prestaron a la persecución del fantasma, pudieron probar de ninguna manera que tal alegación tuviera una pizca de base.

Aquí sabemos lo que es legislar a ciegas. Es más, podría decirse que lo inventamos. Somos expertos creando leyes, agencias, iniciativas y proyectos porque alguien cree que pueda tener tal o cual beneficio, pero sin estudiarlo, ni muchos menos probarlo. Llevamos décadas haciéndolo. Las paredes de mármol del Capitolio y de La Fortaleza están empedradas de iniciativas que iban a ser lo que nunca fueron, porque no se estudiaron. Hay en este país un cementerio de proyectos herrumbrosos de los que alguna vez se nos dijo que nos iban a llevar a donde emana leche y miel.

No pocas veces, la razón detrás de tales disparates era beneficiar a alguien muy de carne y muy de hueso, no ningún fantasma. Pero eso es tema para otro momento. En este, vamos a darles el pésame a los que creían que la Junta era, ustedes saben, la mano de Dios barbudo; la gracia del santo bajada del cielo que venía a enseñarnos a gobernarnos a nosotros los salvajes, a acabar con las prácticas que nos trajeron a la ruina y abrirnos la ruta hacia el progreso y la modernidad.

Tamaña sorpresa se llevaron algunos al ver a la Junta actuando igualito que los políticos a los que dice supervisar y sobre los que, a la menor provocación, proclama superioridad, queriendo traquetear con algo tan fundamental, tan central en la vida de un ser humano, como lo es la seguridad de empleo si uno es responsable y comprometido en su trabajo, sin nada que probara los beneficios que se dice podía tener.

Pero más grande todavía fue ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar para eso. Vean: la Junta viene dizque a cuadrar presupuesto. Estará encima de nosotros como una enredadera hasta que cuadremos cuatro presupuestos corridos y podamos estar cogiendo prestado otra vez. Pues resulta que con este empeño contra la Ley 80 accedió a que se aumentara el próximo presupuesto y hasta le tiró un cascajito a La Fortaleza y a la Legislatura, para ayudar a convencerlos de lo bueno que es eliminarla.

El gobernador Ricardo Rosselló aceptó la oferta tremendamente entusiasmado. Pero la medida no logró los votos en la Legislatura. En el Senado aprobaron una versión que no era del agrado de la Junta, haciendo que la eliminación fuera prospectiva. En la Cámara tuvieron el atrevimiento de plantear que el gobierno reuniera $100 millones, dinero que no tiene, para pagar las compensaciones de los que fueran despedidos injustamente en la empresa privada.

Ninguno de esos dos embelecos se concretó. No hubo manera de convencer a la mayoría de los legisladores de que dejaron así en la intemperie a cerca de 800,000 trabajadores de la empresa privada. El presidente de la Junta, José Carrión III, dijo la semana pasada que, al no eliminarse la ley, hay que cortarle $300 millones al presupuesto en los próximos cinco años. Está en peligro, dicen, el bono de Navidad de los empleados públicos, el mismo espantapájaros, recuerden, que llevan tiempo ya agitando cada vez que la cosa se complica.

Y, mientras la Junta perseguía el fantasma y se entretenía atentando contra la seguridad de empleo de los buenos trabajadores de la empresa privada, seguían las fiestas de contratos en agencias como la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) y el Senado; la Comisión Estatal de Elecciones (CEE) continuaba obsequiándonos su seguidilla de escándalos de $30 millones al año; la vieja y vetusta estructura del gobierno se mantenía igual que antes de que hubiera tutelaje; la administración sigue pujando y tropezando con las “agencias sombrillas” y el “empleador único”, y sigue reinando la ineficiencia, la mediocridad y la ausencia de rendición de cuentas en todo lo que huela al sector público.

Algunos somos lo suficientemente viejos como para recordar cuando nos decían que la Junta venía a arreglar esos problemas. Eso también, al parecer, resultó ser una parábola.

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