Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La reserva moral

Nota: Palabras dichas por Benjamín Torres Gotay en la presentación del libro “Amores que luchan: relato de la victoria contra el gasoducto en tiempos de crisis energética”, de Arturo A. Massol Deyá, el 6 de septiembre de 2018 en el Colegio de Abogados.

Dice una vieja leyenda que la Capilla del Cristo de la Salud en el Viejo San Juan fue construida en 1753 por órdenes del secretario del gobierno colonial de entonces, Tomás Mateo Prats, luego de que estuviera a punto de ocurrir allí una horrible desgracia. 

Según relató más de un siglo después el historiador Cayetano Coll y Toste, tenían lugar en la zona unas carreras de caballo como parte de las Fiestas de San Juan, cuando uno de los competidores, cuyo nombre la leyenda recoge como Baltasar Montañez, no pudo detener su bestia y cayó desde allí al vacío que desemboca en lo que hoy conocemos como el Paseo de la Princesa, para espanto de las familias que habían ido allí a pasar sencillamente una tarde de esparcimiento. 

La leyenda dice que al caer al vacío el joven Montañez le pidió por su vida al Cristo de la Salud, quien se alega que lo salvó milagrosamente. En agradecimiento de este milagro, de nuevo, según la leyenda, se construyó allí la Capilla del Cristo de la Salud que todavía hoy, dos siglos y medio después, sigue siendo uno de los principales atractivos del Viejo San Juan. 

Por donde quiera que uno se asoma en Puerto Rico, se encuentra con relatos así: leyendas, mitos, cuentos de camino, no pocas veces diseñados para suplir las lagunas y puntos ciegos de información que hay en el pasado de un país que siempre le ha tenido un tremendo terror a su propia historia. 

Una de las leyendas, de los mitos o de los cuentos de camino que más arraigo tiene entre nosotros es que en Puerto Rico “se protesta por todo”. Por eso comienzo este diálogo haciendo alusiones a esas fábulas, mitad verdad, mitad invento, con el que se trata de darle sustancia y matices al boceto que para muchos de nosotros es nuestro propio pasado.

Dice esta leyenda que cualquier gobernador, alcalde, legislador, hasta empresario, líder religioso, el que sea en una posición de autoridad, plantea públicamente un plan y no falla en que salen uno, dos o muchos, a protestar. Se llenaban antes las ondas radiales y hoy las redes sociales de gentes de toda pinta tornándose de repente en expertos en esto o en aquello, en eruditos, en viejos sabios, para tachar de una vez lo que se proponga, usualmente sin proponer nada a cambio.

Continúa esta leyenda diciendo que si propone el rojo, todo el espectro de azul, se opone, y viceversa (no todo lo que dicen las leyes es falso). Continúa la leyenda diciendo que Puerto Rico lleva siglos paralizado por eso, porque como todo se protesta, nada se mueve y por eso es que seguimos dándole vueltas a la noria continuamente.

Falso. Pura leyenda.

Como sospecho que sabemos la mayoría, el problema de Puerto Rico no es que se proteste demasiado, sino, todo lo contrario, que se protesta muy poco, por no decir casi nada y lo que se protesta normalmente no pasa de eso, de protesta. Nos hemos acostumbrado a recibir golpes de arriba, de abajo, del medio y del lado, encajar, resoplar y seguir hacia adelante, con ánimo resignado y no pocas veces hasta agradecidos del golpe. 

Nos bailotea en la conciencia todo el tiempo una frase que debería sustituir al “joannes est nommen ejus” (Juan es su nombre) que está en el escudo de Puerto Rico. Esa frase es: “podría ser peor”. 

No hay que mirar muy lejos para ver y entender esta característica del boricua. 

Ahora mismo, el país está siendo salvajemente desmantelado por un organismo antidemocrático y nosotros lo estamos aceptando casi totalmente con resignación e impotencia. Al mismo tiempo, poderosísimos intereses se están repartiendo nuestro sistema eléctrico, en Estados Unidos, a espaldas nuestras, de acuerdo a sus ideas y no las nuestras, sin que acá parezca que nadie le presta demasiada atención. 

