Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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La política del garrote revivida en Puerto Rico

Ateridos de frío, pero menguándolo con sus gabanes de marca (ellos) y sus suits a la última moda (ellas), la prepotente casta de procónsules modernos constituidos en la colonial Junta de Control Fiscal sobre Puerto Rico, reunidos en un fabuloso hotel del este de la ínsula barataria, decidieron, de manera cruel y perversa, quitarles dos días de trabajo y sueldo a los empleados públicos del territorio que controlan. Ya habían ahondado en su villanía, al proponer acabar con la asistencia social, federal e insular, que reciben nuestras familias de escasos o ningunos recursos económicos. Dijeron, dizque para ponerlos a trabajar. Pero, ¡cuánta ironía!, mandarlos a un mercado de empleos que ellos mismos están cerrando poco a poco.

Desde luego, para los siete sin votos pero con poder colonial, el asunto es fácil. A ellos les dieron la manzana pelada y la chiringa volando. Jamás han visto a sus padres haciendo fila frente a la ventanilla del desempleo o inventando malabares quincenalmente para pagar hoy la luz y dejar lo del agua para la otra quincena. Ninguno ha sufrido la ausencia de la medicina urgente por falta de dinero o carencia de un plan médico.

La insensibilidad –además del absurdo– que se trasluce de esa decisión tiene mucho que ver con el burdo coloniaje imperante en virtud (¿se puede decir, “desvirtud”?) del sistema colonial imperante, que permite que una partida de individuos que no ha recibido un solo voto tenga los bemoles de querer anular el poder electoral y constitucional de funcionarios elegidos, incluyendo al gobernador.

Cuando observamos la foto de los siete sin voto, pero con poder colonial –sus gestos tan moderados, la finura de su voz–, nos recordamos de la política del Gran Garrote establecida por el presidente Theodore Roosevelt en los albores del siglo XX. Era su dictum diplomático: “habla suavemente pero carga con un gran garrote; así llegarán lejos”, lo que, para beneficio de la señora Natalie Jaresko ($600,000 anuales y ninguna rebajita), traducido al inglés dice: “speak softly and carry a big stick, and yo will go far”.

Además de ruin, la propuesta de los siete sin voto no resiste un solo argumento desde el punto de vista fiscal, sino que, todo lo contrario, provocaría el más severo caos económico y social en todos los sectores de la isla – acaso menos en el suyo, que no está aquí, claro está. Como acaba de puntualizar el presidente de la Cámara de Representantes, Carlos (Johnny) Méndez, “no existe ninguna razón justa, lógica o real para que nos den otro golpe… no existe ningún argumento para reducir horas o beneficios”. La comisionada residente, Jenniffer González, también fue al punto: “la Junta debe honrar el plan que aprobó y en lugar de entorpecer el desarrollo de la isla, colaborar directamente a su estabilidad económica consensualmente”.

Al momento en que redacto estas líneas, el gobernador Ricardo Rosselló se preparaba para responder a este reciente atentado a las mujeres y hombres de Puerto Rico que se levantan todos los días a trabajar para echar adelante una familia. No albergo duda alguna que hará respetar al pueblo y el pueblo lo respaldará en este punto sobre las íes que es preciso colocar ya mismo en la más indeleble de las tintas.

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