Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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La revolución ciudadana y sus argumentos

La Gran Marcha del 22 de julio es y será un marcador en la historia de Puerto Rico.  Con pocos días de preparación, pero con décadas de indignación apozada y con el espolear de un gobernador en transparencia, cientos de miles mostraron la democracia de pueblo, la que no espera el deber trazado en un calendario para emitir un voto.  El voto, masivo y coherente, ha estado en la calle por más de diez días.  Y ha sido aun mayor que los comicios isleños cuando se suman todas las expresiones de una diáspora informada y enardecida.

Con la riqueza de marchas y protestas en nuestra cultura política como basamento educativo, ya se han visto los ecos, cada vez mas apolismados, de un libreto en ruinas.  Los personeros del Partido Nuevo progresista, curtidos en la retórica de la Guerra Fría, solo pudieron ver socialistas como causas inmediatas o, como dijo el Sr. Ricardo Llerandi, “los mismos de siempre”.  Si esos “mismos” tuviesen la masa del momento, el PNP no habría ganado elecciones ni tenido oportunidad para que su marranalla salivara por los pasillos de Educación y Salud, hienas insaciables en las fechorías.

Otros, los que siempre fueron pretéritos y ahora son pluscuamperfectos, alegan “violencia” por parte de los manifestantes.  Hablemos de esto por un momento.  Lanzarle botellas plásticas a la Policía es provocación, pero no es violencia.  Violencia es esquilmarle doce millones de dólares al Departamento de Salud, una de las acusaciones hechas por los federales.  Eso es dinero que no llegó a los pacientes ni a los hospitales en necesidad.  Violencia no es tumbar una valla policial.  Violencia es querer un contrato de $13 millones anuales en Educación cuando ya otra compañía hacía lo mismo por un millón y a un término de dos años.  Esta ha sido una acusación hecha por ciudadanas y ciudadanos, testigos del intento, y que mostraron su valentía al hablar con periodistas investigativos.  Violencia es otorgar un contrato sin subasta por $299 millones, el doble de lo que antes pagaba, la ruindad más reciente de la Autoridad de Energía Eléctrica.

Somos testigos de algo único en la historia de la colonia: multitudes que repudian el status quo afirmando y demostrando su falta de miedo, y de una juventud, socializada en luchas estudiantiles y ambientales, conscientes de que viven un presente donde su educación, trabajo y familia están bloqueados por la deuda pública y las políticas que tanto la Junta de Supervisión Fiscal como el gobierno manufacturan para destajar, pedazo a pedazo, cada día y cada posibilidad de futuro digno.

Por eso hoy estamos en nuestro Proyecto Pitirre.  Ante el mismo, algunos se apresuran a defender el reclamo ciudadano porque, dicen ellos, la inestabilidad asusta a los inversionistas.  Hermanado a este argumento, está el otro que insiste en la renuncia porque, de lo contrario, los fondos federales peligran.

En un país tan desguazado, expuesto a una vivisección en vida, las inversiones y los fondos federales son importantes.  Pero ambos argumentos también demuestran las grandes limitaciones del “establishment”. 

La inmensa mayoría marcha, protesta, martilla cacerolas, crea música y sátiras porque un algo, en esa danza entre las opresiones materiales y las sensibilidades ocultas, se desbarató y creó una nueva realidad.  Y a pesar de su novedad, se confirma un principio antiquísimo.  Todo levantamiento es también una afirmación de la dignidad, sangrante, del ser humano.

Don Cosme León Aponte, el caballero cuya casa fue objeto de mofas por el gobernador, le informó a un rotativo que la construyó “con sus manos” y que, aunque ni él ni su familia son ricos, son “gente digna y decente”.  Esos son los principios rectores que mueven las protestas nacionales, no los fondos federales ni los cálculos de los inversionistas.


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