Aparte de la protesta anual del primero de mayo, numerosa como es, enérgica como es, ¿alguien sabe de algún otro esfuerzo coordinado para enfrentar lo que está ocurriendo ahora mismo con Puerto Rico, que no sean las pantomimas que están haciendo algunos partidos políticos? A eso me refiero cuando digo que, contrario a la leyenda, en Puerto Rico no se protesta mucho na’. Todo lo contrario

¿A qué se debe esto? 

Las razones acaso son infinitas, pero hay tres que a mi juicio sobresalen. Una es el efecto adormecedor que ha tenido el coloniaje en la mentalidad del boricua. La otra es la manera en que inmensos sectores de la población, de todas las clases sociales, son dependientes, de una u otra forma, de los actores políticos, estatales y económicos que están tras estas agresiones contra el pueblo puertorriqueño. O sea, hay mucha gente para la cual denunciar o protestar contra estas cosas es como morder la mano que les da de comer. 

Por último, y es a esta razón a la que quiero dedicar algunas reflexiones, a la sensación reinante entre muchos de nosotros de que no importa cuánto se luche, cuánto un individuo se sacrifique, se exponga, arriesgue vida y hacienda, al final los poderosos siempre prevalecen y el país, como quiera, no lo agradece.

El libro “Amores que luchan: relato de la victoria contra el gasoducto en tiempos de crisis energética”, de ese gran patriota, fruto de una familia también de grandes patriotas, Arturo Massol Deyá, tiene muchísimos valores, algunos de los cuales quiero acentuar. Pero el principal, a mi juicio, es esta lección indispensable: le muestra a esta generación, y les mostrará a futuras generaciones, que luchar vale la pena y, más importante aún, que vencer es posible, independientemente de lo enormes que en principio parezcan los obstáculos. 

En los tiempos que vivimos, con las amenazas que nos rondan, con el rumor de maquinaria de destrucción que si afinamos oído escuchamos en lo profundo de la noche boricua, no hay palabras que puedan capturar cuán importantes, cuán indispensables, son y van a ser esas lecciones. 

En el prólogo de “Amores que luchan”, Eduardo Lalo dice que este libro “sin quizás pretenderlo, es también un tratado político, un manual útil para nuevas luchas y victorias”. Yo difiero de Eduardo. Yo creo que la primera y más importante pretensión de este hermoso regalo que Arturo le hace a generaciones de puertorriqueños y puertorriqueñas es precisamente ese tratado político, ese manual útil para nuevas luchas y victorias, que hasta ahora no teníamos y que, en un país continuamente amenazado, abusado y explotado como el nuestro, siempre ha sido necesario. 

El libro es un mapa minucioso de cómo desde Casa Pueblo primero se identificó la amenaza, se le estudió, se diseñó el plan de lucha, se perseveró y se triunfó. Dicho así, parece sencillo. Pero no lo es. Fue necesaria, como vemos en el libro, una conjunción de ciencia, cultura, estrategia, táctica, perseverancia, voluntad, y, más importante que todo lo anterior, amor, para darle al pueblo puertorriqueño la victoria más importante de la que podremos presumir ante nuestros nietos desde que una conjunción de factores similar logró expulsar de las benditas playas de Vieques a la Marina de Guerra de Estados Unidos. 

En el relato de Arturo vemos al pueblo de Puerto Rico, valerosamente guiado por Casa Pueblo y sus voluntarios y colaboradores, jugando al juego del gato y el ratón, del pillo y el policía, por los laberintos, túneles subterráneos y puertas falsas de la opinión pública y la burocracia estatal y federal, persiguiendo y desarmando sin tregua a un gobierno que parecía dispuesto a todo con tal de prevalecer, pero al que le faltaba lo más esencial en cualquier proceso, no digamos gubernamental, sino de la vida misma: la Verdad, con mayúscula.  

Las lecciones para futuros desafíos titilan a cada paso del relato, como varitas de hada madrina: actuar con pasión, pero fría y estratégicamente; estudiar bien el tema en cuestión para poder enfrentar con ciencia al rival en su propia cancha o, como decimos en boricua, bailar en la casa del trompo, como hicieron Arturo y sus colaboradores ante todas las agencias de los gobiernos de Puerto Rico y Estados Unidos; no desfallecer ni desanimarse ante los tempranos reveses; liderato democrático y participativo; así muchas, infinitas otras maneras de, como, según dice una consigna muy oída en protestas, luchar para vencer. 

