Fernando B. Felices Sánchez

Punto de Vista

Por Fernando B. Felices Sánchez
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La privatización de la fe

En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió la celebración de los misterios cristianos dominicales. Un presbítero, San Saturnino, y 48 hombres, mujeres y niños fueron apresados mientras asistían a la Misa dominical que él presidía en una casa de la ciudad de Abitinia (Túnez). Conducidos al procónsul Anulino para dar cuenta de la violación de dicho edicto, fueron torturados para que confesaran su delito. Cuando le tocó el turno a Hilarión, un niño de 4 años, éste admitió ser cristiano y que había ido a la Misa de su propia voluntad sin que nadie lo obligara. Y esta fue la respuesta de todos: “sine dominico non possumus”. “Sin celebrar la Eucaristía dominical no podemos vivir”. Todos murieron mártires. 

En este tiempo de la pandemia del COVID-19, gobiernos en todo el mundo, legítimamente preocupados por la salud de los ciudadanos, han tomado medidas preventivas radicales, ordenando una cuarentena que cada vez parece ser más prolongada. En su obligación de velar por el bien común, los servidores públicos han tomado estas medidas de confinamiento, antipáticas para muchos y para los que no estamos acostumbrados, causantes de ansiedad. 

Nuestros gobernantes, sin embargo, han hecho una importante y sensata excepción a estas medidas draconianas. Han indicado que ciertos oficios o servicios son esenciales para el bienestar de todos y estos pueden llevarse a cabo con las debidas preocupaciones. Pero, sin consultar a los creyentes (que son parte importante de la ciudadanía, con derechos constitucionales no sólo de tener creencias religiosas sino de practicarlas), no incluyeron a las iglesias, sinagogas y mezquitas de dicha exención. 

He ahí mi preocupación e indignación. De un plumazo, sin consultar a ningún ciudadano religioso, sin la queja de ningún obispo, el Estado ha definido unilateralmente que los servicios religiosos presenciales no son esenciales. Se ha privatizado la fe y se ha privado a los fieles del derecho de congregarse. En síntesis, lo religioso es menos importante que ir al banco o comprar algo. 

El culto católico, por ejemplo, no es meramente entre el alma y Dios. Es sacramental, presencial y participativo. La Misa, por ejemplo, no está completa sin la posibilidad de la comunión. La confesión y la unción no se pueden dispensar telemáticamente, tienen que ser presenciales. La alimentación eucarística, la sanación de la confesión y la unción han sido prohibidas. 

Las mismas medidas cautelares y prudentes que se toman en colmados o farmacias, bancos o aviones, se pueden fácilmente adoptar en una iglesia sin la necesidad de agrupar personas, pero permitiendo la recepción de la Eucaristía y la confesión con la debida distancia. Más de 10 personas caben sin imprudencias en un templo que puede albergar 300 fieles… 

Con frecuencia, cuando la discusión pública toca asuntos intrínsecos a la vida y la dignidad humana donde el pensamiento religioso pudiera contribuir a la toma de decisiones, no falta quien invoque la mal entendida separación entre la iglesia y el estado para excluir lo que pueda aportarse. 

En esta ocasión, sin embargo, nadie ha cuestionado si lo hecho por el estado constituye o no un exceso de la ley que violenta los derechos religiosos.

El domingo de Pascua se acerca. Fue el domingo que inició el día del Señor (dies Domini), de donde viene la misma palabra domingo. Los verdaderos cristianos no podemos vivir sin el domingo. Santos Saturnino e Hilarión, rueguen por nosotros en este tiempo de testimonio. 


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