Ibrahim Pérez

Tribuna Invitada

Por Ibrahim Pérez
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La reforma de salud de la desigualdad

La Cámara de Representantes federal aprobó apresuradamente la revocación parcial y reemplazo de Obamacare el pasado 4 de mayo. Sin vistas públicas y sin análisis de costos, aprobaron un plan que ha sido rechazado por la opinión pública y por prácticamente todas las organizaciones relacionadas con la salud en Estados Unidos.

Pero el juicio final ocurrirá en el Senado federal. Influyentes senadores republicanos han expresado que se tomarán el tiempo que sea necesario y que redactarán su propio plan.

Muchos congresistas republicanos han sucumbido inexplicablemente ante las brutales presiones a que han sido sometidos para cumplir promesas políticas y darle victorias a un presidente cuyo ego solo se satisface con ganar. Aunque sus legisladores tengan que echar a un lado el bienestar de los constituyentes que representan.

No tenemos garantía alguna que los senadores tampoco sucumbirán, ni cuánto más importante sea para ellos cumplir con lo también prometido de que nadie perderá su seguro, que las primas bajarán y que el plan republicano será mucho mejor. El consenso vigente es que lo aprobado en la Cámara resultará mucho peor para la gente que el proyecto original sometido en marzo.

El plan de salud republicano conocido como American Health Care Act (ACHA) no contó inicialmente con los votos republicanos necesarios debido a una lucha interna entre dos facciones. Pero tras seis semanas de negociaciones, el Freedom Caucus ultra-conservador consiguió que Trump acogiera sus dos exigencias. Lograron trastocar algunas de las provisiones más populares y atractivas de Obamacare, moviendo el plan hacia la extrema derecha. Hicieron opcional para los estados la inclusión de pacientes con condiciones preexistentes, lo cual dará luz verde a las aseguradoras para cobrar primas más altas a los enfermos en sustitución de las primas iguales a enfermos y saludables contenidas en Obamacare. Consiguieron, además, que se eliminara la obligatoriedad de que cada cubierta tuviese los 10 beneficios esenciales definidos en Obamacare.

Dichos cambios añaden restricciones a los más vulnerables. Las mismas tienen el propósito de proteger a los más jóvenes y saludables, quienes pueden adquirir planes con limitados beneficios y primas más bajas en vez de un plan más completo y costoso, para así no tener que subsidiar a los viejos y enfermos sin capacidad de pago. Eso dramatiza la mezquina filosofía conservadora de que cada uno se responsabilice por financiar su salud y mala suerte con el que no pueda.

Los republicanos más liberales que en marzo sacaron la cara por los más vulnerables para que ninguno estuviese en peligro de perder el seguro que obtuvo de Obamacare favorecieron en mayo un proyecto mucho más conservador que el que rechazaron en marzo, lo cual pondrá en riesgo de perderlo a millones de personas que viven en sus distritos.

Si el Senado republicano no escoge la ruta de la justicia y concertación social, la salud de los estadounidenses seguirá controlada por intereses políticos y económicos de libre mercado ajenos al bienestar del paciente. Estados Unidos entonces tendrá el sistema de salud más desigual que hayan conocido. Los pudientes y ricos seguirán disfrutando del mejor cuidado curativo del mundo, pero los pobres, envejecientes y demás marginados perderán los seguros de salud adquiridos bajo Obamacare y, eventualmente, podrían ver desmantelado su programa Medicaid. Las consecuencias serían devastadoras para millones que por siete años consecutivos habían escuchado repetidamente que vendría algo mejor para todos.

Los puertorriqueños pobres quedarían a la merced de un presidente que ya ha tuiteado su renuencia a “rescatarnos con dinero de contribuyentes estadounidenses”. Pero a pesar de la ley federal PROMESA, de otras promesas y de una creciente desigualdad, nos levantaremos.

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