“Al final, prevaleció la lucha de un pueblo valiente e inteligente en su gestión”, dice Arturo en las páginas finales del libro. 

Otro valor que tiene este relato es que nos permite ver estos eventos críticos con el beneficio de la perspectiva que rara vez se tiene cuando se está en el meollo de la cosa. A la distancia, se ve el cuadro amplio, con sus matices. Se ve cuán espantoso, cuán atroz, cuán insensato, era lo que se quería con este proyecto del gasoducto: hacerle una herida de norte a sur por el mismo medio del corazón a Puerto Rico, rasgando bosques, ríos, campos, quebradas, perturbando hábitats, poniendo en riesgo vidas, árboles y acuíferos, para enterrar un tubo de gas y de muerte, por razones que nunca se pudieron probar que fueran legítimas. 

Aun a la distancia, hierve la sangre ver la crueldad con la que familias humildes, trabajadoras, del centro de la isla, que en algunos casos habían vivido en el mismo sitio toda la vida, fueron hostigadas por especuladores asociados al partido de gobierno, que les amenazaban con expropiarlas para dar paso a un proyecto que no tenía ni un solo permiso. 

A la distancia se ve, con una claridad que deslumbra, ofende y debería mover a más acciones, las verdaderas motivaciones que animaron este sin sentido: las continuas mentiras, el empecinamiento, los tratos en cuartos oscuros, para beneficiar a los legendarios “amigos de la casa” con decenas de millones de dólares, sin que se hubiera puesto ni un tubo, en un proyecto que desde el principio Casa Pueblo probó que carecía absolutamente de otro sentido que no fuera precisamente ese, el de beneficiar a los conectados de ayer, hoy y siempre.

A enfrentarnos y a vencer a ese vil monstruo de un millón de cabezas que, en sus diferentes encarnaciones, lleva un millón de años succionándole la vida al pueblo de Puerto Rico, nos llevó Casa Pueblo, sin otro escudo que la verdad, el conocimiento y ese amor indescriptible por la tierra y su gente que tienen los grandes hombres y mujeres.

Arturo usa en este libro una frase que he oído antes, que todos hemos oído antes, y que me parece que en sus dos simples palabras resumen mucho de lo que se trata el deber que tenemos los decentes en este tiempo de resquebrajamientos y desplazamientos que estamos atravesando: esa frase es “reserva moral”. Casa Pueblo, Arturo, muchos otros, son la reserva de la moral, de la decencia, del amor, en esta época en que parece que todo y todos están a la venta.  

Pues no, no todo el mundo está en venta. Casa Pueblo no lo está, sus colaboradores no lo están, como tampoco lo están muchos otros individuos y organizaciones en todos los rincones de la isla han estado por generaciones resistiendo la embestida de la corrupción, del pillaje, del abuso, la degradación ambiental, la mediocridad, el coloniaje, de todos los males que se han prendido contra nuestra tierra y que, por ser tantos, pueden a veces hacernos perder de perspectiva que hay manera de alzarse sobre todo esto. 

Esa es la gente que salvará a Puerto Rico, que tarde o temprano triunfará.

Que se puede luchar y se puede vencer no es una leyenda, como lo demuestra lo relatado en este libro estrictamente ceñido a hechos reales. En este libro, la reserva moral de Puerto Rico, los salvadores presentes y futuros de Puerto Rico, tienen una guía, una inspiración, la evidencia irrefutable de que, con verdad, con determinación y con amor, se puede vencer hasta al más poderoso. 

Nadie puede decir mejor que el propio Arturo en las primeras páginas de “Amores que luchan” qué es lo que está en juego en estas batallas: 

“En Puerto Rico andamos divididos en todo y les toca a las minorías nadar en contra de la corriente para cambiar nuestro destino. No sé dónde terminaremos, pero sea el futuro que sea, más vale, por el bien de mis hijas y los hijos de todos, que sea en una isla cuyo espacio territorial, diversidad y acceso al agua mantenga a Puerto Rico como un país viable. Esta es una lucha por la sobrevivencia, una agenda para un país vivo y una lucha a favor de la responsabilidad planetaria”. 

Muchas gracias. 

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