Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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La Pascua de Resurrección

La palabra “resurrección” es sonora, rotunda. Se confunde frecuentemente con “recuperación”, acción tan necesaria para un pueblo destruido como el nuestro. Pero resucitar implica mucho más que recuperar un estado anterior de cosas; implica despertar a una nueva forma de vida que supera la anterior. Implica una transformación que no es solo material.

La resurrección que celebramos el primer domingo de abril se refiere a esa transformación que constituye el evento central de la vida del cristiano. “Si Cristo no ha resucitado”, dice san Pablo, “vana es nuestra fe”. Pero el efecto clave de esa resurrección no fue recuperar la vida, sino mostrarnos otra manera de vivirla. El cauce que en la historia se abrió a partir de ese evento creó una nueva dimensión de la existencia, una transformación profunda del alcance de lo individual y lo colectivo. Estableció “la nueva tierra y el nuevo cielo” que ya no son dos realidades separadas sino una. Sin “ahora” y “después”, ni “aquí” y “allá”, el reino está entre nosotros. En el Padre Nuestro pedimos que se actualice en nuestras vidas.

Las implicaciones son extraordinarias. Las divisiones tradicionales entre materia y espíritu, alma y cuerpo quedan superadas. La salvación contempla la totalidad del individuo unido inextricablemente a su entorno social y ecológico.

Hemos pensado mal las religiones. Las hemos forjado a nuestra imagen y semejanza, usando históricamente el vínculo con Dios como una garantía de la permanencia de costumbres que juzgamos “buenas” o “correctas”. Tales categorías son medidas según las cuales emitimos juicios de aceptación o rechazo, juicios que en momentos aciagos han tenido consecuencias terribles para quienes han caído fuera de los parámetros de lo aceptable. La “justicia” humana -siempre en manos de los poderosos- ha sido responsable de grandes crímenes al interpretar los mandatos divinos. Nada más lejos del clima de la Resurrección, que elimina toda distinción entre los seres humanos: “ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer”, escribió Pablo. Tampoco, pensamos, “pecadores” y justos”, categorías que no está en nuestras manos imponer, como no lo está hacer excepciones a la inclusividad en la vida plena, solidaria, descubierta por la Resurrección.

Hemos equivocado también los énfasis: la religión -las religiones- en vez de instrumentos usados como garantía de la rectitud (o falta de ella) del pensamiento y el comportamiento humanos, son -deberían ser- la consciencia de un mundo espiritual, de un misterio con el que estamos de alguna manera vinculados. Son instrumentos para iluminar una manera de pensar y de vivir que supera lo pequeño, lo individual y lo “lógico” para abrirse a otras posibilidades de conocimiento y a relaciones que van más allá de los afectos naturales.

El acceso al reino que ya está entre nosotros depende de la comprensión y la vigencia de valores que superan los meramente naturales. Depende de apreciar la pobreza no porque sea carencia sino porque niega la arrogancia; lo pacífico porque se opone a la agresión y el sufrimiento porque contrarresta la autosuficiencia, como señalaba un gran pensador cristiano, Romano Guardini. Son caminos, estos, que nos hacen no solo conscientes de los demás, sino solidarios con ellos, estableciendo así una comunidad necesaria.

“Revolución” es una palabra tan contundente como “Resurrección”. No hay otra mejor para describir el cambio de vida que obran las nuevas perspectivas abiertas por la resurrección de Cristo. La promesa de plenitud no se cumplirá en un futuro y un lugar determinado sino aquí y ahora, en cada una de nuestras existencias, en el compromiso con una visión que nos conduce hacia el Misterio y que transforma nuestra mente, nuestra sensibilidad y nuestro entorno.

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