Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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La política mala

¡Maldita sea la política!, dicen algunos cuando su decepción con los procesos políticos llega a su máximo. Aristóteles, en la antigua Grecia, tenía la intención de fundamentar los principios de la buena administración del poder cuando hizo la obra que tituló Política. No dudo que el filósofo griego también maldeciría lo que ahora experimentamos a diario como política. No creo en las generalizaciones, y decir que todos los políticos son malos no me parece justo, pero, de que los malos son muchos y que por lo general tienen el control y el poder para evitar que los buenos hagan su labor, no me cabe duda.

Los artífices de la política mala utilizan los miedos y resentimientos de las personas con limitada capacidad de pensamiento crítico para manipularlos, moverlos a votar y que avalen de esa forma sus propósitos, que usualmente tienen como telón de fondo los intereses económicos o ideológicos de estos políticos. Las elecciones de medio término celebradas recientemente en los Estados Unidos son un buen ejemplo de ello. Donald Trump ha sabido aprovechar que, debido a las políticas neoliberales y a la globalización, se ha acentuado la fractura de la sociedad estadounidense. Los marginados son muchos, sobre todo en los estados distantes de las grandes ciudades como Nueva York y Los Ángeles. El magnate de los bienes raíces y de los reality shows de televisión logró que sus votantes sintieran miedo a “esos emigrantes que vienen a invadirnos y a quitarnos los empleos y, eventualmente a quedarse con el poder de nuestra nación”. Y así logra sus votos.

El miedo es una de las emociones negativas más poderosas que puede experimentar un ser humano. En aras de calmar ese miedo la persona se rinde a los caprichos de aquel que se pinta como su salvador. En Puerto Rico, la prédica independentista ha chocado con el muro de un miedo ancestral al abandono del poder imperial inculcado cuando nuestro pueblo vivía en la más abyecta miseria en la década del treinta. Al miedo al abandono se le sumó el temor a ser criminalizado cuando se impuso la Ley de la Mordaza en 1948. Ahora, nuestro país está quebrado, los problemas sociales nos asfixian, la brecha de desigualdad se agranda y muchas de esas repúblicas cercanas, que la política mala usaba para meternos miedo, experimentan un sostenible crecimiento económico y es hacia ellas que muchos empresarios puertorriqueños emigran para tener negocios más prósperos. Pero la política mala sigue sembrando la desinformación.

La buena política, esa que pone el pueblo y sus intereses en prioridad, parece ser cosa del pasado. Es como resultado de la política mala que en la Casa de las Leyes se acoge a ex alcaldes que quebraron sus municipios o tuvieron que renunciar por serios problemas de índole moral, para que sean asesores y gocen de altos salarios. Es allí donde hay despreocupación por el retiro de los maestros, pero intentan asegurarle un retiro a los alcaldes; es allí donde se le niega al pueblo vistas públicas cuando se discute nada más y nada menos que el acuerdo de pago de la deuda con los Bonistas de Cofina, acuerdo que podría llevarnos nuevamente al impago en menos de una década y que a su vez amarraría el destino económico de nuestro pueblo por los próximos cuarenta años.

La política mala no responde al raciocinio, pues de qué otra forma se puede entender que mientras las masacres aterrorizan a los estadounidenses que claman a gritos por un mayor control de las armas, en ese Senado se apruebe una ley que quita controles a la venta de armas y facilita la adquisición de éstas.

La lista de ejemplos recientes es interminable. La política mala también es cómplice de expulsar de nuestro país a miles de boricuas desesperanzados. Hay que combatir esa política mala con las herramientas que cada cual sepa usar. La desafiliación es una. ¿La mía?, la palabra y la sátira.

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