Orlando Parga

Punto de vista

Por Orlando Parga
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La rabieta de Donald Trump y Nancy Pelosi

El presidente de los Estados Unidos de América – The Honorable Donald J. Trump – llegó al estrado presidencial de la Cámara de Representantes y, como dicta el protocolo, entregó copia del mensaje que habría de dirigir al Congreso a su presidenta Nancy Pelosi. La dirigente demócrata tomó el sobre y le extendió la mano. El presidente republicano se la dejó extendida, le dio la espalda y se dedicó a saludar a los congresistas de su partido que lo aplaudían con delirio. Concluido el mensaje presidencial, Pelosi contestó la afrenta rompiendo en dos frente a las cámaras de la televisión la copia del discurso que le había entregado Trump. Cuando la Prensa la abordó, la Speaker contestó que le mensaje había sido un “manojo de falsedades”. El espectáculo lo observó el mundo entero.

El modal pedestre indecoroso no es nada extraño al proceso legislativo. El parlamento inglés es notorio por la gritería e insultos que se dirigen unos a otros; la dieta japonesa ocasionalmente luce como cuadrilátero de boxeo; en las cortes españolas, con rostro impávido y acento castizo, se maltratan con gusto y ganas… el problema es que, como en los tiempos de la antigua Grecia, Estados Unidos proyecta su institucionalidad democrática y predica su ritual democrático como el modelo a seguir por países a los que miramos por encima del hombro acusándolos de estar alejados de esos principios. Los pasados años han sido desastrosos para ese prestigio mundial de Estados Unidos que, trágicamente, hoy anda por el piso. No es únicamente que el truhán de Putin haya interferido impunemente el proceso electoral estadounidense y esté saliéndose con la suya agudizando la desestabilización del Medio Oriente; es que las torpezas, peripecias e inconsistencias de Trump redujeron dramáticamente la influencia internacional que gozaba Estados Unidos, creándose un peligroso desbalance mundial de consecuencia inimaginable.

La seguridad nacional de Estados Unidos y el balance mundial están en juego. Ni Trump o Pelosi tenían derecho de hacer lo que hicieron. La Speaker cameral debió ignorar la incultura presidencial y asumir la postura digna. Los ojos del mundo que observaron de tal forma confirmaron lo que ya presentían… que Estados Unidos está profundamente dividido, que su liderazgo no es confiable y que, por consiguiente, nos incapacitamos como líder mundial. Reparar el daño ocasionado no será tarea fácil y, por lo visto, la oferta de liderazgo demócrata aún no da la respuesta adecuada al desastre de Trump. Los meses por venir serán cruciales.

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