Irene Garzón Fernández

DE PRIMERA MANO

Por Irene Garzón Fernández
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La renuncia envenenada de Rosselló

Si se analiza fríamente, Ricardo Rosselló Nevares renunció al cargo de gobernador sin mucha resistencia.

Tan pronto vio que no sería suficiente dejar la presidencia de su Partido Nuevo Progresista y olvidarse de la reelección, escribió su carta de renuncia a la gobernación.

Pero fue una renuncia envenenada. Si lo planeó él mismo o si fue producto del consejo de sus amigos del chat de Telegram, no importa. Fue un golpe brillante.

La fechó el 24 de julio, pero para hacerla efectiva el 2 de agosto, lo que hizo pensar a muchos que, estando vacante la Secretaría de Estado por la renuncia de Luis Rivera Marín, buscaba darle continuidad al gobierno nombrando un nuevo secretario que lo sustituyera en la gobernación.

Y lo hizo. Pero al aplazar hasta dos días antes el anuncio de su selección de Pedro Pierluisi, promovió el caos. Primero hizo un nombramiento de receso y juramentó a Pierluisi como secretario de Estado y al día siguiente, con el reloj en contra, convocó una sesión extraordinaria de la Legislatura para considerar el nombramiento, que requería el aval de las dos cámaras.

El presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz, enfurecido por no haber sido el escogido, mordió el anzuelo. En lugar de promover una vista conjunta de la Cámara y el Senado con la comparecencia de Pierluisi, dejó que la Cámara consumiera el escaso tiempo y lo confirmara una hora antes de que la renuncia de Rosselló Nevares fuera efectiva.

Pierluisi aprovechó el titubeo y juró el cargo de gobernador a las 5:01 de la tarde del viernes.

Consumada la juramentación, se convirtió en académica cualquier actuación del Senado pues, como alegó Pierluisi desde La Fortaleza, ya no había un secretario de Estado por confirmar.

El asunto, lógicamente, pasó al único terreno en el que ya podría dirimirse, los tribunales. Y el Tribunal Supremo acogió el caso para interpretar la disposición constitucional relativa a la sucesión del gobernador, a favor de uno u otro lado.

¿Cómo llegaron las cosas a complicarse tanto? Parece incluso una estrategia de esas que elucubraban Rosselló Nevares y sus amigos en el chat de Telegram.

Es como la burla final del burlador, la venganza contra cientos de miles de ciudadanos que, hartos de la incompetencia y de la corrupción, lo expusieron al rechazo popular y lo obligaron a marcharse.

Esperemos que el Tribunal Supremo imparta justicia en la controversia sobre la sucesión y ponga fin al caos que nos quiso legar Rosselló Nevares.

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