Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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La república y sus defunciones

La “república” norteamericana entró a la vida política arrastrando una herida mortal. El espectro vigiló, asedió y cuestionó todas las referencias a un orden republicano en la Convención Constituyente y en los ensayos Federalistas. La esclavitud, como herida, nunca dejó de supurar.   

En 1787, el reverendo Samuel Hopkins anticipó la defunción. “¿No hay ya una maldición señalada, en los graneros del cielo, roja de ira, para despedazar estos hombres?” Y se refería a los esclavistas y a los traficantes de carga humana para los mercados del sur.

Su advertencia fue desoída, al igual que las voces proféticas de los abolicionistas, repetidas por más de tres décadas. Así que la república pereció, formalmente, en los campos de batalla de la guerra civil, cementerio de la Constitución. Cuando Lincoln habló en Gettysburg, dejó atrás aquellas palabras altisonantes sobre “verdades auto-evidentes” de la Declaración de Independencia y, en el tono sombrío de esperanzas inciertas, reescribió la Declaración original. Estados Unidos, dijo, fue una “proposición” de que el gobierno del pueblo era posible.  Pero una proposición es una hipótesis, no un “self-evident truth”. Es algo que tiene que probarse y confirmarse y, en el caso de un orden republicano y democrático, ese probarse es un esfuerzo permanente. 

La república renació, supurando sangre, de la victoria sobre los supremacistas blancos y los religiosos fariseos que con tanto entusiasmo los apoyaron. Y con las enmiendas trece y catorce se crearon nuevas bases, realmente de vida. 

Durante la Reconstrucción, con serias oportunidades para el mejoramiento económico de la comunidad afroamericana y avances genuinos en su representación política, la república continuó avanzando. Pero volvió a morir con los linchamientos, el Ku Klux Klan y el terrorismo blanco contra una comunidad aún vulnerable, y ahora huérfana de protección federal.

Seguía con un lado inerme con la negación del voto a las mujeres y esto cambió cuando la campaña sufragista logró el voto. Con la democracia asesinada a mansalva en el sur, la república tuvo otro renacer con las reformas de justicia social del New Deal, que lamentablemente, estaban encaminadas a la pobreza blanca, no a la negra.

En los cincuentas, el sur siguió con sus exequias hasta que los vivientes en las batallas por derechos civiles retaron a los descendientes espirituales de los supremacistas esclavistas. Los signos de vida siguieron en la lucha contra la guerra en Vietnam y luego con la renuncia forzada del presidente Nixon.

Pero la derecha más extrema del capital se entronizó con Reagan, con su idolatría a la desregulación y usando palabras en código (“state rights”) para apoyar el racismo sureño, impuso la normatividad del capital y sus cariños espinosos.

Los avances se han ido desvaneciendo y hace décadas que los espacios democráticos están cada vez más cercenados y cercados por un orden oligárquico.

La muerte más reciente fue suministrada en dosis televisadas por la mayoría republicana en el Senado federal. Y por la intervención delirante del presidente en un caso criminal donde el convicto es su amigo personal. Los republicanos aceptaron que el presidente actuó, en el lenguaje exangüe y libre de indignación y contenido ético, de forma “impropia”. Pero pedir la intervención de un poder extranjero contra un ciudadano norteamericano que también podría ser su contrincante presidencial, y usar como extorsión fondos aprobados por el Congreso en ayuda militar a un aliado, no fueron acciones “residenciables” para la mayoría republicana, con la noble excepción de Mitt Romney. Una acción de Bill Clinton, ciertamente contraria al carácter esperado de un presidente, pero también consensual, sí justificaba el residenciamiento en la lógica de la misma mayoría. A eso le llaman “conservative values”.

La vida está en las resistencias cotidianas cuya expresión más contundente fue una movilización electoral en 2018 que pulverizó al republicanismo en la Cámara de Representantes.

Queda por verse si la república tendrá otro renacer este noviembre o si tendrá otra de sus muchas muertes con la supresión del voto de las minorías, la desinformación, y el voto de los supremacistas blancos, ya escapados de sus guaridas y supurando la violencia fascista que el conservadurismo blanco ha procreado.


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