Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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La renuncia de Ricardo Rosselló

El memorando que envió el gobernador a la rama ejecutiva, ordenándole desobedecer las instrucciones de la Junta de Control Fiscal, es un salto al vacío que tiene solo dos salidas: o renuncia él, o renuncia la Junta.

Apenas estamos empezando, aquí falta todavía lo peor, en términos de la intervención directa del ente federal en un sinnúmero de asuntos. El memorando invita a los funcionarios a insubordinarse, y los pone en una disyuntiva de impredecibles repercusiones legales.

Por otro lado, cobra fuerza (en fin, no quiero decir fuerza, más bien “absurda intensidad”) un proyecto de la Cámara que, de aprobarse, obligaría al secretario de Hacienda a prohibir “cualquier desembolso de fondos del Estado dirigido a, u ordenado por, la Junta establecida por virtud de la Ley PROMESA”.

Uno se tiene que alarmar de verdad viendo lo que escribe esa gente, pagada con dinero nuestro, y las bufonadas de que son capaces. Sabiendo además que es un engaño, hasta el papel donde ponen tales idioteces es un papel de embuste.

El propio Ricardo Rosselló, siendo el gobernador, se coloca cada vez en una posición más arriesgada. De ahora en adelante, se reduce su margen de acción para salir con dignidad del atolladero.

Después de todo lo que ha dicho, es bastante complicado imaginar qué cara va a poner y qué argumentos va a esgrimir para decir que sí, que finalmente tiene que aceptar la reducción de la jornada laboral. Eso y lo de las pensiones, y la cantidad de ajustes que vendrán detrás, todos muy fuertes. A menos que tenga un plan secreto que desconocemos, como alejarse del gobierno (indignado) de manera airosa, y guardarse para unas hipotéticas elecciones en el 2020. A menos que sea eso, no le veo sentido a sus acciones.

Los careos con Natalie Jaresko; los desafíos lanzados al presidente de la Junta, y por último, esa innecesaria carta dirigida a Donald Trump, son palos a ciegas. El mejor análisis que se ha hecho sobre el nombramiento de Jaresko, lo hizo el periodista Nelson del Castillo hace unos meses, por radio. Fue un análisis objetivo, desapasionado, basado en la trayectoria “geopolítica” de esta mujer, y resaltando las razones por las que el gobierno estadounidense le tiene tantísima confianza. No es una advenediza, ni la escogieron al azar. Estoy de acuerdo con Del Castillo.

Lo de la carta al presidente Trump es tema para uno rascarse concienzudamente la cabeza. ¿Hay que recordarle a Rosselló las cosas que suelen salir de la boca del mandatario, y que, de decidir contestar esa carta, pondría en aprietos no solo al autor de la misiva, sino a la imagen misma de Puerto Rico?

El gobernador de una isla que está abocada a un descalabro inimaginable y cuyos principales funcionarios —incluyendo a la comisionada residente— están concentrados en defender al menos los fondos para la salud, debería evitar los exabruptos de Trump, que pueden ser letales.

Cuando un líder político asume la postura que acaba de asumir Rosselló —y que, como he dicho en otras columnas, es legítima siempre que se esté dispuesto al sacrificio—, no hay marcha atrás. Luego no puede tratar de suavizar las cosas sin menoscabo de su imagen, lo que lo inhabilita, a tan temprana edad, para cualquier otro cometido político.

Con la diáspora, que nadie cuente.

La diáspora puertorriqueña, al igual que la china, la cubana, la mexicana y la rusa, tiene sus prioridades. La gente que emigra, al principio, se concentra en resolver necesidades básicas, abrirse camino y buscarse un futuro en el nuevo escenario. Los que ya llevan más tiempo, generalmente han iniciado un proceso natural de integración. ¿Van a dejar de ir al trabajo y de mandar a los hijos a la escuela, y a boicotear productos, como proponía Ghandi para doblegar a los ingleses, con tal de respaldar un llamado desde Puerto Rico? Lo de la India fue hace 80 años y la mayoría vivía en taparrabos.

Ningún emigrante va a ausentarse del trabajo, ni les va a prohibir a los hijos que vayan a la escuela como símbolo de apoyo a este gobierno y sus legisladores. Los que se fueron lo hicieron para fajarse duro, lograr lo que se les negaba aquí, no para organizar un proyecto político de resistencia de aquellos que solo saltan ahora porque les pisaron el callo.

El callo es, por ejemplo, la inmensa gula de la Asamblea Legislativa, reflejada en el aumento de los contratos, según reseñado el jueves por este diario. No tienen medida del daño que le infligen al país, ni sentido de la proporción, ni siquiera un ligero rasgo de pudor para llamar la atención lo menos posible y que sus atrocidades pasen desapercibidas.

Se están buscando su derrumbe, cada día con más ahínco. Ese sistema de privilegios y dádivas de cientos de miles de dólares concedidos a empresas, amigos, políticos derrotados e inversionistas, tiene que ser frenado, ya no por la Junta, sino por la oficina del síndico y la jueza Laura Taylor Swain.

El miércoles pasado, durante la vista que celebró la magistrada, brillaron por su ausencia el gobernador, los jefes de agencia, y por supuesto los presidentes camerales. Ya no me sorprende nada porque, a pesar de estarse decidiendo asuntos que nos cambiarán la vida, su ausencia es muestra de desdén y de inseguridad.

Claro que debieron estar allí, inquietos y meditabundos, enjugándose el sudor con el pañuelo. Pero a veces me olvido de unas cosas obvias: ni siquiera sudan.

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