Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La primera conquista digital de la historia

Lo que Puerto Rico ha experimentado en sus relaciones coloniales, primero con España y luego con Estados Unidos, fue la pérdida de las oportunidades para desarrollarse. Los intereses de otros han primado siempre sobre los propios y en toda época los cortos periodos de transformación han sido salpicaduras locales de un esquema mayor que benefició a los intereses de las metrópolis. Los años del situado mexicano, el auge decimonónico del café, la conversión de la isla en un enorme sistema de cañaverales, de farmacéuticas o de cadenas comerciales y megatiendas nunca se ha distanciado de esta lógica. Para asegurar el control del plan maestro, tardíamente en el periodo español y en una buena parte del estadounidense, solamente se les ha permitido a los puertorriqueños simulacros de autonomía y poder.

El resultado de este cóctel nefasto es lo que tenemos ante la vista. Pueblos y ciudades en ruinas con millares de casas y negocios abandonados, índices mayoritarios de pobreza, precarización creciente de la situación económica en todos los sectores sociales excepto el de los potentados, pérdida de derechos laborales, saqueo y desaparición de los fondos de pensiones, deterioro y simultáneamente encarecimiento de la educación, exilio de cientos de miles de ciudadanos, corrupción generalizada en el gobierno luego de que este diseñara un sistema de impunidad apuntalado por la complicidad de los partidos políticos principales. A este panorama tenebroso se añade una deuda estatal impagable que se permite que se calcule “a ojo”, sin auditar, y que aparentemente podría ascender a 120,000 millones de dólares.

Bajo todo punto de vista, la experiencia colonial puertorriqueña no es solamente un fracaso, sino que ha llegado a convertirse en catástrofe. Las circunstancias descritas ya no se compensan con la modernización del país realizada a partir de intereses económicos foráneos en la segunda mitad del siglo pasado. Los índices de pobreza se encaminan a equipararse con los de 1930 y la emigración de los últimos lustros supera cualquier registro anterior. Salvo la que se concentra en un puñado de centros comerciales (y aun este es fundamentalmente la generada por grandes cadenas venidas del norte) la labor de los negociantes ha desaparecido. Estaciones de televisión y radio e incluso medios de prensa escrita son propiedad de extranjeros. Los empresarios puertorriqueños liquidan sus negocios o se “rediseñan” como intermediarios. Casi todos, de ricos a pobres, han visto esfumarse las oportunidades de desarrollo.

El virus de la negación es epidémico, pero si se toma el antibiótico de las cifras y los datos y, sobre todo, el de abrir los ojos y observar cómo vivimos, resulta imposible seguir esperando lo que no vendrá o esperando alguna dádiva final del fantasma de lo que nunca estuvo. Quizá nos empeñamos aún en la ceguera, pero los que siempre han dominado y determinado nuestros límites y obstáculos para el desarrollo, definitivamente no son ciegos. Sus estrategias y planes casi siempre han funcionado y desde hace casi tres años, al idear Promesa, establecieron el usufructo de una larga porción de nuestro futuro.

La Junta de Control Fiscal mantendrá su poder mientras en Puerto Rico no se den consecutivamente al menos cuatro presupuestos balanceados. Dadas las condiciones del país anteriormente descritas, esto equivaldría a exigirle a un atleta con muy desventajadas condiciones de entrenamiento, a que gane la medalla de oro en cuatro Olimpiadas consecutivas. Los cuatro presupuestos balanceados en ristra en condiciones mucho más favorables no serían nunca fáciles de lograr, al igual que es rarísimo que un equipo gane cuatro campeonatos corridos.

Mediante la imposición de Promesa, el Congreso estadounidense estableció un nuevo estatus político para Puerto Rico. No hubo plebiscito alguno. La acción fue unilateral. Promesa, como toda fórmula política sui generis (pensemos por ejemplo en el ELA) se crea para que esté en funciones por un periodo indefinido. En este sentido, Promesa es una Ley Jones o un ELA puesto al día para, al igual que en otras épocas, hacer más eficiente la extracción de beneficios.

Los jerarcas del bipartidismo: Rosselló, Rivera Schatz, Méndez o los inciertos candidatos de la otra facción con serios problemas de carburación, podrán realizar sus pantomimas de enfrentamientos y escaramuzas con la Junta, pero lo cierto es que nada de lo que hacen tiene consecuencias efectivas. Seguramente saben ellos también, que sin una ruptura con el pasado que no están dispuestos a hacer, Promesa no será un ave de paso sino una especie depredadora que se ha apropiado de un nuevo hábitat.

¿Es Promesa un fracaso? Superficialmente, a tres años de su imposición ninguno de sus propósitos manifiestos se ha logrado. Sin embargo, quizá lo manifiesto no era lo que realmente se pretendía por sus diseñadores. Promesa proveerá una camisa de fuerza, un estado de excepción indefinido a la sociedad puertorriqueña. Agotada la caña, descartadas las bases militares y superada la Guerra Fría, agotado el proyecto de modernización del país, quedan sus consecuencias o, lo que es lo mismo, las ruinas y la deuda. De éstas justamente es que se gestará la nueva riqueza.

Promesa es el nuevo estatus político impuesto a Puerto Rico para el siglo XXI. Su diseño sigue el mismo método por el que se hacía trabajar a un picador de caña indefinidamente sin que nunca llegara a saldar sus deudas con la tienda en la central. Es otra trampa, como antes fueron trampas las leyes Foraker y Jones y el ELA. Genera un estado extravagante sin término, un estado de excepción institucionalizado que inmoviliza todo lo que queda al interior a la vez que agiliza toda intención que provenga del exterior. Si algo se puede decir de Promesa es que es el rediseño, la “reinvención” de una conquista. Esta vez sin barcos ni aviones, sin ejércitos, con nada más que un selecto grupo

de cómplices locales, no se toma la tierra porque esto aconteció hace más de un siglo, pero se nos despoja del futuro. Sin control del agua ni el aire ni el territorio, ahora Promesa ha arrebatado a los puertorriqueños el tiempo.

Juan Ponce de León-General Miles-Promesa. Ya no hay desembarcos ni traiciones, sino pantallas con videoconferencias. Como los indígenas de hace siglos y los criollos del 98 no nos hemos dado cuenta todavía de lo que ha ocurrido. Somos las víctimas de la primera conquista digital de la historia.

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