Vivian Rodríguez del Toro

Punto de vista

Por Vivian Rodríguez del Toro
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La prepotencia contra las mujeres


¿Cómo podemos tratar de explicar, comprender y analizar las manifestaciones machistas y la violencia asociada que observamos en nuestro entorno social?  El diccionario define el machismo como “una actitud o manera de pensar de quien sostiene que el hombre es por naturaleza superior a la mujer.” Se trata de una ideología de la masculinidad que ha sido construida y perpetuada social y culturalmente. Como resultado de esta visión, a muchos hombres se les sigue criando y educando con privilegios, ventajas e intereses favorecidos sobre las mujeres, en su entorno familiar, comunitario, escolar, laboral y en el ámbito público social.  

A pesar de los grandes cambios y logros que debemos reconocer en pro de los derechos de las mujeres y de una sociedad más justa y equitativa entre los géneros, es innegable que esa equidad es todavía un sueño inalcanzado.  

Son muchos los ejemplos de la supremacía masculina:  en los espacios de poder, en las inequidades salariales, mayor representación masculina en las estructuras jerárquicas organizacionales y empresariales, a pesar de que las mujeres siguen educándose más y obteniendo mayores honores, premios y becas por excelencia académica y laboral.  

La violencia desmedida de parte de hombres hacia mujeres, en los diversos ámbitos sociales, no solo en las relaciones de pareja y familia, son una clara manifestación del machismo rampante que impera en las mentes y conducta de muchos hombres. Homicidios de parte de un hombre porque otro “se atrevió” a mirar, bailar o hasta hablar con su pareja; matar a una mujer a mansalva por una discusión trivial, quemar a la expareja mujer “porque ya no quiere volver” con él, son algunos ejemplos de las formas más extremas de la violencia machista.  

Se trata de una actitud de prepotencia, deseo de controlar y ejercer el poder sobre aquella persona, frecuentemente una mujer u hombre de la comunidad LGBTTQ (a quien el machista le adscribe debilidad y características “femeninas”).  Estas actitudes que enmarcan al machista y promueven la violencia no se pueden excusar como producto de la naturaleza humana, “los hombres son violentos por naturaleza” “no pueden controlar sus emociones” actuó bajo dominio de sus impulsos” y otras falsas justificaciones. 

La responsabilidad personal sobre nuestros actos y acciones no puede justificarse con la genética o biología, aunque estos sean factores relevantes. Tampoco se puede culpar o responsabilizar totalmente a la crianza o familia por los actos violentos de sus miembros, aunque se trata también de factores asociados a la conducta. Muy bien sabemos que de padres/madres y familias amorosas y protectoras han salido criminales y de hogares donde hay violencia y criminalidad salen personas buenas, honestas, responsables y pacíficas.   

Hay que dejar de justificar la violencia y la agresión con discursos que perpetúan la visión equivocada de la masculinidad hegemónica como un asunto de la esencia humana.  Se trata de un aprendizaje social y cultural que siguen perpetuando los mismos grupos sociales que se privilegian del poder machista (muchos políticos, fundamentalistas religiosos y personas poderosas que temen perder su lugar privilegiado).  

Es vergonzoso que llevamos décadas luchando por la inclusión de la discusión sobre estos temas en el currículo escolar. La lucha campal en contra de la educación de género es el más claro ejemplo de la lucha para mantener el machismo hegemónico en nuestra sociedad. Las víctimas de esta falta de responsabilidad y compromiso de legisladores/as de atender esta necesidad de educación y prevención somos todos y todas, especialmente las generaciones de jóvenes que siguen creciendo, manifestando y sufriendo las repercusiones de la violencia machista en todas sus dimensiones. 


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