Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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La promesa vacía del seguro universal

En las redacciones de los periódicos llevamos años leyendo las bases programáticas de los partidos políticos, y casi todos incluyen la promesa de un seguro universal de salud, que quiere decir que todos los ciudadanos del país tengan acceso gratuito, o mediante una aportación proporcional a su salario, a los servicios que ofrece el Estado.

Fíjense que todos los políticos juran que establecerán un seguro universal de salud y un pagador único para sacarnos de encima a las aseguradoras, que es verdad que son las grandes chupacabras del sistema actual. Al final todo se hace sal y agua.

En los programas de los candidatos, y en las promesas de los que aún no lo son pero se desviven por serlo, suena fantástico decir lo del seguro de salud universal. La cosa queda en un parrafito y nadie, absolutamente nadie, explica de dónde saldrán los fondos para hacerlo posible. Sé que hubo algo parecido en los primeros años de la década del setenta, cuando la medicina no era tan sofisticada y el nivel de vida y dependencia era otro.

Apenas el pasado viernes, el Secretario de Salud, Rafael Rodríguez Mercado, enumeraba las tres opciones que están sobre la mesa para que la llamada Reforma, que da cobertura a 1.2 millones de seres humanos en la isla, no quede inoperante en los próximos cinco meses. Las tres opciones no tienen otro norte, otro asidero, que el Congreso y la Casa Blanca.

Por un lado, se está luchando para que se apruebe una asignación federal por cinco años. En su defecto, se solicita una especie de parcho que duraría un año, a cuenta de la extensión de los fondos recibidos a través de la Ley federal de Presupuesto Bipartita. La tercera opción, en un caso ya desesperado, sería un aumento en el pareo de fondos entre el gobierno federal y estatal.

Un plan de seguro universal, diseñado para que tengan acceso a los servicios médicos todas aquellas personas que no tienen con qué costear un plan privado, no se logra sacando la varita mágica y escribiendo la frase en un panfleto, sin elaborar ni profundizar. Los países que han logrado esto, entre los que está Chile, Cuba, Kuwait, Singapur y apenas un puñado más, han tenido que transformar las cosas mucho más allá del ámbito de los servicios sanitarios. Han tenido que ocuparse de los temas vinculados a la realidad laboral, a la distribución de la riqueza, y también, cómo no, al aspecto educativo, ya que ningún médico que culmina su carrera en una universidad del Estado, puede sacurdirse así como así la responsabilidad de ejercer una labor social en el lugar donde tanto se ha invertido en ellos.

En Singapur, y perdonen por volver a citar a Singapur, hay varios métodos para garantizar la universalidad de la cobertura médica, y lo han logrado, pero por lo menos en uno de ellos, se requiere un estudio de la situación financiera del paciente.

Hay otro método que es obligatorio, y que dispone que cada individuo o familia tenga un fondo privado que pueda cubrir hospitalizaciones o cirugías. Esta estructura se compone de aportes obligatorios que hacen los trabajadores o las empresas en las que trabajan (a modo de retención o complemento salarial). Claro, en Singapur más del 80 por ciento de la fuerza laboral está activa, trabaja todo el mundo y es fácil levantar un capital que respalde los servicios con el aporte obligatorio de millones de ellos.

Irlanda, con todo lo que se dice, no tiene propiamente un plan de salud universal. Los privados son carísimos, prohibitivos. Lo que pasa es que, como hay más puestos de trabajo que gente buscando empleo, la mayoría de las multinacionaes afincadas allí, ofrecen el beneficio de unos planes médicos extraordinarios, para que sus trabajadores lo piensen dos veces antes de irse con la competencia.

Cuando se habla de pagador único, yo espero que nadie se refiera a una nueva dependencia gubernamental que, si bien nos ahorrará las enormes comisiones que se llevan los intermediarios, seguro que resbalará en los vicios burocráticos y los derroches de siempre. ¿Cómo una dependencia del gobierno puede pagar más de $500 por empleado para el plan médico, cuando los que hemos costeado por nuestra cuenta un plan individual, no invertimos ni $200 mensuales? Será que aquéllos les dan dientes de oro o algo así.

Volviendo al pagador único, ¿con qué dinero va a pagar? No le quedaría más remedio que acogerse a una de las tres opciones que ha mencionado el Secretario de Salud. A nivel local no hay un centavo, ni remota posibilidad de pedirlo prestado.

Acualmente, la búsqueda de soluciones es tan urgente, que se intenta que las autoridades federales accedan a elevar el índice de pobreza en la isla, de modo que más familias, aunque ganen un poquito más del límite aceptable ahora, puedan pedir los beneficios de la Reforma. “Mientras más gente haya, más chavos nos dan”, ha dicho, con deliciosa franqueza, el jefe del Departamento de Salud.

Los países exitosos en sus coberturas socializadas, tienen una política intocable, que es la prevención y los controles sanitarios. Combaten la obesidad (aunque a veces se trata de poblaciones que apenas tienen obesos), y en períodos de epidemia, realizan bloqueos médicos en los aeropuertos; se abren paso obligatoriamente al interior de las casas para fumigarlas; ponen en cuarentena a los pacientes que contraen enfermedades contagiosas como chikungunya. Esa es la única manera de poder costear un seguro de salud universal, no es cosa de hacer una danza de los millones y que todos vayan a emergencias porque les duele un dedo.

Los fondos federales para Puerto Rico se pueden extender por cien años, pero no van a alcanzar porque, a la vuelta de la esquina, aguarda una crisis de salud inimaginable: a los problemas gerontológicos de una población envejecida, se añadirá el tropel de enfermedades causadas por la obesidad y la falta de ejercicio.

Salgan y miren a su alrededor. Hagan cálculos.

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