José A. Hernández Mayoral

Punto de vista

Por José A. Hernández Mayoral
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La prensa escrita

Hace como un año decidí que iba a leer las noticias una vez al día nada más y solo lo que se publicara en las ediciones impresas de los periódicos. Quise quitarme la manía de estos tiempos de sacar el teléfono a cada momento para leer notificaciones instantáneas, la mayoría de poca importancia y prácticamente ninguna que fuese necesaria saber al momento. La tecnología facilita la inmediatez, pero en el caso de noticias, es más estorbo que una utilidad.

En esto de rechazar la intromisión que ofrece la tecnología quizá soy un anticuado. Cuando se comenzó a instalar la red telefónica en San Juan en 1897 se expresó en los periódicos el horror de que una persona desde su casa pudiese a su antojo hacer sonar un timbre dentro de la casa de otro. Pero resultó más útil tener teléfono que no tenerlo y al cabo del tiempo todo el mundo se acostumbró. Excepto mi abuelo paterno que descolgaba el teléfono de su casa todas las noches a las siete.

Mi decisión por supuesto quiere decir que tampoco sigo el día a día en Twitter. Abrí una cuenta cuando leí de una gente que mandaba notificaciones de la segunda guerra mundial como si fuera en tiempo real. Es decir, si los seguías te llegaban notificaciones de lo que aconteció en la guerra en el orden y con la separación de tiempo en que fue ocurriendo entonces. Al principio me pareció un experimento fascinante, pero al cabo de varios días me empezó a fastidiar que mientras yo estuviese concentrado con algún escrito importante en mi oficina, me interrumpieran para decirme que los alemanes estaban invadiendo Checoslovaquia. Esto a la larga, pensé, le va a salir mal a los alemanes.

Mis amigos políticos, que tengo varios, se la pasan pegados a Twitter obcecados con lo que por ahí se dice de ellos y de otros. Puedo entender que a personas cuyo trabajo se cotiza en opinión pública les preocupe lo que se diga públicamente, pero cada cosa en su lugar. Tiene importancia la opinión de alguien de peso que merezca nuestro respeto, y los hay en Twitter, pero son muy pocos; en general esa plataforma se ha convertido mundialmente en un colectivo de gente agriada.

En mi caso, Twitter me resulta un medio de bajo rendimiento. Si para encontrar algo interesante es necesario enterarme en qué panadería desayunó un político o que al periodista le gusta el béisbol, no me vale la pena.

Las ediciones impresas, que no leo en papel sino en iPad, tienen la ventaja que las monta un editor y tienen un número limitado de páginas. Algún profesional de mi gusto separó las noticias importantes que caben en la edición y les dio rango de primera plana o de segunda. En consecuencia, leer una edición impresa lo siento como un acto completo de cada día. A diferencia del infinito de la edición digital que me deja un sabor de haber desperdiciado tiempo y a la vez de que quizá no vi algo importante. 

Un año más tarde, concluyo que vivo mejor así. Enrealidad, no me pierdo nada, pues cuando ocurre alguna noticia memorable durante el día, me entero como quiera y de una manera mejor. Se me acerca alguien y me dice: “¿Te enteraste de que Evelyn Vázquez levantaba cadáveres cuando el huracán María?” La noticia llega con carácter compartido, me contagio con la satisfacción de quien me la cuenta y me pongo a imaginar la gesta heroica de la senadora removiendo escombros para retraer los cuerpos inertes que luego apilaban y olvidaban en medicina forense.


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