Benigno Trigo

Punto de vista

Por Benigno Trigo
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La pena de morir

La visita del Papa Francisco al Japón este fin de semana vuelve a llamar la atención sobre el problema de la pena de muerte. El año pasado, la Iglesia Católica anunció que la pena de muerte es inadmisible por ser un ataque a la inviolabilidad y a la dignidad de la persona, y se espera que el Papa Francisco pida al primer ministro japonés, Shinzo Abe, que se reconsidere la pena de muerte en ese país.

La visita tiene repercusiones tanto para los Estados Unidos como para Puerto Rico, donde la pena de muerte hoy es motivo de controversia política y legal. Como se sabe, la pregunta es ¿cómo reconciliar la voluntad del pueblo puertorriqueño que abolió la pena de muerte en 1929 con la voluntad del pueblo norteamericano que practica la pena de muerte desde la colonia?

Pero la visita del Papa Francisco también me lleva a preguntarme cuál es el significado de la pena de muerte más allá de esa controversia política y legal. ¿Por qué persistimos en practicar la pena de muerte a pesar de ser un ataque a la inviolabilidad y a la dignidad de la persona?

La pregunta me recuerda un cuadro del Museo de Arte de Ponce: “San Francisco en meditación con el hermano León”. El Greco lo pintó en 1605, tres años antes de la primera ejecución en las colonias inglesas: la muerte de un capitán acusado de ser un espía español en Jamestown, Virginia, en 1608.

El lienzo representa a San Francisco dentro de una cueva, arrodillado sobre una piedra, contemplando una calavera. El centro del cuadro es la línea fina y casi invisible que separa el borde de la calavera de la mano de San Francisco. Es el pincelazo que corta la mano cálida, sensual y amorosa de San Francisco, separándola de la huesa fría, pesada y decapitada, pero también sirviendo de contacto con ella.

El significado del cuadro podría ser ese corte inescapable, esa herida esencial y original, a la vez dolorosa y vital, que se expande del centro del cuadro hasta cubrir todo el cuerpo del santo (y del Hermano León) con un vestido mortificante, símbolo de sacrificio y penitencia. Desde esta perspectiva, el cuadro sugiere que hay una relación estrecha entre la pena o la angustia de morir (el corte de la mano de San Francisco) y la pena de muerte (la cabeza anónima decapitada).

Cuando el Papa Francisco invita a Iwao Hakamada, condenado a muerte hace cincuenta años, a participar en la Santa Misa, repite la invitación del cuadro de El Greco. Un extranjero, como El Papa en Japón, El Greco invita a todo testigo del cuadro a pensar que el origen del sacrificio, inclusive la pena de muerte de nuestro ser más amado está en nuestra angustia ante nuestra vulnerabilidad.

Acaso la pena de muerte sea la última defensa ante nuestra pena de morir: nuestro ataque contra personas que no son sino un reflejo de nosotros mismos. Ecce Homo.

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sábado, 2 de noviembre de 2019

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