Orlando Parga

Tribuna Invitada

Por Orlando Parga
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La reforma educativa del nieto

La estadística fría deja de serlo cuando te toca a la puerta. El problema de población escolar con deficiencias de aprendizaje, que con eufemismo llamamos “educación especial”, se asomó a mi familia por vía de sobrinos políticos. Al comienzo, los relatos de las travesuras en la escuela eran divertidos, hasta alcanzar conciencia del peso emocional que acumulaban sus padres.

El primer aviso viene en las notas de escuela elemental. El muchacho da muestras de creativa inteligencia, pero se pierde en el espacio a la hora de prestar atención en clase o contestar preguntas de un examen. Así fue como la estadística tocó más cerca cuando mi hija buscaba alternativas para el nieto. Cambios de escuela, de pública a privada, de regreso a la pública; clases especiales, pruebas psicológicas, mentorías, hasta finalmente aceptar que teníamos otro caso de “educación especial”.

Los padres –particularmente las madres– quedan obligadas a especializarse en leyes y programas federales creados para el rezago escolar de sus hijos. “No Child Left Behind Specialist”, describe una nueva profesión informal… pregúnteselo a doña Rosa Lydia Vélez, que dedicó su vida a combatir la ineptitud y mediocridad del sistema escolar en Puerto Rico.

Aunque hay múltiples escenarios, dislexia parece ser un diagnóstico frecuente: el estudiante no puede leer adecuadamente, pierde concentración, se refugia en otro mundo y termina rebelado contra la escuela. Por ahí se iba el nieto, inteligente en todo lo que no fuera desempeño escolar. Hasta que finalmente, con los recursos a su haber agotados y bajo el pretexto de una oferta de avance profesional, mi hija tomó la decisión de tantos otros… compró un pasaje de ida hacia el Norte.

En el estado de Florida no existe un Departamento de Educación Pública centralizado como el nuestro. Tienen distritos escolares autónomos que compiten, en base a desempeño, por los fondos estales y federales; y escuelas “charters”, en las que los padres se pelean el turno de admisión. Allá recibieron al nieto que cursaba el quinto grado en Puerto Rico; lo evaluaron como a nivel de kindergarten, lo diagnosticaron y le crearon un programa especial con servicios psicológicos internos y externos. Cumplido un año a bordo del distrito escolar de Miami, el nieto fue revaluado a tercer grado de aprovechamiento escolar. Ya alcanza calificaciones de A y B y tiene expectativas de completar el quinto grado dentro del término que corresponde a su edad.

¿Cuál es la diferencia de un sistema y otro? Evidentemente no es la desigualdad colonial que en otros aspectos nos martiriza. El sistema de educación pública puertorriqueño recibe fondos federales comparables a los estados, y con frecuencia acá nos ufanamos que nuestro presupuesto de educación pública es más grande que el presupuesto general de algunas repúblicas caribeñas y centroamericanas. Acá la burocracia y politización crearon un monstruo de mil cabezas imposible de administrar; ensayamos y descartamos teorías, cambiamos secretarios, otorgamos contratos de costo multimillonario y lanzamos reformas que nunca despegaron.

Ahora tenemos una secretaria importada que tuvo un buen comienzo y mostró determinación para enfrentar el desastre de nuestro sistema educativo, pero que ya evidencia desvaríos de impaciencia descontrolada y de torpe improvisación. La nombra un segundo gobernador Rosselló que, como en el pasado intentó su padre, promueve otra reforma educativa de frente a las organizaciones magisteriales y agendas ideológicas de los que usan a su beneficio, la humana resistencia al cambio.

Mientras, lo que Puerto Rico pierde, lo gana el estado de Florida con otra generación de niños relocalizados desde Puerto Rico. Y ahora, por nuestra culpa, por lo que hicimos o dejamos de hacer como pueblo, para hablar con el nieto, gozarnos su niñez y aportar a su avance escolar, los abuelos tenemos que comprar un pasaje para visitarlo en su nuevo estado.


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