Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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La revancha del vejestorio

Dicen que los huracanes se llevan lo viejo para que surja lo nuevo. Después del desastre, sin embargo, lo viejo logra otra oportunidad. Como espíritus emperrados en reencarnar, aquellos objetos esenciales del pasado que la tecnología ha ido desplazando vuelven a reclamar su espacio en nuestras vidas. La fuerza arrasadora de la tormenta los saca del pulguero de la historia para asignarles nueva dignidad.

En ese rescate forzoso de lo desechado, la hecatombe del sistema eléctrico juega un papel central. Estar sin corriente es retroceder en el tiempo, vivir por unos meses como la gente de antes (y buena parte de la de ahora), privados de todos los avances y las comodidades de la modernidad. No es de extrañar entonces que, bajo esas circunstancias, las cosas más ordinarias e insignificantes cobren importancia inusual.

Los fósforos, por ejemplo. Esos minúsculos palillos de cabecita roja son tan antiguos que desde el siglo diez se usaban en la China. Pues bien, salvo que usted tenga en su casa un altar de santería, seguro que ni se le ocurriría comprar un paquete de estos residuos del olvido. Las estufas eléctricas y los encendedores mecánicos les han robado el mercado. Pero, a la hora de los ventarrones de septiembre, desaparecen a velocidad supersónica de las góndolas del comercio.

El tema del fósforo conduce al de la estufa de gas, otro invento caído en desgracia que regresa del retiro a convencernos de su necesidad. El terror a la intoxicación o al incendio ha desalentado la compra de estos prácticos aparatos. Los restaurantes continúan usándolos por aquello de mantener la clientela y rebajar la factura de la AEE. Pero la ciudadanía desenergizada opta por el modesto consuelo de las hornillitas de camping, cada vez más escasas durante la interminable temporada sin luz.

En el ámbito culinario, exige mención obligatoria el café, tan protagónico en la cultura puertorriqueña, aunque en serio peligro de extinción. A falta de enchufe funcional para la cafetera eléctrica o la máquina de “expresso”, la solución folclórica resuelve la emergencia. El colador de tela - o, en su defecto, la media usada - aseguran, con la ayuda del cartucho de butano, el chorro de adrenalina del cargadito matinal.

Los ciclones deberían poder desafiar las leyes de la geofísica para evitar caernos encima en los meses más sofocantes. Así la obsesión del aire acondicionado resultaría menos angustiosa. Como no se recomienda abrir las ventanas para que entren con la brisa el escándalo del vecindario y el bramido de los generadores, el abanico de mano es la única salvación. Un minuto de silencio por aquellos cartones con la imagen de un Cristo rubio de ojos azules que regalaban las mueblerías y cargaban nuestras abuelas.

En el apartado trapos, la tabla de lavar ha hecho un “comeback” espectacular. Con su pinta de persiana de dos patas y sus filas de arrugas para frotar la ropa enjabonada, esta reliquia de la era pre-lavadora ha vuelto a probar su utilidad. Viene en dos modelos: de madera y de plástico. La versión remozada que se asoma por las vitrinas incluye un “kit” de palangana, palillos y cordel para el ritual del tenderete.

Un poema épico es lo mínimo que merece la antigualla doméstica más exitosa: el muy menospreciado y ridiculizado teléfono fijo. La verdad sea dicha: ni el omnipresente celular ni el deambulante inalámbrico funcionan en los aprietos meteorológicos. En momentos de urgencia, sólo ese cable hundido en la toma de pared y ese auricular de mango pegado a la oreja pueden traernos las palabras tranquilizantes de parientes y amigos después del huracán.

El radio de baterías cierra el desfile de las viejeras reivindicadas. Sin esa lucecita roja de la caja parlante que nos conecta con el mundo exterior, el silencio poscataclismo no sería soportable. Basta con que viaje por las ondas la voz entrecortada de un solitario locutor para que algún resquicio de normalidad comience a devolvernos la paz. Como a nuestros antepasados prehistóricos acurrucados alrededor del fuego, nos reconforta la magia del relato oral.

Sí, señores, lo viejo anda suelto y revuelto. El maltrecho patrimonio arquitectónico gime como alma en pena por su restauración. En el cementerio de Lares, los muertos hasta se han salido de sus tumbas. Y el ritmo demencial de la emigración va dejando solos - con los coquíes, los mosquitos y los narcos - a los habitantes de la tercera edad.

Pero los milagros del arroz con habichuelas son impredecibles. Si no nos matan la influenza, una bala perdida, un cruce sin semáforo o el bajón de las pensiones, capaz que nos graduamos de centenarios. Y, si nos sobra el ánimo, podemos dedicarnos a dar candela de la buena antes del último estirón.

¿Nos convertiremos como quiera en escombros humanos abandonados en hogares vertederos? Dejemos esa idea tan estresante para otro día. Los vejestorios resucitados por el apagón nos recuerdan que, con todo y polvo del Sahara, un segundo aire siempre es posible.

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