Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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La psicología de la alegría

Si hay algo que vale la pena, en esta compleja empresa de ser humanos, es la buena experiencia emocional de la alegría que tanto placer nos provee. Es considerada una de las principales emociones del bienestar psicológico y la salud mental. Nada nos aviva más que presenciar la carcajada alegre de un bebé, ninguna medicina cura mejor que una buena risa, poco en la vida es más terapéutico que el disfrute de un buen chiste y el poder triunfal y relajante del buen humor. 

Del latín “alicer” (rápido y veloz, como si tuviera alas) o “alecris” (que salta de gozo, lleno de ardor y ánimo, que nada malo le perturba), interesantemente expresada como sustantivo femenino, la alegría es asociada con felicidad, buen ánimo, optimismo, energía positiva, bienestar y excitación. Quien está alegre siente ganas de vivir y, sobre todo, de compartir porque tiende a exacerbarse cuando es simultánea. Como pulsión, capacidad y afecto, la alegría es expresiva, contagiosa y motivadora. Lamentablemente, muchos desvaloran sus bondades naturales olvidando también que es un derecho. 

Todos y todas tenemos derecho a ser felices y a vivir con alegría. Repita internamente esta aseveración todos los días, como mantra, para que no se le olvide. Tal vez de esto dependa el resto de su vida. Eso digo a mis estudiantes porque es muy triste escucharlos decir que la felicidad no existe, que la alegría es una ilusión o que no tienen tiempo para ello. ¿Cómo pueden tan jóvenes claudicar a algo que hace tanta diferencia en la forma en que vemos y vivimos la vida?

Si la alegría es atractiva y deseable, ¿por qué la rinden aunque se les demuestre que es esencial para la salud integral? La respuesta es bastante simple, por malos o disfuncionales aprendizajes; porque la representación social que construimos sobre la alegría la coloca en sitiales imposibles de alcanzar; porque el simbolismo y contenido que aprendemos a darle son errados y nada tiene que ver con la alegría; porque desconectamos los derechos de las realidades y necesidades; porque nos victimizarnos aceptando tristes vidas sin sentido.

También hemos permitido la distorsión de buenos motivos para la alegría cuando permitimos que nazca de burlas, envidia o acoso. He escuchado personas vanagloriarse de haber pasado un buen rato alegre criticando otras personas. Esta es una falsa alegría que nace del abuso y maldad. Las personas pueden enfrentarnos o plantearnos situaciones negativas y atacar directamente nuestro derecho natural a la felicidad; sin embargo y ante todo, cada cual es responsable de acercar o permitir que otros debiliten su alegría si nos convertimos en los principales saboteadores de nuestra propia alegría.

Alegría no es consumo ni apariencia. No es objeto de compra ni venta pero así lo han llegado a pensar personas que se dejan llevar, sin pensar, por las corrientes sociales del consumismo. La Navidad es época de alegrías, decimos y cantamos, pero los estudios y observaciones de los profesionales de la salud mental confirman lo contrario. Muchas personas van a sentir grandes depresiones y tristezas, abandono e ideación suicida, coraje y deseos agresivos-homicidas. Le han tildado de depresión estacional en directa asociación con el invierno y la falta de sol o calor.

Ivonne Bordelouis (2006), ensayista argentina, clasifica la alegría como una pasión clara. La contrapone a las pasiones oscuras como la tristeza y la envidia. Coincidiendo con grandes filósofos contemporáneos como Savater y clásicos como Descartes, Epicuro y Spinoza, considera que la alegría tiene tanto de bondad como de ética. Citando a Spinoza nos recuerda la dimensión del deber con la alegría cuando afirma que “la felicidad no es consecuencia de la virtud sino su causa. No somos felices por ser buenos, sino que llegamos a ser virtuosos porque somos felices”. Lo ético consiste en el poder que tiene la alegría de transformar pasiones negativas en positivas para el bien de todos como acto de resistencia contra la tristeza y lo malo.

La alegría, entonces, es una emoción que, convertida en actividad-acción, nos ayuda a madurar virtudes importantes para el devenir del ser (Deleuze, 1980). Habiendo sobrevivido el desastre del huracán María y otros tormentos, ¿quiere usted mejor motivo para estar verdaderamente alegre estas Navidades? Debería ser el único regalo, si lo piensa bien.

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